Fútbol

Galeano y su adicción creativa por el fútbol

Para el fallecido escritor y periodista, el fútbol fue más que un deporte, más que un simple juego con un balón. ‘Como todos los uruguayos, toditos, yo nací gritando gol’.

‘En su vida, un hombre puede cambiar de mujer, de partido político o de religión, pero no puede cambiar de equipo’, aseguraba Eduardo Galeano, fallecido a los 74 años

‘En su vida, un hombre puede cambiar de mujer, de partido político o de religión, pero no puede cambiar de equipo’, aseguraba Eduardo Galeano, fallecido a los 74 años www.losandes.com.ar

La Razón (Edición Impresa) / Julio Peñaloza Bretel / La Paz

00:03 / 17 de abril de 2015

Ha partido quién sabe hacia qué parajes elegidos por él mismo, ese viajante de la palabra llamado Eduardo Galeano. Se ha ido en silencio como metiéndose por la boca del túnel de un gigantesco estadio sin que se note mucho, eludiendo con sigilo cámaras y flashes, pues nunca nos previno mediáticamente con suficiente énfasis que su salud andaba quebrantada porque seguramente pretendía marcharse sin altisonancias, con la discreción de los que se manifiestan abiertamente contra la exposición impúdica del deterioro físico.

Ya se sabe que este uruguayo con la camiseta de Nacional de Montevideo tatuada en el corazón, anunció que se encerraría en su casa durante un mes completo para sentarse en un sillón, provisto de la cantidad de cervezas necesaria para sumergirse en una Copa del Mundo, la que se jugó en Sudáfrica en 2010. Y así lo hizo, 15 años después de que fuera publicada la primera edición de su ya célebre El fútbol a sol y sombra, libro en el que certifica su cercanía y familiaridad con el juego más apasionante de todos los tiempos del que tenga memoria la humanidad, como buen aficionado identificado con la celeste y la garra charrúa que le permitiera a su pequeño gran país obtener el primer mundial (1930) y producir el más grande terremoto social masivo que desatara una pelota, con el Maracanazo de 1950 del que todavía muchos brasileños que recorren los últimos metros de sus existencias, se lamentan amargamente.

Como toda la obra de Galeano, el libro es hechura de un iconoclasta de pura cepa, que se ha cargado con sus textos y sus luchas retóricas, al enorme y rocoso establishment contra el que los pueblos latinoamericanos han luchado a brazo partido a lo largo de sus historias, certificando su vocación emancipadora, autodeterminativa y, por lo tanto, antiiemperialista. En ese contexto, Galeano inició su periplo como escritor, cronista, cuentacuentos y activista político con el universalizado Las venas abiertas de América Latina (1971) y de ahí en adelante fue ganando adeptos y lectores en las clases medias urbanas y progresistas del continente hasta convertirse en un fundamental referente contestatario de nuestros pueblos.

El fútbol a sol y sombra con tres ediciones ampliadas (2003, 2007 y 2010) es de esos libros típicamente futboleros que puede comenzar a leerse por donde uno quiera, pero sobre todo invita a continuas relecturas por los colores y los climas bien escritos y descritos que emanan de cada uno de sus textos. Allí encontramos desde impugnaciones e imputaciones al poder de la FIFA hasta pequeñas y brevísimas historias de selecciones, equipos, jugadores, jugadas, goles y destinos existenciales. Galeano escribía desde la izquierda contra el poder y contra la hipocresía de las instituciones consagradas como políticamente correctas con esa vocación de quienes están convencidos de que la causa continental pasa por subvertir el orden conservador de las cosas para trocarlo por otro libertario, participativo y popular, y es ahí que danzan con su filosa pluma y nítida memoria personal figuras como Pelé, Garrincha, Maradona o el Diablo Etcheverry.

“Este libro rinde homenaje al fútbol, música del cuerpo, fiesta de los ojos y también denuncia las estructuras de poder de uno de los negocios más lucrativos del mundo” dice la contratapa del libro y en la dedicatoria, éste que se confesó futbolista frustrado, que decidió un día hacer con la palabra lo que nunca pudo hacer con los pies, escribió, imbuido de esencia lúdica: “Las páginas que siguen están dedicadas a aquellos niños que una vez hace años cruzaron conmigo en Calella de la Costa (Barcelona). Venían de jugar al fútbol y cantaban: Ganamos, perdimos, igual nos divertimos.

La obligación de perder

Julio Peñaloza

En El fútbol a sol y sombra, Galeano reservó un pequeño capítulo para lo que fue la histórica clasificación en 1993, lograda por la selección nacional de fútbol al Mundial de Estados Unidos del año siguiente. Y escribió: Para la selección de Bolivia, ganar la clasificación para el Mundial del 94 fue como llegar a la luna. Este país, acorralado por la geografía y maltratado por la historia, había estado en otros mundiales, pero siempre por invitación, y había perdido todos los cotejos con ningún gol a favor.

La tarea del técnico Xabier Azkargorta estaba dando frutos y no solo en el estadio de La Paz, donde se juega sobre las nubes, sino también a nivel del mar. El fútbol boliviano demostraba que la altura no era su único gran jugador, y que bien podía quitarse de encima el complejo que lo obligaba a perder los compromisos antes que comenzaran. En las eliminatorias, Bolivia se lució. Melgar y Baldivieso, en el medio campo, y adelante Sánchez y sobre todo Etcheverry, llamado el Diablo fueron aplaudidos por públicos diversos y exigentes.

Quiso la suerte, la mala suerte, que a Bolivia le tocara inaugurar el Mundial enfrentando a la todopoderosa Alemania. Pulgarcito contra Rambo. Pero ocurrió lo que nadie hubiera podido prever: en lugar de encogerse, asustada, en el área chica, Bolivia se lanzó al ataque. No jugó de igual a igual, no: jugó de mayor a menor. Alemania, desconcertada, corría, y Bolivia gozaba. Y así fue hasta que, a cierta altura del partido, el astro boliviano Marco Antonio Etcheverry entró en la cancha y un minuto después lanzó una absurda patada a Matthaus y se hizo echar. Y entonces Bolivia se desmoronó, arrepentida de haber pecado contra el destino que la obliga a perder, como si obedeciera a quién sabe qué secreta maldición venida del fondo de los siglos.

Según Galeano

El jugador

Corre, jadeando, por la orilla. A un lado lo esperan los cielos de la gloria; al otro, los abismos de la ruina. El barrio lo envidia: el jugador profesional se ha salvado de la fábrica o de la oficina, le pagan por divertirse, se sacó la lotería. Y aunque tenga que sudar como una regadera, sin derecho a cansarse ni a equivocarse, él sale en los diarios y en la tele, las radios dicen su nombre, las mujeres suspiran por él y los niños quieren imitarlo. Pero él, que había empezado jugando por el placer de jugar, en las calles de tierra de los suburbios, ahora juega en los estadios por el deber de trabajar y tiene la obligación de ganar o ganar. El Hincha

Una vez por semana, el hincha huye de su casa y asiste al estadio. Flamean las banderas, suenan las matracas, los cohetes, los tambores, llueven las serpientes y el papel picado; la ciudad desaparece, la rutina se olvida, solo existe el templo. En este espacio sagrado, la única religión que no tiene ateos exhibe a sus divinidades. Aunque el hincha puede contemplar el milagro, más cómodamente, en la pantalla de la tele, prefiere emprender la peregrinación hacia este lugar donde puede ver en carne y hueso a sus ángeles, batiéndose a duelo contra los demonios de turno. Aquí, el hincha agita el pañuelo, traga saliva, glup, traga veneno, se come la gorra, susurra plegarias y maldiciones y de pronto se rompe la garganta en una ovación y salta como pulga abrazando al desconocido que grita el gol a su lado.

El gol

El gol es el orgasmo del fútbol. Como el orgasmo, el gol es cada vez menos frecuente en la vida moderna. Hace medio siglo, era raro que un partido terminara sin goles: 0 a 0, dos bocas abiertas, dos bostezos. Ahora, los once jugadores se pasan todo el partido colgados del travesaño, dedicados a evitar los goles y sin tiempo para hacerlos. El entusiasmo que se desata cada vez que la bala blanca sacude la red puede parecer misterio o locura, pero hay que tener en cuenta que el milagro se da poco. El gol, aunque sea un golecito, resulta siempre gooooooooooooooooooooooool en la garganta de los relatores de radio, un do de pecho capaz de dejar a Caruso mudo para siempre, y la multitud delira y el estadio se olvida de que es de cemento y se desprende de la tierra y se va al aire.

Mendigo del fútbol, así se autodefinía

Ramiro Siles

El uruguayo fue autor de dos obras relacionadas con el fútbol: Su majestad, el fútbol y El fútbol a sol y sombra. Tenía una especial pasión por el juego con la pelota. Por ello se declaró “un mendigo del buen fútbol”. “Como todos los uruguayos, toditos, yo nací gritando gol”, decía. Para el escritor y periodista el fútbol fue más que un deporte, más que un simple juego con un balón. He aquí algunas de sus frases más famosas sobre la pelota y el fútbol.

- Siempre jugué muy bien, la verdad maravillosamente bien. Era el mejor de todos, pero solo de noche mientras dormía. Durante el día, hay que reconocerlo, he sido el peor pata de palo que se ha visto en los campitos de mi país.

- En su vida, un hombre puede cambiar de mujer, de partido político o de religión, pero no puede cambiar de equipo de fútbol.

- ¿En qué se parece el fútbol a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales.

- No hay nada menos vacío que un estadio vacío. No hay nada menos mudo que las gradas sin nadie.

- Los niños no tienen la finalidad de la victoria, quieren apenas divertirse. Por eso, cuando surgen excepciones, como Messi y Neymar, son, entonces ellos, para mí unos verdaderos milagros.

- Yo no soy más que un mendigo de buen fútbol. Voy por el mundo, sombrero en mano, y en los estadios suplico una linda jugadita por amor de Dios. Y cuando el buen fútbol ocurre, agradezco el milagro sin que me importe un rábano cuál es el club o el país que me lo ofrece.

- El fútbol es la única religión que no tiene ateos.

- El juego se ha convertido en espectáculo, con pocos protagonistas y muchos espectadores, fútbol para mirar, y el espectáculo se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos del mundo, que no se organiza para jugar sino para impedir que se juegue.

-El fanático es el hincha en el manicomio. La manía de negar la evidencia ha terminado por echar a pique a la razón y a cuanta cosa se le parezca, y a la deriva navegan los restos del naufragio en estas aguas hirvientes, siempre alborotadas por la furia sin tregua.

- Y yo me quedo con esa melancolía irremediable que todos sentimos después del amor y al fin del partido.

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