Fútbol

García Márquez, el futbolero que no conocimos

‘No creo haber perdido nada con este irrevocable ingreso que hoy hago —públicamente— a la santa hermandad de los hinchas’

La Razón (Edición Impresa) / Julio Peñaloza Bretel

02:18 / 18 de abril de 2014

Cuando todavía no se vislumbraba al que se convertiría en el más grande escritor en castellano del siglo XX, y hacía sus primeras armas en las letras, el Gabo escribió un texto sobre su afición por el fútbol. No hay homenajes que alcancen para dimensionar su talento y su genio, y por ello nada mejor que reproducir un texto suyo escrito y publicado en 1950, a propósito de su asistencia  a un partido jugado entre Millonarios y el Junior de Barranquilla.

Cuando terminaba de escribir la columna para hoy, recibí la triste noticia de la muerte del maestro Gabriel García Márquez, escritor y periodista latinoamericano como ninguno, capaz de haber narrado la historia de sus raíces a partir de esa novela inclasificable titulada Cien años de soledad, calificada de obra de hechicería y luciferina por Mario Vargas Llosa.

Inmediatamente dejé de lado el tema elegido y decidí recordar al gran Gabo, del que justamente voy leyendo por estos días una extraordinaria biografía sobre su vida y obra (Gabriel García Márquez, Una Vida, Gerald Martin), comparto con nuestros lectores El juramento (junio, 1950) texto sobre su afición por el fútbol, perdido en la inmensidad del tiempo y en el que se refiere a Alfedo Di Stéfano, por entonces jugador del Millonarios. La escritura de este costeño de Aracataca ya hace tiempo que lo ha convertido en un creativo eterno al que se seguirá leyendo por los siglos de los siglos:

Y  entonces resolví asistir al estadio. Como era un encuentro más sonado que todos los anteriores, tuve que irme temprano. Confieso que nunca en mi vida he llegado tan temprano a ninguna parte y que de ninguna tampoco he salido tan agotado. Alfonso y Germán no tomaron nunca la iniciativa de convertirme a esa religión dominical del fútbol, con todo y que ellos debieron sospechar que alguna vez me iba a convertir en ese energúmeno, limpio de cualquier barniz que pueda ser considerado como el último rastro de civilización, que fui ayer en las graderías del Municipal. El primer instante de lucidez en que caí en la cuenta de que estaba convertido en un hincha intempestivo, fue cuando advertí que durante toda mi vida había tenido algo de que muchas veces me había ufanado y que ayer me estorbaba de una manera inaceptable: el sentido del ridículo. Ahora me explico por qué esos caballeros habitualmente tan almidonados, se sienten como un calamar en su tinta cuando se colocan, con todas las de la ley, su gorrita a varios colores.

Es que con ese solo gesto, quedan automáticamente convertidos en otras personas, como si la gorrita no fuera sino el uniforme de una nueva personalidad. No sé si mi matrícula de hincha esté todavía demasiado fresca para permitirme ciertas observaciones personales acerca del partido de ayer, pero como ya hemos quedado de acuerdo en que una de las condiciones esenciales del hinchaje es la pérdida absoluta y aceptada del sentido del ridículo, voy a decir lo que vi —o lo que creí ver ayer tarde— para darme el lujo de empezar bien temprano a meter esas patas deportivas que bien guardadas me tenía. En primer término, me pareció que el Junior dominó a Millonarios desde el primer momento. Si la línea blanca que divide la cancha en dos mitades significa algo, mi afirmación anterior es cierta, puesto que muy pocas veces pudo estar la bola, en el primer tiempo, dentro de la mitad correspondiente a la portería del Junior. (¿Qué tal va mi debut como comentarista de fútbol?).

Por otra parte, si los jugadores del Junior no hubieran sido ciertamente jugadores sino escritores, me parece que el maestro Heleno habría sido un extraordinario autor de novelas policíacas. Su sentido del cálculo, sus reposados movimientos de investigador y finalmente sus desenlaces rápidos y sorpresivos le otorgan suficientes méritos para ser el creador de un nuevo detective para la novelística de policía. Haroldo, por su parte, habría sido una especie de Marcelino Menéndez y Pelayo, con esa facilidad que tiene el brasileño para estar en todas partes a la vez y en todas ellas trabajando, atendiendo simultáneamente a once señores, como si de lo que se tratara no fuera de colocar un gol sino de escribir todos los mamotretos que don Marcelino escribiera. Berascochea habría sido, ni más ni menos, un autor fecundo, pero así hubiera escrito setecientos tomos, todos ellos habrían sido acerca de la importancia de las cabezas de alfiler. Y qué gran crítico de artes habría sido Dos Santos —que ayer se portó como cuatro— cortándole el paso a todos los escribidorcillos que pretendieran llegar, así fuera con los mayores esfuerzos, a la portería de la inmortalidad. De Latour habría escrito versos. Inspirados poemas de largometraje, cosa que no podría decirse de Ary. Porque de Ary no puede decirse nada, ya que sus compañeros del Junior no le dieron oportunidad de demostrar al menos sus más modestas condiciones literarias. Y esto por no entrar con los Millonarios, cuyo gran Di Stéfano, si de algo sabe, es de retórica.

No creo haber perdido nada con este irrevocable ingreso que hoy hago —públicamente— a la santa hermandad de los hinchas. Lo único que deseo, ahora, es convertir a alguien. Y creo que va a ser a mi distinguido amigo, el doctor Adalberto Reyes, a quien voy a convidar a las graderías del Municipal en el primer partido de la segunda vuelta, con el propósito de que no siga siendo —desde el punto de vista deportivo— la oveja descarriada.

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