Fútbol

Hagamos escuela

Bolivia no tiene con qué aspirar a un lugar entre los 32 finalistas

La Razón (Edición Impresa) / Julio Peñaloza Bretel / La Paz

02:20 / 26 de septiembre de 2014

Hay que reiventar la Academia Tahuichi, ayudar a renacer a Enrique Happ y se debe pensar de una vez y muy en serio, un proyecto transversal en todas las regiones de Bolivia que tenga como prioridad divisiones menores y juveniles en el llamado fútbol profesional. El fútbol de base es el primer eslabón de cualquier proyecto que se precie de serio, para pensar en conseguir algo más que participaciones decorosas en el concierto internacional. Ya perdimos la cuenta de las veces que insistimos en este medular asunto.

La selección boliviana ha convocado a 77 jugadores para encarar 41 partidos oficiales y amistosos entre 2010 y 2014. El 90% de los requeridos por Gustavo Quinteros primero y Xabier Azkargorta después, forman parte de los equipos de la Liga del Fútbol Profesional Boliviano (LFPB) y de los llamados legionarios. En la actualidad, solamente Marcelo Martins (Cruzeiro) y Carlos Saucedo (Saprissa) juegan fuera del país con alguna resonancia. En términos numéricos, la cifra no deja de ser significativa, pero si miramos con acuciosidad, uno a uno, los rendimientos de todos quienes estuvieron en la Copa América Argentina 2011, en la eliminatoria para Brasil 2014 y en los partidos amistosos, no hay mucho que recordar por desempeños, ni por resultados de cada cotejo.

Busco y rebusco nombres de futbolistas que se hayan consolidado en el último tiempo como para augurarles futuro más allá de nuestras fronteras, y encuentro que Alejandro Chumacero tuvo que volver sobre sus pasos, luego de un fallido aterrizaje en el Sport Recife; y el debut con la Verde de Jaime Arrascaita fue más que auspicioso, pero por el momento se trata solamente de otro proyecto en ciernes.

En honor a la verdad, tendremos que excluir del bajo promedio de calidad a Romel Quiñónez que ya es portero titular indiscutido, merced, sobre todo, a su notable rendimiento en Copa Libertadores de América con Bolívar, y supongo que todavía deberemos seguir lamentando por un tiempo más que Wálter Flores y Pablo Escobar, hayan decidido, cada uno en su momento, renunciar a seguir vistiendo la camiseta nacional, considerando que los dos fueron para sus equipos, aportes determinantes en el último torneo sudamericano, en el que uno llegó a semifinales y el otro a octavos.

Este es el panorama que puede ofrecer hoy el fútbol boliviano a quien llegue a hacerse cargo de la selección absoluta, una realidad que, con los antecedentes conocidos, resulta por demás dificultosa a la hora de pensar en buscar objetivos mayores a los de una participación decorosa en el marco de una realidad sudamericana, en la que se ha producido una igualación para arriba con selecciones como las de Colombia y Chile que tuvieron participaciones destacadísimas en la última Copa del Mundo.

Sudamérica tiene entonces a Argentina, Brasil, Uruguay, Colombia y Chile como protagonistas de primera fila para lo que viene: Copa América 2015 (Chile), Copa América Centenario 2016 (Estados Unidos) y eliminatorias para Rusia 2018.  Un peldaño más abajo se encuentra Ecuador que ya ha demostrado con nitidez cuanta ventaja le saca a la altitud de Quito para pelear con los del pelotón de arriba una plaza mundialista.

Si bien a Paraguay le fue un desastre en la eliminatoria para Brasil (quedó última), no hay duda de que su gravitación en el concierto internacional,  lo mismo que las de Perú y Venezuela, es ostensiblemente mayor que la de una Bolivia que en los últimos quince años no ha sabido producir la necesaria generación de recambio como para aspirar a algo más que cumplir con las formalidades de participación que exigen las reglas de juego.

La lógica nos lleva a suponer que se le debe poner un límite a la mediocre lógica del “yo no fui, fue Teté”, y ya debería ser hora de sentar a todas las partes en la mesa de la seriedad para recuperar los bríos de las escuelas en las que se formaron nuestros futbolistas de los 80 y 90, esto es, dirigencia del fútbol, instancias gubernamentales y empresariado privado. Bolivia necesita, como nunca antes, la refundación del concepto básico de escuela de fútbol, a través de un sistema transversalizado en el que intervengan activamente clubes profesionales, asociaciones departamentales, clubes locales y escuelas urbanas y provinciales.

Si a las urgencias del corto plazo, o a las obligaciones ineludibles de calendario internacional, se incorpora, en paralelo, la agenda de lo estructural  —formación de futbolistas en procesos de cinco-diez años— las cosas podrían comenzar a cambiar de verdad, con lo que esto implica paciencia, a sabiendas de que los resultados no se encontrarán a la vuelta de la esquina.

Alemania ha necesitado una década de trabajo para lograr una nueva Copa del Mundo. A Colombia le ha costado 20 años de ausencia —y otra vez, trabajo sostenido— retornar, y con éxito, a un nuevo Mundial. En este marco de análisis, Bolivia no tiene con qué aspirar a un lugar en la lista de los treinta y dos finalistas si los antecedentes históricos dicen que el deporte boliviano, en la mayor parte de las disciplinas, ha ocupado invariablemente los penúltimos y los últimos lugares, y en el fútbol, en los torneos sudamericanos de clubes en vigencia, nunca ha ganado nada.

Una sociedad se hace competitiva, y especialmente en las duras arenas deportivas, con buena infraestructura, especialistas altamente calificados, respaldo estatal y emprendimientos privados. En el fútbol llamado profesional, porque ya lo sabemos, de profesional parece tener solo el nombre, son necesarios horizontes en los que se combinen las necesidades inmediatas de cubrir la planilla del próximo mes con un gran proyecto futbolístico nacional, sustentado en sólidos proyectos regionales.

He perdido  la cuenta de las veces que en mis años de periodista he insistido, cada cierto tiempo, en que los problemas del fútbol boliviano no se resuelven, en primer lugar, con estructuras administrativas ideales, sino con la necesaria convergencia de quienes deben asumir responsabilidades en sus distintos ámbitos de decisiones para promover potenciales futbolistas desde los diez-doce años de edad. Por el momento, lo único que ilusiona de verdad en este escuálido panorama es que Marcelo Martins Moreno siga con su racha y termine como goleador del torneo brasileirao en plena evolución.

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