Fútbol

James Rodríguez, genio con escuela

Premisa Al talento y la vocación hay que dotarlos de formación, es decir de una carrera labrada en el tiempo para lograr los objetivos

La Razón (Edición Impresa) / Julio Peñaloza

00:00 / 17 de noviembre de 2014

La lesión de Radamel Falcao García provocó una tremenda conmoción en Colombia, luego del periplo exitoso e indiscutible de su selección en las eliminatorias sudamericanas. Los aficionados empezaron a hacer averiguaciones acerca de los seis o siete meses con los que contaba, como si se tratara de una carrera contra reloj,  para recuperarse como es debido, y de esa manera llegar a garantizar la efectividad demostrada en los partidos de primera fase contra Grecia, Costa de Marfil y Japón.

Goleador y de perfil mediático, transferido del Atlético de Madrid al Mónaco, Falcao aparecía como la carta determinante para que a la selección dirigida por José Néstor Pekerman le fuera bien en Brasil 2014. Por entonces, el anotador de exitosa carrera consolidada en River Plate de Argentina, parecía predestinado con su presencia a determinar el éxito o el fracaso cafetalero como si un onceno dependiera tanto de un solo jugador.

Pues bien, Radamel no llegó. Con toda la serenidad y la experiencia que caracteriza a Pekerman, se estableció que por más ponderables que hubieran sido los esfuerzos del que apodan “El Tigre” como si se tratara de un galán de melodrama telenovelesco, el diagnóstico indicaba que no estaba para actuar un solo minuto en canchas brasileñas y efectivamente los colombianos tuvieron que jugar sin su principal atracción de taquilla con un equipo del que se hablaba de Yepes, Cuadrado, Zúñiga o Martínez, y se mencionaba poco al compañero de equipo de Falcao en Francia, un joven veinteañero de nombre James —no jeims—que comenzó a patear la pelota cuando era niño en canchas de El Jordán, Ibagüé, para luego enrolarse en la escuela de fútbol de Tolima.

James Rodríguez no tiene historia épica. Sus primeros años de vida transcurrieron en un hogar humilde muy bien orientado y nada tiene que ver con aventuras relacionadas con sitios parecidos al potrero en la Argentina, o a alguna playa del Brasil, porque lo suyo comienza y encuentra respuesta contundente de consagración con el esfuerzo, la dedicación propia del alumno aplicado, ése que llega primero a la clase y se va al final porque se quedó a perfeccionar la pegada sin desmayar un solo día y por eso hoy es más fácil comprender su llamativo sacrificio recuperando pelotas, arrebatándoselas a los rivales, orgullosamente enfundado en la 10 del Real Madrid, como ningún otro delantero de los diez mejores con los que se cuenta en la actualidad y que es una combinación de futbolista moderno dispuesto a contraer la obligación táctica que se le encomiende, combinada ésta con su genio encarador para pisar el área, asistir con filosa claridad o disparar a portería obligando a estiradas convertidas en vanos esfuerzos por interceptar esos goles que definen su calidad, su horizonte de juego, su sentido de oportunidad para encontrar el espacio perfecto y convertir.

James es la contracara de Luis Suárez por temperamento, ya que en tanto el uruguayo es el villano listo y amenazante merodeando los territorios de la transgresión a la norma, el colombiano es el jovencito simpático y sencillo que reparte sonrisas a raudales, capaz de ser paciente con el fan más obsesivo y con su conducta dar razón a su entrenador de selección, quien lo considera un chico humilde, lo mismo que a su compañero Falcao, ése que no pudo estar en la última Copa del Mundo y del que tomó la posta para erigirse en el goleador del torneo con seis anotaciones, firmando una memorable actuación con el 2-0 frente a Uruguay el 28 de junio en el Maracaná que algo más de setenta y nueve mil personas tuvimos el privilegio de registrar presencialmente, partido en el que la apertura del marcador, pelota bajada de pecho y embocada sin que tocara el piso hacia el ángulo derecho de Fernando Muslera significaría el mejor gol del campeonato ahora candidato al Premio Puskas que anualmente concede la FIFA.

Gustavo Upegui se llamaba el empresario protector de Rodríguez cuando éste daba sus primeros pasos. Fue asesinado de manera violenta con las características de ejecución de quien ha dado un mal paso en el negocio del narcotráfico y de ahí en más, sería la madre de James la que se encargaría de tomar las previsiones para mejorar en una zona llamada El Envigado, todos los aspectos concernientes a su perfeccionamiento técnico para alguien que según ella “había nacido para ser futbolista” y que encontraría, no en equipo alguno de la Dimayor colombiana, sino en Banfield de Argentina, su primera gran oportunidad para graduarse como profesional y luego pensar en objetivos más grandes.

Esas extrañas conexiones que genera el fútbol, me permitieron celebrar como futbolero agradecido el gesto técnico con que Colombia empezó a ganarle a Uruguay y esa pequeña obra colectiva con centro desde la línea de fondo para que el mismo James Rodríguez sellara el 2-0, cuando semanas antes en Cuiabá (Colombia 4 Japón 1), mi futbolero hijo Sebastián de doce años le había estrechado la mano al conductor-goleador cuando éste hacía el calentamiento, previo al inicio del partido.

Si por algo hoy el Real Madrid ha bajado el perfil de la gestualidad autosuficiente es precisamente porque se puede tener estirpe de ídolo y corazón de jornalero, que se gana lo suyo entremezclando según las necesidades vayan exigiéndolo, las cualidades del virtuoso con la pelota con las del laburante que va a por todas si se trata de cruzar a un rival para cortarle el circuito que pretende armar. James, según cierta prensa argentina, tiene las características del mejor Riquelme de mediados de los 90, porque allá donde todos van raudos, él pone la pausa para el cambio de frente, reconvirtiendo una jugada para dejar a contrapié a la defensa adversaria, dejando claramente establecido que a Carleto Ancelotti le interesa ir convirtiendo al Madrid progresivamente en equipo con posesión, juego asociado y toque corto en el que James forma parte del elenco de solistas en los que en las últimas cinco fechas ha estado soberbio junto a Isco, Kroos, Modríc, Benzema, Marcelo, Carvajal y por supuesto que Cristiano, el mejor definidor del momento, que por primera vez supera en producción regular y cantidad de goles al mismísimo Lionel Messi.

Ochenta millones de euros le ha significado a la administración de Florentino Pérez el traspaso del Mónaco al equipo de Chamartín, y como su versatilidad y rápida adaptación son verificables casi de inmediato, James Rodríguez puede jugar recostado hacia la derecha como lo está haciendo en la Liga española y en la Champions o más al centro y cerca al área como lo hace en Colombia donde dice él, “el profesor Pekerman me da más libertad para moverme como yo quiero”.

Como para que no queden dudas, la nueva gran revelación del fútbol mundial que se merece el Puskas por el golazo para Colombia en el Maracaná, pone otra vez de manifiesto que al talento y la vocación hay que dotarlos de formación, es decir de una carrera labrada en el tiempo para conseguir grandes objetivos y James más que ningún otro protagonista de su generación, da testimonio de constituirse en el resultado de la fusión entre genio y escuela.Julio Peñaloza Bretel es periodista. Responsable de Historia y Estadísticas de la Federación Boliviana de Fútbol (FBF).

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