Fútbol

Lito pone el punto final

Retiro El miércoles 13 tomó la difícil decisión. Se va tras 12 temporadas ligueras. Fue una figura del fútbol

La Razón / Rafael Sempértegui - La Paz

00:25 / 18 de junio de 2012

Debuté a nivel profesional un sábado a las 14.00, en Iberoamericana, fue en un partido contra Blooming. Llovía demasiado. Empatamos a dos goles. La verdad es que con Ibero casi siempre estuvimos peleando el descenso, sufrimos mucho, excepto la última temporada cuando peleamos algunas posiciones de más arriba. Debuté en 2001, un año antes habíamos logrado el ascenso”.

Así recuerda Leonel Reyes sus inicios en el fútbol profesional boliviano. Once años después y tras jugar 12 temporadas consecutivas en la Liga, la semana pasada decidió ponerle punto final a su carrera y —como se dice— colgar los cachos.

En este tiempo jugó vistiendo la camiseta de tres equipos, todos de La Paz, y de la selección nacional. La mayor parte de su carrera estuvo vinculada a Bolívar y al llegar el momento del adiós, lo hizo tras haber lucido la camiseta del otro grande, The Strongest, con el que se dio el gusto de consagrarse bicam-peón boliviano.

“Tranquilo no puedo estar porque es una decisión fuerte”, sostiene en alusión a su retiro. “Dejaré de hacer lo que venía haciendo desde hace 20 años (desde que comenzó a jugar en serio). Mi papá se había opuesto a que deje el fútbol, pero mi decisión era retirarme bien y que no sea el fútbol el que me deje. Me voy bicampeón con el Tigre, antes había ganado otras cosas en los clubes en los que estuve y qué más puedo pedir. Ahora me dedicaré a ayudar a mi papá y voy a comenzar a transmitir lo que he aprendido”.

Se marcha uno de los mejores volantes defensivos en el país de los últimos tiempos. Un patrón del mediocampo. Una verdadera molestia para los rivales a los que en sus mejores momentos no les dejaba ni respirar.

Su mente retrocede en el tiempo: “Recuerdo que mi papá y mi tío me llevaban al fútbol. Ahí me animé. La primera vez que fui a Tembladerani fue a mis 14 años, don Fermín me abrió la puerta y me llevó al centro de la cancha, donde estaba el profesor Abdul (Aramayo), que es mi maestro del fútbol y de la vida. Me preguntó: ‘quién eres, qué te llamas’, y luego ‘ve a sentarte          a esperar tu turno’. Éramos casi 500 y de ahí poco a poco fue    desechando a uno tras otro. Luego vio mis condiciones y me quedé. La verdad es que en los inicios jugué en todos los puestos. En Iberoamericana, de lateral y luego volante; en Municipal (en la Asociación paceña) fui central y finalmente terminé en mi puesto de ‘6’. No jugué de arquero, fue lo único que no hice. Tengo lindos recuerdos, buenos y bonitos; también pasaron cosas malas, pero las dejo a un lado”.

Ahora que llega la hora de decir adiós, el momento también es propicio para hacer el balance de lo que le dejó el fútbol. “Muchos amigos, el haber aprendido bastante cómo son las cosas y cómo se las encara. Ahora espero transmitir todo lo que aprendí y ojalá que sirva para que salgan más jugadores”.

Dice que se acuerda “de muchas personas, pero sobre todo de quienes igual trabajan pero no aparecen, como Fermín Mita en Ibero, Óscar Montes en Bolívar, los cancheros de Bolívar como Cancio, Chávez, Adrián, Huguito, la señora Mireya, don Ángel y doña Mary en el Tigre. Esa es la gente de quien quiero acordarme y a quienes normalmente no se las menciona casi nada”.

Iberoamericana, su primer club en el ámbito profesional, le deja por supuesto un recuerdo especial. “En realidad no era un equipo profesional porque no nos trataban como profesionales ni teníamos las condiciones. Aguantamos muchas cosas con el deseo de jugar. Hacíamos ‘vaquitas’ para solventar algunos gastos y supimos lo que son los apuros. Conocí a muchas personas buenas y positivas. Jugué con mi compadre Marcos Paz, con quien estuvimos en Ibero, Bolívar y el Tigre. Con Augusto (Andaveris), Darwin Cuéllar, Erwin Romero, Mauricio Pinilla, John Carabalí y William Viscarra, con quien me formé desde chico”.

Bolívar “fue otro mundo en algunas cosas, pero la verdad estaba ahí cerca, casi era lo mismo. Yo no quería ir a Bolívar porque era un desafío fuerte, por los jugadores que siempre hubo. Llegué cuando me presentaron junto con Etcheverry, Paz García, Castillo, Suárez, estaba al lado de ellos. Cuando llegué estaban Óscar Sánchez, Marco Sandy y grandes figuras. Ingresé al camarín, entré y los nacionales ni me hablaron; en cambio, quienes se acercaron fueron Pedro Guiberguis, Julio César Ferreira y Horacio Chiorazzo, ellos rompieron el hielo”.

Tantos años que estuvo en la Academia sirvieron para reunir sus mayores logros. “Cuando me tocó estar había grandes futbolistas con quienes pudimos llegar a disputar la Copa Sudamericana, en la que fuimos una familia (Bolívar fue subcampeón en 2004). Bonitos recuerdos, mucho aprendizaje, de todo, de los buenos, aprendiendo a levantarnos de las caídas; luego vino la salida, me sacaron y me preguntaba qué hice mal para que me trataran de esa manera, y la verdad ya no quería jugar. Hablamos con mi papá y decidimos lo que iba a hacer”.

Entonces llegó a The Strongest, el de la acera del frente, contra el que disputó muchísimas batallas. “Fue a través de (los dirigentes) Héctor Montes y Carlos Casso, quienes me contactaron con el presidente Kurt (Reintsch). La verdad es que el Tigre me abrió las puertas, me recibió bien, desde la hinchada hasta la directiva. Yo retribuí con trabajo, esfuerzo y empeño, y gracias a Dios se dieron los dos títulos”.  

Jugar en filas gualdinegras “fue completar mi carrera de buena manera. La verdad es que estando en Bolívar, como capitán, quién iba a pensar en pasar al otro equipo. Fue un paso muy hermoso, porque fue la otra faceta de un grande del fútbol boliviano. Acepté jugar en el Tigre porque mi papá me dijo: ‘qué mejor para un futbolista paceño el jugar en los dos grandes de Bolivia’. Entonces dije: ‘ voy y pelearé como siempre lo hice’ y gracias a Dios las cosas  me salieron bien”.

Un buen jugador no podía estar al margen de la selección boliviana. La camiseta más preciada en el país también tuvo el privilegio de lucir.“Fue en 2003, cuando el entrenador chileno Nelson Acosta me llamó, me esforcé y me hice ver. Luego el  profesor Erwin Sánchez me citó y me dio la oportunidad de alternar. Conocí a una gran persona, correcta y firme. Llegar a la selección fue la consagración que todo futbolista quiere, es lo máximo jugar por tu país. Es el mayor logro que tuve la oportunidad de alcanzar”.

En su casa guarda todos los recuerdos. Las cuatro camisetas que lució y defendió son su orgullo, unos trofeos imborrables al igual que los cachos que utilizó por última vez en el ámbito profesional.

“Ahora, si me preguntan por qué dejo el fútbol, respondo que la verdad ya no hay de quién aprender. Cuesta encontrar referentes. Los míos fueron Marco Sandy y Oscar Sánchez. Los conocí y aprendí bastante de ellos”.

Quiere ser el brazo derecho de su papá enseñandoEstá decidido. Se dedicará, junto con su padre —que es entrenador titulado—, a enseñar las técnicas del fútbol

“Tomé esta determinación porque también quiero orientar a los jóvenes. Lo que no entiende mucha gente es que el entrenador es mi papá y yo quiero ser el asistente de él. Creo que todos los años que jugué me sirvieron para asimilar muchas cosas que las quiero poner en práctica con los jóvenes”.

 No es lejana la posibilidad de que trabajen padre e hijo en The Strongest. Algo ya habló con el presidente atigrado.

“Ojalá que pueda servir para que nuestros futuros deportistas y hombres se preparen con principios, valores y eso se reproduzca a lo grande. Igual nos vamos a dedicar con todo, como siempre”.

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