Fútbol

Poderoso Don Dinero

Negocio La desigualdad de condiciones es la característica fundamental si consideramos que el mundo es hoy unipolar por capitalista

La Razón (Edición Impresa) / Julio Peñaloza

00:00 / 04 de mayo de 2015

El impresionante centrocampista del Barcelona, Xavi Hernández, paradigma del rendimiento regular, brújula del equipo durante por lo menos cinco temporadas consecutivas, va a marcharse a Qatar en el otoño de su carrera para acumular los últimos dólares que le permitirán consolidar su seguramente nada despreciable patrimonio personal, producto de los millones que se mueven en éste que se ha convertido en espectáculo televisivo número uno en el planeta por sobre todas las cosas. El Valor de Uso de Hernández pasa entonces, en la recta final de su brillante trayectoria, a cotizarse por su Valor de Cambio, ahora que ha sido sentado en el banquillo por Luis Enrique, otorgándole titularidad al croata Iván Rakitic que todavía no es ni la mitad en términos de calidad de lo que fuera este Xavi que hizo y deshizo con el balón junto a Andrés Iniesta y Lionel Messi.

Decía Jorge Valdano hace algunos años, no sé si con candor o premeditada demagogia, que mientras los dólares no inunden el verde césped, se podrá preservar la esencia lúdica del juego. Mentira. El verde es el común denominador simbólico que fusiona las superficies en las que se desplazan los operadores principales y más activos de este negocio —los jugadores— con los billetes que han dado lugar a que como cualquier otra actividad humana económicamente activa, la desigualdad de condiciones sea la característica fundamental si consideramos que el mundo es hoy unipolar por capitalista y en muchos casos en ese grado de exacerbación que lo constituye en capitalismo salvaje, sin que la esencia lúdica del juego se haya resentido: Si se consigue un trofeo y ganar millones por ello, se preguntarán muchos ¿en qué consistiría la incompatibilidad?

La épica y la lírica dicen que las diferencias económicas, tantas veces astronómicas, se acaban en el momento del once contra once, en los noventa minutos en los que todo puede pasar y el mejor catálogo de previsiones/predicciones ser pulverizado por eso de imprevisible, como ningún otro, que tiene este juego. Otra mentira porque generalmente acaban imponiéndose los grandes candidatos, los capaces de exhibir un frondoso palmarés, pero sobre todo aquellos que tienen las chequeras más voluminosas con las que se ha engordado el ganado a lo largo de más de un siglo, ésas que se usan con cualquier tipo de ardides contra pretendidos juegos limpios financieros que sirven solamente para mitigar las conciencias de los gerentes de este meganegocio tan desigual, como todos los negocios en los que el capital es el mecanismo uniformador de las reglas de juego, por encima de las patrias nacionales que alimentan chauvinismos de gradería, donde se confunde el ser nacional con un juego que dura por lo general algo más de dos horas y punto.

Es en el territorio de la desigualdad económica, en el de la lucha entre ricos, pobres —y clasemedieros— donde se deben analizar las razones de fondo para que unos hayan construido derroteros históricos exitosos y otros apenas logren articular esporádicos momentos, cuando los logran, que terminan explicándose por booms financieros de los que emergen éxitos deportivos como el de Colombia de los 80 que supo combinar la inundación de eso que se llama plata dulce en su mercado con la generación de mecanismos para producir futbolistas que luego serían de élite y entre otras cosas consiguieran, dada su realidad entremezclada de talento y violencia, una paliza propinada por su escuadra nacional a la Argentina en pleno estadio de River Plate (5-0) y el asesinato de Andrés Escóbar, zaguero central en la Copa del Mundo de Estados Unidos (1994).

Esa gran Colombia de Francisco Maturana y Hernán Darío Gómez ha tenido que aguardar dos décadas hasta que llegara José Néstor Pekerman para reordenar los recursos humanos que le permitieran a la selección cafetalera retornar a sitiales de privilegio, producto de su formidable campaña en eliminatorias para Brasil 2014, su enorme actuación en esa Copa del Mundo, goleador del torneo incluido, y ubicarse entre las cinco mejores selecciones nacionales del momento, a sabiendas, otra vez, que el poder económico del fútbol de una de las patrias de García Márquez, es fundamental si se quiere canalizar producción de mano de obra —pie de obra en este caso— que garantice calidad y consecuentemente competitividad internacional.

Universitario de Sucre ha embolsado un millón quinientos cincuenta mil dólares por su participación en la fase de grupos y clasificación a octavos de final de la Copa Libertadores de América.  Con ese monto, dadas las cifras con las que funciona el fútbol boliviano, encarará la temporada 2015-2016 y para que nos quede claro a lo que apunto en este texto, ése es el monto promedio que gana un futbolista de élite en Río de Janeiro o Sao Paulo durante diez meses, según algunas versiones, el que percibía Marcelo Martins cuando vestía la roja y negra del Flamengo. Este ejemplo nos da la medida de cuan desiguales son las cosas en un ámbito en el que doscientos nueve países tienen representación oficial en la FIFA, organismo que ha hecho del fútbol una realidad global que ha roto fronteras y peligrosos nacionalismos empeñados en utilizar cualquier expresión emblemática como pretexto para la confrontación que poco tiene que ver con el deporte y sus preceptos olímpicos.

Si en Bolivia consideráramos todos estos argumentos para entender por qué fuimos —y somos— históricamente marginales en la competencia regional y mundial futbolística, ayudaríamos a los ilusionados y ansiosos hinchas a comprender que el fútbol boliviano vive del generoso mecenazgo —Mercado, Mendoza, Lonsdale, Tito Paz, Reintsch, Rafael Paz, Salinas— que los mejores futbolistas que ha producido en los últimos treinta años fueron producto de la visión esclarecida de un solo personaje —Roly Aguilera— y que nunca se han debatido y por lo tanto menos generado, las condiciones para conseguir al Hombre Nuevo propugnado por el Che Guevara en la arena deportiva en ninguna de sus disciplinas, con respetables y muy aisladas excepciones.

Si a la falta de dinero, le agregamos la falta de criterio de muchos que dirigieron el fútbol profesional en las últimas tres décadas, tenemos lo que tenemos hoy y menciono aquí algunas perlas que no admiten discusión: Un futbolista que le rompe la nariz a un ayudante de campo de su propio equipo es premiado con su ingreso en la cancha hora y media después. Un equipo que cambia de entrenador dos días antes de un partido decisivo, juega con una alineación extraña como para pensar que su objetivo era no ganar. Un entrenador contratado por un segundo club en un mismo torneo, dirige los entrenamientos y es presentado como “imagen” para eludir sanciones. Un dirigente de un tercer club que se mete a opinar públicamente sobre una impugnación de un club contra otro, que no son los suyos. De éstos tengo por lo menos una centena de ejemplos, con los que si nuestro fútbol llamado profesional es pobre en términos económicos, termina siéndolo también en materia institucional y de gestión deportiva. Si la falta de dinero viene aparejada de ausencia de ideas u ocurrencias estrambóticas, no hay razones para creer, por lo menos hasta ahora, que se esté trabajando para ese gran salto cualitativo que los pocos auténticos futboleros bolivianos vienen esperando por generaciones con una inocencia que conmueve.

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