Fútbol

Precisos y veloces

Los nostálgicos creen que jugar bien nada tiene que ver con correr. Que vale en primer lugar el dominio de la pelota, pero si nos fijamos hoy, ese dominio tiene el plus del ritmo cada vez más acelerado que hace del fútbol actual un espectáculo donde la velocidad se ha convertido en un elemento estético.

La Razón / Julio Peñaloza Bretel

07:49 / 22 de febrero de 2013

Pisarla, pasarla atrás para rearmar la jugada, esconderla, amagar, gambetear, meter un cambio de frente, todo eso que hace tan atildado el juego de Juan Román Riquelme que ahora vuelve seguramente con la 10 de Boca, y que nos remite a los grandes futbolistas de por lo menos cuatro décadas —desde los 50 hasta los 80— terminará formando parte de la arqueología del juego, ahora que la velocidad del mundo induce a acelerar las velocidades de todos los órdenes de la vida humana. Miro videos de tiempos que ya fueron y me generan la impresión de unas estatuas pasándose la pelota, si comparo esas imágenes con las de los futbolistas de alta competencia de hoy que entran y salen del cuadro televisivo con una vertiginosidad que impresiona, si tenemos en cuenta el cada vez más extendido concepto de jugar con precisión en velocidad.Leo las reflexiones de Angel Di María, la pieza clave que le faltaba a la selección argentina para articular una propuesta ofensiva capaz de combinar la vistosidad con la eficacia y llego a la conclusión de que los futbolistas de élite cuando tienen la película muy clara saben por qué hacen lo que hacen, y qué es lo que necesitan a diario para hacerlo mejor, y pongo este ejemplo, porque tanto Alejandro Sabella, su seleccionador, como José Mourinho, su entrenador en el Real Madrid, saben de la versatilidad del jugador pero especialmente de su envidiable y muy difícilmente comparable aptitud para jugar precisamente con precisión en velocidad en cualquier zona del campo desde donde se inicia la gestación ofensiva. Dice Di María que no puede comparar a Messi con su compañero Cristiano Ronaldo, porque mientras el primero juega en corto, CR7 juega en largo, y en tanto el Barcelona apuesta por la elaboración a través del toque, el Real Madrid se concentra en los sablazos de contraataque que le permiten definir partidos  gracias a la calidad técnica de sus figuras.

Así de lúcido y directo es este Di María, un chico de barrio rosarino que no gusta de la exposición mediática y que es de aquellos buenísimos jugadores que no son las grandes estrellas que trascenderán todos los tiempos, pero que se constituyen en los decisivos abastecedores de una dinámica colectiva sin la cual las genialidades de los más grandes reducirían enormemente sus probabilidades de éxito, pero sobre todo constituyéndose en el prototipo del jugador que se mueve en las coordenadas de un profesionalismo rayando en la perfección, en la pulcritud  de los actos cotidianos y en la conciencia sobre este oficio de corta duración en el ciclo vital. Lo que me impresiona de él es que hace de la velocidad turbo con la que se mueve, el argumento principal de su cada vez más depurada técnica, esto es, cuanto más corre mejor juega o dicho de otro modo, jugar y correr han terminado por convertirse en una sola cosa.

Pero así como corre Messi para tocarla, descargarla y recibir, o como Cristiano Ronaldo puede desbordar raudamente para meter un centro rasante, para disparar de media distancia o de voltear marcadores como muñecotes, la principal velocidad tiene que ser en primerísimo lugar la velocidad mental con la que el AC Milán terminó petrificando los movimientos del Barcelona en el San Ciro, para con la italianidad a flor de piel, vencerlo por un 2-0 honesta y deportivamente reconocido por Gerard Piqué. Velocidad en ataque es mandarse al frente con gran dominio de balón, pero defender cediéndole la posesión al rival tiene que significar un gigantesco nivel de concentración para anticipar e inducir al choque a unos adversarios que suelen jugar de memoria y conocen al dedillo las entre líneas del campo en los últimos treinta metros.

Lo del Milan contra el Barsa fue una lección de oficio en la lógica de la vieja disputa de quienes juegan a la posesión y quienes deben saber evitar la fabricación de espacios con la destrucción sistemática de esos automatismos con los que el equipo azulgrana marcha puntero en la liga española con abusiva diferencia de puntos frente al segundo y al tercero, los dos madrides, que ya están casi resignados a que los culés puedan ufanarse de otro título sin Pep Guardiola, con Tito Vilanova recuperándose luego de una operación y Jordi Roura en la prueba de fuego de su intempestivo protagonismo para intentar dar vuelta lo que los rojinegros consiguieran como dueños de casa en un partido en que supieron inducir al error al equipo más preciso y profundo que conozcamos.

Veloces con la pelota y veloces sin ella, para anticipar y conseguir arrebatarla, despejarla u organizar el contraataque, pero veloces cada vez más a la inglesa, si se tiene en  cuenta que hay partidos de la Premiere que se dilucidan en los cinco últimos minutos o en los que se determinen como adicionales, y por ello, veloces con capacidad de resistencia física y de desplazamiento hasta el último minuto, ése es el fútbol de hoy, mientras en nuestro profesionalismo doméstico el promedio de resistencia y velocidad con rendimiento parejo es apenas de 55-60 minutos y por eso los desempeños resultan intermitentes, desiguales, salpicados de altibajos como el producido por San José contra el Corinthians que se llevó un punto de oro de la altitud orureña.

El fútbol de alta competición de hoy requiere una preparación atlética que hasta hace veinte años no era determinante. La velocidad es un arma fundamental de los grandes torneos de hoy que le ha añadido al juego elementos estéticos que lo hacen más espectacular, y para ilustrar esta afirmación nada más debo recordar al mejor Ronaldinho Gaucho en el Barcelona o el tiempo récord en el que una seguidilla de triangulaciones ahora es posible. Definitivamente, me reafirmo, jugar y correr han terminado por fundirse en el fútbol del siglo XXI.

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