Fútbol

¿Salvador Riquelme?

Vuelve el ya legendario 10 de Boca y si su preparación no sufre contratiempos deberá convertirse en la pieza clave que Carlos Bianchi necesita en este su segundo desembarco en Casa Amarilla.

Caricatura. Juan Román Riquelme.

Caricatura. Juan Román Riquelme.

La Razón / Julio Peñaloza Bretel

02:59 / 15 de febrero de 2013

Vuelve el ya legendario 10 de Boca y si su preparación no sufre contratiempos deberá convertirse en la pieza clave que Carlos Bianchi necesita en este su segundo desembarco en Casa Amarilla, para conseguir armar un equipo que por ahora es más voluntad que calidad, más lucha que claridad para buscar objetivos, tal como se pudo comprobar en el debut con derrota frente al Toluca de México en plena Bombonera.

No soy tan malo como algunos piensan muchachos” les dijo Juan Román Riquelme a los periodistas acreditados a Casa Amarilla el domingo 10 de febrero cuando anunció oficialmente su retorno a Boca Juniors que se habría producido debido a la angustia sufrida como hincha en el clásico de pretemporada que River les ganó a los xeneizes en el segundo debut de Carlos Bianchi como director técnico, decidiendo tomar el teléfono para informar sobre la reconsideración de su negativa a volver luego de estar parado durante casi siete meses.

“Hay que estar un poco loco para volver a este equipo del que soy hincha y yo estoy un poco loco”, completó Román luego de una comparecencia ante los medios que se prolongó por más de media hora y en la que puso sobre la mesa sus convicciones boquenses, su afinidad con el entrenador más exitoso de toda la historia del club y su necesidad de pensar seriamente en  el que será último tramo de su carrera, consciente de que para volver a la cancha debe trabajar duro a fin de igualarse físicamente con los compañeros que se sometieron a una exigente pretemporada.

Malo Riquelme no es y probablemente de loco tenga casi nada, pero lo que no se podrá poner en discusión es que su personalidad ensimismada lo torna impredecible y a veces difícil de tratar, dado ese hermetismo y rigidez con las que tantas veces se ha encarado a la hora de exponer públicamente sus criterios acerca de su propio perfil y de lo que él mismo sabe acerca de su gravitación en el fútbol argentino en casi dos décadas.

La película podría titularse “El retorno del último romántico” si consideramos a este gran referente y símbolo bostero como aquel jugador típicamente rioplatense, dueño de unas inigualables virtudes para manejar la pelota, capaz de certificar cuando está en su mejor nivel de rendimiento que el amague, la gambeta, el cambio de frente, el disparo de media distancia, el pase-gol o la pausa para reordenar al equipo son características que han distinguido siempre el talento rioplatense.

Riquelme es parte de ese gran Boca de Bianchi de fines del siglo XX y principios del siglo XXI. Con la camiseta azul y oro llegó a convertirse en la brújula del equipo y de él guardo el imborrable recuerdo de aquel partido de despedida  jugado en la Bombonera con el que se homenajeó a Diego Armando Maradona en noviembre de 2001 enfrentando a la selección argentina con un Resto del Mundo que llevaba una camiseta roja y blanca, los colores del adversario histórico, y con la que el 10 de Boca se adueñó de la pelota para convertirla en una golosina imposible de arrebatar.

El principio del fin de la carrera de Riquelme, sin embargo, está claramente marcado por la paciencia con la que Bianchi deberá imprimirle un sistema de juego a un equipo que ganó en el debut del torneo doméstico dando vuelta el marcador contra Quilmes (3-2) con más esfuerzo y garra que calidad, y que no pudo ocultar sus limitaciones en el arranque de la Copa Libertadores de América con derrota en casa propia frente a un ordenado y paciente Toluca de México que luego de ir perdiendo terminó imponiéndose 1-2.

Lejos está el Boca de esa gran versión firmada por los Palermo, Barros Schelotto, Bermúdez, Serna, Delgado, Burdisso, Samuel, Abondanzzieri , Tévez y del mismísimo Riquelme, de éste armado por Julio César Falcioni que es en  gran medida el heredado en esta nueva etapa liderada por un muy delgado e inquieto Bianchi que se tomaba la cabeza cada vez que sus dirigidos exponían una desesperante imprecisión y falta de claridad conceptual frente a los mexicanos, donde se corría hacia ninguna parte y el balón terminaba en los pies de los visitantes que exigieron al máximo los reflejos del arquero Agustín Orión, que atajó su segundo penal en dos partidos y se constituyó en figura de un equipo con  individualidades destacadas que no están logrando ensamblar todavía una propuesta colectiva sólida y ganadora.

Riquelme tiene entonces un doble desafío que pasa primero por ponerse a punto para estar en condiciones de jugar, cosa que le demandará una acelerada preparación de mínimo dos semanas, y luego, si es que Bianchi lo ve en forma, saltar a la cancha para intentar imprimirle al equipo una coherencia sostenida que todavía no tiene, con una plantilla dominada por valores jóvenes con gran proyección, pero a la que falta el ritmo y la cantidad de partidos que le permita afianzar una manera de jugar, un estilo, ese en el que supieron compaginar Bianchi desde la línea de cal y Riquelme moviendo los hilos dentro el campo.

Estilo, ahí está la clave. Si Román es capaz de volver a poner en vigencia su talento con el estilo que lo hace un jugador diferente, capaz, él sólo, de determinar el destino o el resultado de un partido, ayudado por la experiencia de Clemente Rodríguez, jugador de gran dinámica para defender y atacar, más la polenta de los Somoza, Viatry, Martínez, es posible que en tres meses tengamos el Boca que por hoy está muy lejos de un rendimiento que le permita confirmarse como candidato a los títulos del campeonato argentino y de la Libertadores, y para ello los hinchas deberán poner nuevamente a prueba la paciencia que distingue a “la 12”, una parcialidad militante que suele no dejar de alentar en los peores momentos,

Boca con Bianchi y Riquelme recuperando su capacidad física y metido en cada partido que le toque jugar tendría que ser muy distinto al pálido y derrotado que vimos hace 48 horas, saliendo vencido frente a un discreto, pero inteligente equipo mexicano. Conductor fuera de la cancha y líder dentro de ella. Bianchi y Riquelme. Debería tratarse de la primera sociedad estratégica para volver a poner al equipo en el sitial histórico que le corresponde.

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