Fútbol

The Strongest, renacido de la nada - Julio Peñaloza Bretel

La Razón / La Paz

00:54 / 06 de abril de 2012

Pasión, garra, sufrimiento. Son los rasgos que caracterizan el recorrido histórico de The Strongest que el domingo 8 de abril celebra ciento cuatro años de existencia. Los hinchas aurinegros son absolutamente conscientes del “sacrificio” que implica respaldar a este histórico club oro y negro que forma parte de la historia y la cultura de La Paz, y que gran parte de su razón de ser está vinculada a una también histórica rivalidad con Bolívar, el otro equipo paceño emblemático que celebrará su fundación, cuatro días después, el 12 de abril.

Los stronguistas que jamás dejaremos de serlo hemos nacido para la pasión sufrida. Ser atigrado es vivir con el Jesús en la boca, masticar la impotencia, levantarse de la grada del Hernando Siles porque un delantero la pateó al cielo o porque un marcador central se hizo expulsar de la manera más idiota y puso al equipo en el blanco de la derrota. Ser hincha del Tigre es ser paceño —no necesariamente liberal—, pero es fundamentalmente poseer un sentido de pertenencia, una manera de luchar en la vida, una actitud frente a los desafíos cotidianos.

Ciento cuatro años de existencia nos ratifican como el decano del fútbol boliviano y cuando escribo esto no sé cómo terminará el partido contra el Juan Áurich en Chiclayo, Perú. The Strongest es el último campeón boliviano, más por la fuerza interior de sus jugadores que por sus bondades propiamente futbolísticas, sin que esto signifique restarle un ápice de mérito a lo hecho por Mauricio Soria que pudo imprimirle al equipo un sistema de juego y unas responsabilidades individuales y colectivas.

Hay gente que todavía no sale de su asombro cuando recuerda que en diciembre pasado luego de ir 1-3, terminó batiendo 5-3 a Oriente Petrolero; cómo fue posible que al último campeón, nuestro clásico rival, se le propinara ese estruendoso 4-0, o cómo es que en lugar de perder 1-4 frente al Santos del Brasil, se obtuviera un casi inexplicable 2-1, y para no hacer más retrospectiva, cómo se logra un empate en Santa Cruz el pasado domingo cuando Oriente debió azotarnos por lo bajo con un 1-3.

Ese es el Tigre, y así condenado por su marca guerrera tiene un ajayu incomparable. Un lector muy racionalista me observó, cuando escribía sobre la mística aurinegra hace algunas semanas, reclamándome que esto era fútbol y no religión, a lo que respondo que el fútbol como hecho lúdico y como ritual tienen profundos componentes vinculados a la fe, a las creencias y a lo sobrenatural. Y si hay un equipo lleno de símbolos en nuestro país, ése es The Strongest que es Tigre pero tiene como mascota a la vicuña, son también emblemáticos sus jugadores afro llegados de los Yungas en distintas épocas, hay un tiempo y lugar en la Guerra del Chaco que fue bautizado como “Cañada Strongest” y su momento más dramático es el accidente aéreo de Viloco en el que murieron trágicamente casi todos sus jugadores (1969) para que pocos meses después, renacido de la nada, se convirtiera en campeón de La Paz y en campeón nacional.

Fue un equipazo el del 70-71 reforzado gracias a la generosidad de Boca Juniors que cedió jugadores de su tercera división —Bastida y Romero— y que sobresalieron para hacerse inolvidables. Luis Fernando Bastida, el Zorro, era un endiablado puntero derecho con propensión individualista y un disparo de media distancia más letal que un misil.

Era espectacular lo que hacía en el campo y cómo encendía a la hinchada apostada en la recta de general, cuando se trepaba en el alambrado para celebrar sus goles y la apoteosis todavía no estaba reglamentada para categorizar las emociones desbordantes. A su lado jugaba como volante creativo, Víctor Hugo Romero, que entregaba la pelota rasante y precisa a sus compañeros de ataque: Bastida por derecha, Nilton Pinto, un brasileño artista para “inventar” penales, que era puntero izquierdo —provenía de Always Ready—, y por el centro una dupla que se cansaba de hacer paredes para anotar goles, Juan Américo Díaz, el Tanque, centrodelantero que había llegado de Mariscal Santa Cruz, y un cochabambino fortachón y vanidoso que se llamaba Mario Pariente y se hacía decir “el Divino” que con semejante sobrenombre no podía llevar otro número que el 10.

Se jugaba 4-2-4, y a la exquisitez para distribuir la pelota de “Romerito” —el único 8 superior en el fútbol nuestro es Milton Melgar— había que añadir la experiencia y la “bicicleta” de Rolando Vargas, el Perro, leñador, además, cuando había que meter leña. Y atrás, en la zaga central jugaban Guery Ágreda que había llegado de Universitario, era el 5, y el Pichón Herbas, que era un mastodonte y era el 3. Completaban la defensa marcando las puntas con la 2 David Maldonado y el recordado Luis Iriondo con la 4. Y en el arco, primero estuvo René Lafuente, y luego se apropió de la portería por más de una década el gran Lucho Galarza. Recuerdo a otros centrales, que las brumas de la memoria me impiden situar con exactitud: Luis Gini y Germán Almada, paraguayos ellos, y Juan José Otranto, que también llegó cedido por Boca Juniors.

Tenía yo diez años y lo recuerdo como si fuera ayer. Vendrían más tarde jugadores de los que siempre conservaremos agradecida memoria: Ricardo Fontana, Ramiro Blacut, Ovidio Messa, Jorge Lattini, Telmo Paredes, Oswaldo Potente, Sergio Óscar Luna, entre los más notables.

Para cerrar este antojadizo y sesgado recuerdo, hay que decir que The Strongest no sería lo que es sin recordar a su gran prócer, Rafael Mendoza Castellón, que pagó demasiadas botellas de etiqueta negra al prócer de la vereda de enfrente, Mario Mercado Vaca Guzmán, porque en los clásicos, qué le vamos a hacer, el Bolívar nos ganaba más veces, las innegociables estadísticas le dan ventaja en número de triunfos. No importa, nacimos y moriremos como sufridos y felices hinchas atigrados.

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