Fútbol

Violencia e identidad futbolera

La violencia en el fútbol argentino tiene directa relación con una visión pragmática

La Razón (Edición Impresa) / Julio Peñaloza Bretel / La Paz

00:00 / 22 de mayo de 2015

Hay antecedentes deportivos sobre cómo se fueron edificando conductas abominables en el fútbol argentino. Resulta altamente probable que los llamados barras bravas sean nada más que la consecuencia social de quienes un día instalaron la idea de que para ganar, el vale todo en la cancha podía imponerse sin ningún pudor. Aquí comienza la explicación de conductas como la que desató la eliminación de Boca Juniors de la Copa Libertadores y sus consecuentes sanciones.

La nuestra” le llaman a su manera de comprender y sentir el fútbol los argentinos nostálgicos. Están orgullosos de su genética, de las legendarias historias de sus grandes equipos, de las trayectorias de novela de muchísimos de sus héroes. No es para menos en una sociedad que a pesar de sus grandes dificultades, de sus no superados problemas de pobreza extrema, de sus deprimentes y entristecedoras villas miseria, muchos de los buenos futbolistas, desde muy chicos, se van haciendo todavía en las canchas polvorientas que quedan en los barrios, si es que no han decidido dejarse absorber por el PlayStation o el X-Box.

Lo sucedido hace una semana en La Bombonera tiene sus orígenes, según puedo leer en “La pirámide invertida” del británico Jonathan Wilson, en ese otro fútbol argentino, el del pragmatismo, el del fin justifica los medios, en el Racing de Avellaneda y el Estudiantes de la Plata de fines de los 60, principios de los 70: “Los grandes cambios en el juego argentino de los años posteriores a 1958 fueron menos de sistema que de estilo. Su fútbol se tornó más y más violento, como lo descubrió el Celtic cuando se enfrentó a Racing Club en la final de la Copa Intercontinental de 1967. Celtic venía de ganar 1 a 0 en Glasgow pero tuvo que enfrentarse a una verdadera tormenta en Buenos Aires. En lo que al fútbol argentino respecta, quedaba una deuda pendiente por saldar después de la controversial derrota ante Inglaterra en el mundial del año anterior y poco importaban las distinciones al interior de las islas británicas/…/ Celtic tomó el dominio de la cancha a fuerza de esquivar misiles. Ronnie Simpson, su arquero, fue golpeado en la cabeza por una piedra arrojada en el precalentamiento y tuvo que ser reemplazado. Un visiblemente intimidado referí les negó un claro penal antes de cobrar otro subsiguiente y aunque fue convertido por Tommy Gemmell, Norberto Raffo niveló las cosas para Racing antes de llegar al entretiempo con un cabezazo en posición adelantada según reclamaban los jugadores del Celtic. La incomodidad del Celtic creció cuando, al ingresar al vestuario en el entretiempo, descubrió que no había agua. La cosa empeoró en el segundo tiempo, Juan Carlos Cárdenas anotó rápidamente para darle a Racing la ventaja, después de lo cual comenzaron una serie de retrasos inducidos, entre otras cosas, por el público reteniendo la pelota por largos períodos de tiempo/…/ En el tercer partido de definición, jugado en Montevideo, la cosa fue aún más brutal que el primero. Fue, de nuevo, resuelto con un gol de Cárdenas; pero en un escenario de tal violencia, el resultado poco importaba. Celtic tuvo tres expulsados, y Racing dos, pero podían haber sido tranquilamente más. Celtic multó a sus jugadores y Racing les compró a los suyos autos nuevos. Lo único que importaba era ganar/…/ Es posible que este Racing fuera representativo de la degradación que había sufrido el fútbol en Argentina, pero ciertamente no eran los peores exponentes de esta mentalidad de ganar a toda costa. Ese título, sin duda, le pertenece al Estudiantes de La Plata de Osvaldo Zubeldía”.

En la actualidad, ese tipo de fútbol —más de estilo que de sistema, dice bien Wilson— lo practican los equipos de Diego Simeone como el Atlético de Madrid, que ha hecho de la llamada infracción táctica contenida de distintos grados de agresión física, un dispositivo fundamental para conseguir el objetivo del que los esteticistas llaman “ganar como sea”, y esa manera de concebir el juego tiene milimétrico correlato en las gradas, aquéllas en las que no se divisa un solo efectivo uniformado, aquéllas donde las mangas o túneles inflables que protegen las humanidades de los jugadores que saltan a las canchas para librarse de proyectiles de diversos calibres, pueden ser tomadas por un desquiciado que las perfora a vista y paciencia de cámaras de Tv, con la protección de cómplices circunstanciales y por las que puede introducirse una sustancia tóxica para lastimar al equipo visitante, como ocurrió entre el suspendido Boca Juniors vs. River Plate el jueves 14 de mayo.

La violencia en el fútbol argentino tiene directa relación con una visión pragmática e inescrupulosa de la conducta humana. Se tensan las cuerdas hasta extremos casi insostenibles porque el juego llega a convertirse en un escabroso asunto de vida o muerte, en un tema instrumentado por intereses políticos en los que la dicotomía Oficialismo/Oposición se reproduce en las relaciones entre barras bravas de un mismo club con su Comisión Directiva, que a la manera de las células partidarias, vehiculan sus capacidades negociadoras para conseguir ventajas de patota, y en la que el apoyo incondicional, el cántico desde las tribunas,  y la coreografía con luces de colores —los juegos pirotécnicos sortean cualquier control de seguridad— tienen un precio casi salarial como si se tratara de un oficio profesionalizado por la remuneración, el oficio de hincha de fútbol.

Ser hincha, para estos peligrosos fanáticos, ha pasado de la militancia fundada en la herencia familiar, en una forma de exteriorización de emociones, a convertirse en una actividad sustentada por el matonaje contra el adversario, hasta producir, cuando fuera necesario según el orden de sus prioridades, la eliminación del mismo. Así el fútbol pasa de ser un juego, una competencia deportiva, a una maquinaria de producción política de la muerte como ha sucedido con una cincuentena de aficionados abatidos por estas abominables causas en los últimos cuatro años.

Juan Carlos Lorenzo, José Pizzuti, Oswaldo Zubeldía y Carlos Bilardo se encuentran en las antípodas de Renato Cesarini, Ángel Labruna, o César Menotti. La selección argentina dirigida por Lorenzo en los 60 se ganó la fama de teatrera por su capacidad para la simulación como estratagema. Desde Antonio Rattin hasta los alfileres del propio Bilardo y Carlos Pachamé en el cuadro pincharrata, alguien ha debido ocuparse críticamente de este otro fútbol argentino, contracara de “La nuestra” que un día comenzó a obsesionarse con ganar y decidió hacer añicos el espíritu recreativo y lúdico de quienes también piensan que llegar al triunfo es un gran objetivo, solo que sin acudir a la activación de todos los resortes con los que puede expresarse un sentido miserable de la existencia, convirtiendo a los futbolistas en bichos de un andamiaje viciado por los antivalores.

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