Fútbol

A cabezazo limpio

Fuera de los campos suceden cosas que el menos avispado se resiste a creer

La Razón (Edición Impresa) / Julio Peñaloza Bretel / La Paz

00:01 / 13 de marzo de 2015

Balones detenidos, cabezazos certeros, movimientos y saltos en tumulto para conseguirlos, certifican que el fútbol se juega en primer lugar con la capacidad de discernimiento en fracciones de segundo, pero lo que no siempre se utiliza con la misma destreza y sentido de oportunidad es la cabeza, que debe funcionar fuera de los rectángulos verdes.

David Luiz y Thiago Silva agarraron a cabezazos al Chelsea. A la media hora de juego, Zlatan Ibrahimovic había sido expulsado, y se apagaba la luz para el PSG, pero como el fútbol tiene revancha el momento menos previsto, los centrales brasileños del equipo francés espantaron a los malos espíritus que quedaban del desastre sufrido por el scratch en la última Copa del Mundo, clasificando a su equipo a cuartos de final de la Champions League. Los balones detenidos cuando van por elevación y tienen quién los reciba con buen salto y capacidad para los frentazos o para el uso de los parietales, pueden encontrar destino de red como sucedió el miércoles en Londres, para felicidad de quienes conocemos el valor de las derrotas del utilitarismo y la altanería palabrera.

De esta manera, los de Laurent Blanc volvieron a dejar sentado hasta dónde pueden llegar los azules de Mourinho, que marchan punteros con gran comodidad en la Liga inglesa, pero que siguen dando razón a los que fustigan a la mejor Liga del mundo en el sentido de que su competitividad internacional es demasiado limitada, y que los grandes equipos que llegan a instancias definitorias terminan siendo casi siempre los mismos en el último tiempo: Bayern de Múnich, Barcelona, Atlético y Real Madrid y el resto pugnando por llegar lo más lejos posible, entre ellos los otros ingleses —veremos qué hace el City la semana próxima— y ahora los parisinos que ajustaron cuentas de la eliminación de la pasada versión del torneo frente al mismo rival.

Balones detenidos, cabezazos certeros, movimientos y saltos en tumulto para conseguirlos, certifican que el fútbol se juega en primer lugar con la capacidad de discernimiento en fracciones de segundo como tantas veces lo ha demostrado CR7 que también es portentoso en la recepción de los centros enviados por sus compañeros desde las jugadas por bandas o los tiros de esquina, pero lo que no siempre se utiliza con la misma destreza y sentido de oportunidad es la cabeza que debe funcionar fuera de los rectángulos verdes, esa cabeza con la que  deben tomarse decisiones organizacionales y deportivas que permitan augurar el encuentro de los senderos por los cuales caminar con coherencia y con paso seguro.

En el área grande hay que codearse con los defensores contrarios, jalonearse si no queda otra, calcular la altura de la pelota, elevarse de forma correcta y sincronizada para meter la cabeza en busca del gol. Es decir, David Luiz y Thiago Silva debían sacarse de encima a los cancerberos rivales, ganarles en el salto y elegir la dirección que debía dársele a la pelota para dejar al  portero adversario sin opciones de interceptarla. Se trata de un conjunto de acciones donde intervienen los reflejos, la coordinación, la elasticidad, y el sentido de contundencia para lograr meterla. Se trata, en suma, de pensar a velocidad meteórica, tener una envidiable condición física, y una puntería mejor. Por eso los dos goles de la clasificación del PSG resumen todas esas virtudes producto de la formación, la disciplina, la experiencia, a partir de unas convicciones ganadoras.

En cambio, fuera de los campos, donde se puede utilizar la cabeza con la serenidad y la pausa que permite un escritorio, donde no hay que hacer física y mentalmente cuatro o cinco cosas al mismo tiempo para compatibilizar la inteligencia con el músculo, suceden cosas que el menos avispado se resiste a creer y de tan normal que se ha hecho el folklore boliviano en el fútbol ya no llaman la atención de casi nadie y el ejemplo paradigmático al respecto, de lo que no debe hacerse en materia de decisiones institucionales deportivas lo ha dado en los últimos días San José de Oruro, que ha despedido a su entrenador, Teodoro Cárdenas, luego de las derrotas sufridas en Perú contra el Juan Aurich por la Copa Libertadores de América y con Bolívar en casa propia por la Liga boliviana.

Era de esperar que la decisión trajera más crisis que soluciones, pues el equipo santo con Néstor Clausen, recordman en dirigir equipos bolivianos ligueros, las cosas no podían cambiar como si se tratara de elegir un par de gestos de prestidigitación, y los de la V azulada debieron soportar una tercera derrota consecutiva, esta vez como dueños de casa frente a los Tigres mexicanos, ahondando con entrenador debutante la crisis del equipo, y dejando certificado que el inmediatismo, la precipitación, o la irreflexividad son las conductas que agravan el fracaso y desmiente a aquellos que con una supuesta experiencia en materia dirigencial, terminan actuando como si el fútbol se tratara de soplar y hacer botellas.

Otro ejemplo alarmante de decisiones tomadas con las vísceras —en este caso con la presión de las urgencias planteadas por la hinchada en las redes sociales— es el de Oriente Petrolero que no supo otra cosa mejor que quitarse de encima a José Basualdo para entregarle la posta caliente a un joven profesional que dirige la plantilla que actúa en la Primera A, en el torneo de la Asociación Cruceña de Fútbol (ACF). Si una dirigencia bota a un entrenador por dos derrotas seguidas y otra decide hacerlo porque la presión desde el Facebook se va tornando insoportable, estamos en manos de quienes actúan impulsados por la alarma y la impaciencia, menospreciando los códigos que explican por la comprensión correcta del hecho futbolístico que pasa por eludir esa crasa idea de que los técnicos de fútbol deben ser eliminados como si se tratara de pañuelos desechables.

Es en este contexto que puede comprenderse la alarmante inestabilidad de los llamados equipos profesionales de nuestro país. Los árbitros y los entrenadores son los culpables de todo, como si el fútbol fuera un asunto que nada tiene que ver con procesos en construcción, con proyectos que necesitan maduración, con profesionales que requieren confianza para estabilizar sus propuestas de trabajo, y con jugadores que sepan por dónde vienen los tiros de las exigencias, el compromiso, y el sentido de responsabilidad que debe regir a diario sus conductas.

Botar entrenadores porque perdieron dos partidos consecutivos, o porque no aparece la química entre la grada y el banquillo, resulta evidenciando dónde está, en buenas cuentas, la verdadera improvisación, la falta de comprensión del sentido temporal que debe imperar en el fútbol. Entre los cabezazos de los centrales del PSG y las decisiones de cierta dirigencia de los clubes bolivianos hay un una vía láctea de diferencia: Para cabecear un balón en el área y anotar un gol hay que hacer demasiadas cosas al mismo tiempo comenzando por leer correctamente el teatro de operaciones y para tomar ciertas decisiones en una mesa de reuniones no hay que hacer otra cosa que razonar conversando maduramente. Qué maneras de utilizar la cabeza más opuestas las que nos han llevado a hacer este ejercicio comparativo entre la excelencia de unos y el aparentemente irremediable disparate con el que se manejan los otros.

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