Fútbol

La caída de Teixeira no cambiará nada

La maquinaria está perfectamente aceitada como para que cualquier sucesor la siga haciendo funcionar. Es una gran corporación privada más amplia y mejor organizada que Naciones Unidas

La Razón / La Paz

03:07 / 16 de marzo de 2012

El gran delantero brasileño Romario, ahora dedicado a la política y a la carrera parlamentaria, ha celebrado la “caída” de Ricardo Teixeira que luego de veintitrés años al mando de la Confederación Brasileña de Fútbol, se ha visto obligado a renunciar por razones de salud. Romario pone en evidencia cómo la FIFA está siendo capaz de poner en figurillas a su país, con una serie de condicionamientos para la realización de la Copa del Mundo 2014, que tiene molestos a los ciudadanos de a pie, absolutamente conscientes de que el acontecimiento deportivo más importante del planeta que se celebra cada cuatro años, ha puesto en el último lugar de sus prioridades a la “torcida.

Romario, astro indiscutible del fútbol brasileño, ahora dedicado a la política, ha celebrado la dimisión del capo de la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF), Ricardo Teixeira, que ha decidido alejarse del cargo por razones de salud, luego de veintitrés años de reinado indiscutible, sostenido, además, por su suegro, el expresidente de la FIFA Joao Havelange.

Hay un periodismo genuflexo que forma parte de ese suprapoder que tiene base de operaciones en Zurich, sus oficinas regionales en Brasil y Argentina y su sede formal en Paraguay. Ese periodismo, a veces obligado por las demandas de las audiencias, suele referirse tangencialmente al asunto, a la rápida, y mejor a otra cosa, después de todo el cúmulo diario de anécdotas insustanciales que genera el fútbol en todo el planeta es suficiente para mantenernos a todos distraídos.

Digo esto porque el aparato FIFA es tan arrollador que ejerce un imperialismo implacable con sus reglas perfectamente respaldado por las grandes cadenas televisivas que forman parte de su amplísimo radio de influencia, al punto que cualquier legislación nacional cuando osa intentar deslizarse hacia los pantanos de los negocios futboleros, acaba siendo pisoteada, escondida, o por lo menos puesta entre paréntesis como viene sucediendo en Brasil, a propósito de la organización de la Copa del Mundo 2014.

En una reciente entrevista, concedida antes de la renuncia de Teixeira, Romario afirmó que de 42 billones de reales que estaban inicialmente presupuestados para la realización del torneo ahora se habla de 72 y quién sabe a cuántos más podrían incrementarse. En este contexto, el mismo Romario calcula que la FIFA embolsará entre tres a cuatro billones de reales, de los cuales no quedará invertido un solo centavo en Brasil, y que por la forma en que se viene diseñando hace por lo menos dos décadas, el Mundial será para las élites y que el mayoritario pueblo futbolero brasileño quedará condenado a mirar los partidos por televisión.

Indignado e impotente, Romario dice que no entiende, por ejemplo, por qué hay que tener doce escenarios deportivos si con ocho es suficiente. La respuesta es sencilla: Una Copa del Mundo antes que el juego mismo, antes que las selecciones clasificadas salten a los campos a disputarla, es un conjunto de fantásticos negocios que tienen discutiendo a la presidenta Dilma Roussef y a los dueños de la pelota, por qué solamente accederán a los alrededores cercanos a cada estadio las marcas auspiciadoras, y de ninguna manera podrían hacerlo aquellos negocios establecidos en los distintos rubros que van desde las gaseosas hasta las cadenas de comida rápida.

Dicho sea irónicamente, Obama, la Casa Blanca, el Departamento de Estado y el Pentágono no hacen juntos todo el poder que ostentan los Blatter, y agentes continentales como los Teixeira, o los Grondona en la medida en que el fútbol consiste en manipular los resortes de una pasión lúdica en la que aparentemente la violencia y el sojuzgamiento quedan fuera, y esto puede comprobarse con el hecho que hasta los gobernantes más progresistas del planeta terminan sintiéndose atados de manos cuando hay controversias acerca de la administración federativa por países, las participaciones en campeonatos internacionales, los contratos de futbolistas, clubes y representantes de jugadores.

Que Teixeira se haya ido no cambia nada. Tampoco en Argentina las cosas cambiarán cuando finalmente Grondona deje la AFA —me atrevo a predecir que su presidencia vitalicia acabará cuando tenga que dejar este mundo—. La maquinaria está perfectamente aceitada como para que cualquier sucesor la siga haciendo funcionar, considerando que queda en entredicho que el fútbol sea un asunto de corruptos, si por corrupción se entiende el usufructo de bienes públicos en beneficio personal, en tanto se trata de una gran corporación privada más amplia y mejor organizada que Naciones Unidas y a la que ningún ente nacional e internacional está en capacidad jurídica y política de fiscalizar.

¿El fútbol centuplica fuentes de trabajo, tiene un espectro de acción cada vez más amplio? Seguro, pero quienes se llevan las grandes tajadas de la torta son unos pocos: organizadores, transnacionales y los grandes equipos de Europa y América, considerando que las realidades precarias del Asia y África inciden mucho menos, con la excepción de un puñado de países inundados de petrodólares en los que unos cuantos excéntricos quieren tener en sus clubes y en sus torneos a las glorias históricas que ya fueron, y a las que se convoca para darle colorido y exotismo a canchas como por ejemplo las de Qatar.

Julio Peñaloza Bretel es periodista

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