Fútbol

¿La cultura del Yo o del Nosotros?

El fútbol puede ser también leído entre la aparente contradicción juego colectivo versus individualismo exacerbado. Con estos rasgos dominantes se entiende mejor por qué son como son el Barcelona y el Real Madrid, los dos equipos más célebres en todos los rincones del planeta.

La Razón (Edición Impresa) / Julio Peñaloza Bretel / La Paz

01:08 / 27 de marzo de 2015

Presto muchísima atención a cómo un jugador que anota un gol, y sus compañeros, reaccionan apenas el balón sacude las redes, y encuentro en esos movimientos celebratorios, a través de la proxémica —utilización del espacio social entre las personas— cuáles son los rasgos corporales sobresalientes, aquellos que caracterizan la identidad de un equipo o de una figura, y en este ámbito de análisis hay dos grandes vertientes de comportamiento, la una colectivista en la que se arremolinan entre 5 y 8 compañeros para congratular al autor del gol, y la otra más bien individualista en la que el anotador sale disparado a buscar dónde filmar televisivamente su definición con sus compañeros persiguiéndolo para congratularlo.

En el ritual del fútbol, esto que para muchos es insignificante o intrascendente, la observación de estos detalles sirve para leer las inequívocas señales comunicativas de un onceno que me ha llevado a comprobar en tantísimos años de visionar fútbol casi todos los días, que celebrar en grupo o solo, jugar en corto o en largo, determinan la preeminencia de lo grupal o de lo personal, y en los mejores casos,  de una fusión inteligente y creativa de las expresiones gestuales combinadas entre el equipo y los solistas de la orquesta.

Así tenemos que Cristiano Ronaldo busca casi siempre la zona de los tiros de esquina —muy próximas a las cámaras televisivas de piso— para patentar con gesto autosuficiente y salto de aplicado cultor de gimnasio su última concreción, sin que le importen en primer lugar, las manifestaciones de afecto que pueda recibir de sus compañeros, que de hecho, van a abrazarlo para completar la coreografía del festejo.  Cuando sucede, por el contrario, que son Benzema, Bale o cualquier otro jugador del Real Madrid los que hacen los goles, muy rara vez CR7 aparece en el cuadro audiovisual, pues durante gran parte de su carrera —ahora ha cambiado un poco—, no es de los que rompía la distancia para entrar en el bollo humano de la alegría: “Mis goles exigen admiración y pleitesía, los de mis compañeros serán siempre menos importantes” parece pensar éste que es hoy el paradigma del egocentrismo futbolero del siglo XXI.

En este sentido, el vestuario del Real Madrid guarda consonancia con el torneo de egos que allí se juega como partido fuera del campo, ahora amainado por el casi flemático estilo de Carlo Ancelotti que ha elegido el camino del aplacamiento de las ansiedades de los distintos Yo de sus jugadores, en lugar de su exacerbación como sucedió cuando la huella era remarcada por José Mourinho todos los días. De esta manera, Casillas, Ramos, Pepe y el propio Cristiano lucen más prudentes, menos mediáticos, sin que eso signifique cuán importante sigue siendo para estos personajes el nombre y apellido de cada uno, que el subconsciente los conduce a equiparar sus personalidades con la de la marca del club.  Cristiano es el Madrid. Casillas y Ramos son el Madrid. A su manera, para Pepe, él también es el Madrid y ninguno de ellos siente que son del Madrid, aves de paso como todas, por más fulgurantes que hayan sido sus contribuciones en una casa futbolística de tan inmenso renombre dado su extenso palmarés.

Es por esto que los futbolistas renuentes a la arrogancia no son cabecillas en el equipo de Chamartín, porque el manejo de sus egos es canalizado más bien a través de comportamientos descentrados del individualismo, tal como sucede en la ciudad Condal donde el Barcelona es exactamente lo contrario, ya que su historia y cultura han pasado siempre por privilegiar el espíritu de cuerpo, incluso teniendo el superlativo valor agregado de contar con el mejor jugador del planeta de esta nueva época. Así tenemos entonces un comportamiento diametralmente opuesto en Lionel Messi que concentra sus expresiones de felicidad, mirando al cielo y buscando a sus compañeros para el abrazo, un festejo en el que todos se manifiestan iguales, integrados, y hasta bendecidos por una mística.

Si Cristiano quiere mostrar a como dé lugar su abdomen, Messi busca en las alturas apuntando con sus índices a los seres queridos que ya partieron de este mundo y luego buscando de inmediato a los que le facilitaron el gol recién marcado, o al revés, buscando con generosidad infantil a Neymar, Luis Suárez, Rakitic o Busquets para congratularlos por una nueva conquista. Esto es así de concluyente y no admite especulaciones: CR7 se mira el ombligo, esto es, se mira a sí mismo cada vez que hace un gol, y no se detiene con el mismo entusiasmo para sumarse al festejo si lo hizo algún colega, mientras Messi se desborda entre el más allá de sus creencias y el cable a tierra de la esencia primigenia del juego tan enraizada en el Barcelona que señala, según la lúcida definición de Menotti, que el gol es un pase a la red.

Los slaloms de contraataque son las proezas del individualista, por el contrario, el juego en corto, la tenencia, el pase, la triangulación, son la esencia del genio al que no se podrá jamás comprender sin compañeros como Xavi Hernández y Andrés Iniesta, es decir Messi es el mejor, pero sin estos otros no lo hubiera sido jamás, intersección entre lo colectivo y lo personal, que explica la prioridad del juego de conjunto, y cuando las condiciones son óptimas, permitir que la incontrolable gambeta facilite recorrer laberintos de piernas adversarias, todo al servicio del bien común, el equipo, con el que sí o sí se festeja, nunca en solitario, nunca buscando primeros planos televisivos, jamás poniendo por delante el Yo en lugar del Nosotros.

Mientras el Real Madrid es el portentoso equipo que ha ganado diez Champions League, el Barcelona es el que mejor fútbol ha jugado en toda la historia. Al Madrid se lo recordará por su vitrina de trofeos, por sus próceres con tendencia a la egolatría, mientras que al Barcelona se le tendrá gratitud por la calidad de juego que supo construir gracias a un estratega capaz de demostrar que la belleza del juego podía llegar conectada con la eficacia para conseguir el resultado. Mientras los merengues dicen “soy del Madrid”, los blaugranas ponen por delante el plural: “Somos culés”.

Los proyectos al servicio de las estrellas y no al revés llevan la marca de la ostentación y de la arrogancia. Los proyectos construidos por equipos concebidos en el gabinete de la creatividad autoral, donde Todos mandan a su manera, llevarán siempre por delante las inolvidables jornadas en las que la calidad del juego será más importante en el imaginario colectivo que el récord de trofeos abrillantados por la soberbia de creerse los mejores, aunque los mejores siempre serán los que tuvieron al genio de la lámpara sin ninguna duda, pero rodeado éste, de un grupo de magos, cada uno especializado en algún truco con el que supieron hacer felices a varias generaciones de aficionados para los que el fútbol es, sin lugar a concesiones, un acto colectivo, como sus orígenes y su esencia siempre nos lo han explicado.

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