Fútbol

El desesperante Atlético de Madrid

Para mí, sin la pelota no hay nada, o se juega a la nada como pretende Simeone

La Razón (Edición Impresa) / Julio Peñaloza Bretel / La Paz

00:00 / 23 de enero de 2015

El juego al límite, la opción por caminar por el precipicio futbolístico estuvo otra vez a punto de imponerse cuando faltaban cinco minutos para la finalización de esta semifinal de ida por la Copa del Rey. El estilo Simeone terminó enfangado en su propia trampa —la falta táctica— que al haberla cometido Juan Fran dentro el área contra Messi, no permitía otra opción que el penal con el que los blaugranas abrieron el cerrojo rojiblanco que a muchos ya había sacado de las casillas. Qué manera de jugar al aguante este exitoso Atlético de Madrid.

El entrenador del Barça, Luis Enrique, ha calificado como de “repliegue intensivo” la actuación del Atlético de Madrid marca Diego Simeone. Está equivocado. Se repliega el que avanza, el que va en busca de algún objetivo hacia adelante y necesita retroceder, y eso es lo que precisamente no hacen los rojiblancos debido a su propuesta basada en la capacidad para quitar y quitar, sin y con infracciones, usando los brazos o las manos si es necesario, apostando al límite a las desatenciones o a la falta de rigor arbitrales, y en intentar ganar con un arrebato de contraataque o un providencial balón detenido, que para eso tienen nuevamente a Fernando Torres que con su retorno a la casa de origen, confirma el tipo de fútbol que practican los del Vicente Calderón necesitados de definidores de excelencia en la última década como Diego Forlán, Sergio Agüero, Radamel Falcao o Diego Costa, pues lo que se requiere sí o sí es puntería cuando se progresa en el campo de manera reactiva, cifrando esperanzas en las muy pocas ocasiones de gol que se suele generar cuando el planteamiento consiste es la espera —no en el repliegue— y el retruque cuando el rival queda adelantado, cosa que el miércoles no sucedió porque al Barcelona no pudieron en momento alguno ganarle las espaldas gracias a unos centrales muy concentrados y a unos laterales de marca y proyección con gran solvencia, lease Mascherano, Pique, Alves y Alba. En otras palabras, los culés supieron no cederle ni una sola ocasión neta de contraofensiva a estos guerreros roba balones que juegan, además de sin la pelota, con las frecuencias cardiacas de sus seguidores.

El Cholo es un entrenador al que lo mismo que en sus tiempos de jugador se le reconocerá un gran temperamento, ahora utilizado para mandar a sus muchachos al campo de juego, se lo homenajeará por haber hecho de la motivación el principal argumento con el que los colchoneros están consiguiendo cosas importantes como la de ganar una liga, llegar a finales de Champions o copas del Rey. Se le podrán pegar varias distinciones en el pecho henchido de orgullo por su ciega fe en sí mismo y en cómo ha sido capaz de irradiar ese liderazgo en futbolistas como Juan Fran, Arda Turan o Koke, pero lo que nunca podrá reconocérsele al emblemático capitán de la selección argentina de los 90 es que supo innovar y aportó con una pisca de creatividad disfrutable para todos los aficionados a este juego, sean de la China o Groenlandia, y no solamente para la parcialidad colchonera.

El Atlético de Madrid es desesperante a ojos del espectador que no milita en su hinchada, y puede tornarse en exasperante para sus adversarios. Si se cae en su ritmo plagado de trampas, en la superpoblación defensiva repleta de tretas con que ocupa el teatro de operaciones, las posibilidades de perder los estribos —y el partido— son amplias, pero llamó la atención que luego de las tempestades de reciente data en el vestuario azulgrana, Messi y los suyos contrapesaran el férreo dibujo, enmarañado y de una fealdad que se ha hecho proverbial, hasta provocar una garrafal equivocación, la única necesaria para desnivelar el marcador, con una infracción dentro del área a cinco minutos de los 90 reglamentarios con la que Juan Fran derribó a Messi en un tumulto que predominó en las acciones y que ya había provocado dos faltas con brazos arriba que no fueron penalizadas y que provocaron airadas reacciones sin que la sangre llegara al río.

Un equipo que espera y espera, que es incansable en resistir y destruir lo que trata de edificar el otro, juega al filo del resultado cuando al frente está un rival dominado por la calidad y la superioridad artística. Así le sucedió a este mismo Atlético de Madrid en la última final de la Champions en la que terminó cayendo (1-4) porque su estoicismo no daba para un alargue frente a un rival en el que la habilidad técnica, la velocidad y la capacidad de definición estaban cantadas a través de una melodía llena de obviedades: Ramos, tan corajudo como los de este “otro” Madrid, CR7, Di María y Marcelo sellaron la diferencia que les permitió a los de la Casa Blanca el décimo trofeo del más importante torneo de clubes del planeta.

El penal marrado por Messi y corregido luego del manoteo del portero Jan Oblak cerró el partido, después de la paciente insistencia del Barça que se esmeraba en procurar el pase, aunque tantas veces quedaron enredados en sus propias piernas, Luis Suárez y Neymar, con la dificultad de precisión que todavía se nota en Iván Rakitic, todavía muy lejos de la mejor versión de Xavi Hernández para meter balones entre líneas, cuando los automatismos en el equipo eran tan impresionantes que junto a Andrés Iniesta y al patrón del equipo, Messi, quién más podría ser, hicieron de las suyas causando estragos en las retaguardias de sus 19 rivales en la liga española.

Quitar y contraatacar. Ganar 1-0 y a otra cosa. Salir desde el fondo con balón dominado, ensanchar el campo buscando las bandas, jugar a la verticalidad entre líneas o para decirlo de manera resumida: jugar sin la pelota o crear con la posesión, el pase. Así de radicalmente opuestos son los estilos del Atlético de Madrid y este Barcelona afanado en reinventarse para conseguir las cotas de calidad de su mejor versión apreciada en el pasado inmediato. El uno es eficiente y muchas veces eficaz, pone a prueba la paciencia del rival, el otro es creativo y se pronuncia siempre por la elaboración, por el riesgo cuando es necesario. Se trata de un duelo en el que se pone en cuestión si es con o sin el balón que se puede practicar un mejor fútbol. Cada quién con sus preferencias. Para mí, sin la pelota no hay nada, o se juega a la nada como pretende el valiente y kamikaze, Diego Simeone.

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