Fútbol

‘Un educador vale más que Neymar’

El Brasil profundo expresa su bronca e indignación por semejantes inversiones

La Razón (Edición Impresa) / Julio Peñaloza Bretel / La Paz

00:01 / 30 de mayo de 2014

Un profesor debe percibir un salario cien mil veces menor al del jugador nacido en el Santos, incorporado al Barcelona en la última temporada, aunque el probable origen del futbolista brasileño sea tan humilde y austero como el de la gran mayoría de los ciudadanos de ese país maravilloso que lo es para las postcards a través de las que se vende arena, sol, garotas y celebración rítmica para los amantes de los lugares comunes y el consumo automatizado. El Brasil del Mundial parece que será ese Brasil pensado para un turismo deportivo, mientras el Brasil profundo expresa su bronca e indignación por semejantes inversiones realizadas a vista —e impaciencia— de las mayorías.

Pueblos indígenas, trabajadores urbanos de distintas ramas, estudiantes, indignados en general, han sido violentamente reprimidos por efectivos policiales en las últimas horas por manifestar su abierto rechazo a la realización de la Copa del Mundo, próxima a inaugurarse en Sao Paulo el 12 de junio con los tropiezos ya conocidos acerca de incumplimientos de plazos perentorios para tener la docena de escenarios deportivos listos de acuerdo con el calendario ajustado por FIFA.

Una sensación de incomodidad y disgusto es la que genera, hacia afuera de Brasil, este desencuentro diario que se está produciendo entre el gobierno de Dilma Rousseff y los ciudadanos que ya han vociferado a los cuatro vientos que “un educador vale más que Neymar”, en clara alusión al estatus de los privilegiados de la pelota que gracias a sus aptitudes pulverizan la línea de la pobreza enrolándose en las divisiones menores de algún club de Primera División en el que van progresando, plataforma desde la que unos cuantos suelen dar el salto sideral hacia el fútbol europeo y a los millones de euros con los que son retribuidos y se convierten en nuevos ricos en un abrir y cerrar de ojos.

Ya ha sido ampliamente demostrado que el Gobierno brasilero no ha sabido generar las condiciones sociales indispensables para tener un torneo mundial con buen clima, que vuelve a escenificarse en el país más futbolero del planeta a 64 años del “maracanazo” y lo que venga tendrá mucho que ver con el desempeño del scratch dirigido por Luiz Felipe Scolari, al que los pronósticos le auguran una previsible y más o menos cómoda clasificación hacia octavos de final.

¿Qué sucedería si Brasil, por esas cosas inexplicables del destino y la imprevisibilidad del fútbol, quedara eliminada en la fase de grupos en la que debe medir fuerzas con Croacia, México y Camerún? Aunque resulta casi demencial conjeturar sobre dicha posibilidad, nada es descartable en el cosmos futbolero y si tal cosa sucediera, la hecatombe sería de tales proporciones que los organizadores no sabrían de qué manera capear el temporal con entradas vendidas y probables llenos completos para los partidos que formarán parte de la segunda mitad del campeonato.

La más que probable clasificación de la verde amarilla de igual manera conduce a preguntas vinculadas a la incertidumbre, debido a que a partir del momento en que de las 32 selecciones queden 16 y entre ellas la anfitriona, llegará el día D en que tendremos una exacta idea de si en el campeonato callejero se impone la conciencia social o el fanatismo, siempre irreflexivo, eufórico, producto de ráfagas de emoción que termina llevándose el viento.

Mientras en los hábitats de las grandes ligas europeas se agitan las aguas de los fichajes en que unos equipos se desarman para que se armen otros, y los más destacados de la última temporada en España, Alemania, Inglaterra, Francia e Italia comienzan a circular por las cabezas de los obsesivos tácticos que pretenden siempre reajustar las plantillas a imagen y semejanza de sus estilos y tendencias para competir, en Sudamérica, las escuadras nacionales clasificadas se encuentran en la fase de cerrar sus listas definitivas con un Brasil muy claro en cuanto a sus pretensiones, propuesta de juego y maneras de ir venciendo cada escollo que le toca enfrentar en la fase de grupos que arrancará con el partido inaugural frente a Croacia.

En este océano de expectativas se manifestarán las grandes cadenas afiliadas al espectáculo-negocio que desideologizaron el fútbol hasta los muy previsibles extremos de cubrir un torneo con estadios puertas herméticamente cerradas desde adentro, para no mirar lo que pasa en las inmediaciones, y en las grandes canchas de la realidad social de un país insatisfecho y ofendido con el despilfarro, cuando todavía no ha sabido resolverse el camino que conduce a la reducción de la brecha de la inequidad y de las escandalosas diferencias entre una burguesía que se desplaza por los aires de sus capitales más contaminadas para llegar a tiempo a la próxima reunión de negocios que no admite demoras.

Los otros, quienes sabemos de qué están hechas las periferias y sus habitantes pasibles a vicisitudes de distintas dimensiones, miraremos el Mundial por adentro, es decir, partido a partido, pero sin dejar de tener los oídos atentos para saber qué pasa afuera, allá donde estarán quienes ni sueñan con mirar siquiera por un ojo de la cerradura algún fragmento de partido mundialista.

El fútbol es una incomparable fiesta, sí, pero cuando están quienes deben estar, y evita ser invadido por el esnobismo de cada cuatro años, porque ir al Mundial es muy fashion, vende bien y permite consumir no solo cotejos, sino todo cuanto de nexos tenga con el diverso y enajenante mercado. Me huele mal el comienzo de Brasil 2014, me molestan los rasgos de espectáculo elitizado que viene construyendo la FIFA, mundial tras mundial, y espero fórmulas imaginativas para celebrar la fiesta del juego desde los lugares alternativos en que se verá, esos de dónde nació y tiene su esencia en el sur: la playa, el potrero, la villa miseria, la callampa o cualquier otra zona a la que no llegan las grandes marcas y ese insultante modus vivendi proyectado por las grandes corporaciones que han hecho de éste, otro negocio tan salvaje, como todos los salvajes negocios del capitalismo transnacional.

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