Fútbol

El éxito no se analiza (*)

Seríamos aguafiestas si se escarba el cómo Bolivia ganó en 1963, si se recuerda que algún visitante vino con equipo alterno

La Razón (Edición Impresa) / Julio Peñaloza Bretel / La Paz

00:01 / 05 de enero de 2015

En marzo de 2013 tuve el privilegio de organizar el homenaje a los campeones sudamericanos de 1963 con quienes celebramos los 50 años del único campeonato internacional ganado por nuestra selección en toda su historia. En dicho evento se distinguió a los futbolistas del equipo nacional encabezados por Wilfredo Camacho y Ramiro Blacut, primero con una cena recordatoria propiciada por la Federación Boliviana de Fútbol (FBF), ilustrada por el periodista Cucho Vargas con un video de la gesta, de la que él mismo fue partícipe como narrador radiofónico, y al día siguiente con un partido disputado por nuestra selección contra la de Brasil en el que estuvieron presentes el entonces presidente de la Confederación Sudamericana de Fútbol (Conmebol) Nicolás Leoz y el presidente de la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF) José María Marín.

Tenía yo apenas dos años cuando Bolivia se impuso a Brasil en Cochabamba para lograr el campeonato sudamericano —hoy Copa América— y medio siglo después, la vida y la profesión me depararon esta posibilidad de compartir durante tres días con estos únicos ganadores históricos del fútbol boliviano que se merecían ese reconocimiento colectivo materializado con la ovación ofrecida por los cruceños en el estadio Tahuichi Aguilera, cuando saltaron al gramado, con el digno paso cansino al que obliga el transcurso del tiempo, para dar una vuelta olímpica vibrante e inolvidable.

Seríamos unos aguafiestas ruidosamente reprochados si en el tiempo presente nos diéramos a la tarea de escarbar el cómo ganó Bolivia ese torneo sudamericano, a sabiendas de que varias de las selecciones visitantes habrían llegado con equipos alternos, es decir, sin el poderío real que terminaría facilitándole al anfitrión alzarse con el trofeo. Seríamos igualmente vistos con recelo y bronca comprensibles si empezáramos a bucear con detenimiento y detalle qué calidad de fútbol practicó el equipo verde clasificado 30 años después —1993— a la Copa del Mundo USA 94, al extremo que todos nos hicimos los distraídos con el 0-6 soportado en Recife contra la misma verde amarilla que pocas semanas antes había perdido su invicto en eliminatorias en La Paz con goles de Marco Etcheverry y Álvaro Peña.

Otro ejemplo, y de tiempo presente, dice que el último campeón de la Liga boliviana consiguió el objetivo en la última fecha ganándole a domicilio a un rival que saltó al campo de manera desconcertante con la mitad de su escuadra titular (Blooming 0-Bolívar 3), asunto que generó revuelo y polémica, y en el penúltimo juego, habría obtenido una victoria por la mínima diferencia (Bolívar 1-Wilstermann 0) mediante gol anotado con el brazo derecho de uno de sus defensores con apariencia de cabezazo. Seríamos, también en una situación como ésta, si nos internáramos a desmenuzar el desenlace del campeonato Apertura, abominados por esos hinchas de gradería que reducirían esta lectura a una malintencionada militancia atigrada. Así que con los ejemplos de distintos tamaños, hasta aquí expuestos, debe quedarnos absolutamente clara la sabia sentencia de César Luis Menotti (*): “El éxito no se analiza”.

Acudamos a otro capítulo importante y relativamente exitoso de nuestro fútbol: Bolívar semifinalista en la última versión de la Copa Libertadores de América, lamentablemente goleado y eliminado por San Lorenzo de Almagro, pero con una estimable andanada de empates y triunfos fuera de nuestro país. ¿Quién dijo que Bolívar basó su campaña en una propuesta de contraataque y que contra el León de México, según las incidencias del partido, debió ser apabullado como visitante? Ningún bolivarista por supuesto, porque gracias al golazo de William Ferreira, en la expiración del partido, los celestes ganaron y sanseacabó, lo que certifica el ganar como sea, como oración principal de los feligreses futboleros.

Digo esto porque en nuestro país, además de no analizarse el éxito en tanto el resultado es un indiscutido moldeador de percepciones, a algunos vivos de cuentas, entrenados en marear la perdiz, les significó un negocio de alta rentabilidad política querer hacerle creer a tantos desorbitados fanáticos que en el fútbol el éxito es colectivo y el fracaso es individual porque para las masas enardecidas hay necesidad de fabricar cada cierto tiempo chivos expiatorios que afianzan nuestras creencias tan horriblemente católicas en sentido de que para salvarnos la mayoría, hay necesidad de mandar a un par de perdedores con nombre y apellido a la hoguera.

En esta línea de reflexión, es más que comprensible que en una historia futbolística raquítica de triunfos, el  éxito no se analice, más en una sociedad festiva que según una conocida cantautora, Bolivia podría irse a la mierda… pero bailando. Y así, bailando, homenajeando, condecorando cada que las circunstancias son propicias, lanzamos vivas, reprisamos goles, y algunos de los que encabezaron esas pequeñas grandes victorias, ponen cara de estupendos, con los mismos gestos de cercanos tiempos cuando el Estado era republicano y la democracia fue liberal y neoliberal, a principios y a fines del siglo pasado.

Pero si el éxito no se analiza por la explicable necesidad de recordar con felicidad lo poco que se ganó desde que el fútbol moderno se instalará en nuestro país a fines del siglo XIX, está claro que en la Bolivia plurinacional todavía no se divisa una lectura certera acerca de que los fracasos del fútbol boliviano son la traducción deportiva de los fracasos del Estado nación monocultural, la incapacidad secular para construir una sociedad incluyente, participativa y para el caso de los deportes, competitiva. En otras palabras, si Bolivia apuesta hoy a otras formas de organización estatal y está obteniendo alentadoras respuestas de su sociedad, las mismas deberían comenzar a diseñarse y aplicarse en el deporte, no solo en el fútbol, tal como lo está haciendo nuestro vecino también plurinacional Ecuador.

Alentado por la esclarecedora experiencia de Fernando Signorini, preparador físico de selecciones argentinas y personal de Diego Armando Maradona, interesantemente referida y testimoniada en su libro Fútbol, llamado a la rebelión, la deshumanización del deporte, creo firmemente que en Bolivia no se tiene claro hasta ahora que el saber jugar es la condición sine qua non para cambiar las cosas. Sin este concepto base, gobernantes, dirigentes, entrenadores y los mismísimos futbolistas seguirán apuntando en las direcciones equivocadas, persistiendo a partir de errores y prejuicios que las soluciones para nuestro fútbol pasan por el voluntarismo nacionalista, cuando en realidad pasan, en primerísimo lugar, por el dominio de la pelota y que a la natural habilidad humana para jugar al fútbol hay que imprimirle ese valor agregado que es donde comienzan nuestras recurrentes derrotas: Formación. Mientras el tiempo va pasando, ya nos las arreglaremos para seguir celebrando los contados éxitos de siempre, ésos que no se analizarán nunca porque los proyectos en los que los resultados provienen de la calidad del juego, como lo fueron el Barcelona de la última década, y las selecciones de España (2010) y Alemania (2014), se construyen como se debe, con paciencia y con escuela.

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