Fútbol

El fin de la gerontocracia

La FIFA no puede seguir funcionando como un nido de vividores

La Razón (Edición Impresa) / Julio Peñaloza Bretel / La Paz

02:05 / 10 de junio de 2015

Primero se fue Ricardo Teixeira en 2012, luego Nicolás Leoz en 2013, y Eugenio Figueredo en 2014, que desde la Conmebol encontró exilio dorado en la vicepresidencia de la FIFA reservada para el subcontinente en el que se juega el torneo internacional más antiguo de todos.

Chile 2015 nos sitúa en el nonagésimo noveno aniversario de la Copa América (acerca de la que escribiré a diario hasta su finalización). El próximo año está programado para una rimbombante celebración en los Estados Unidos, país en el que al fútbol se le llama soccer y desde el que funciona la Policía mundial extraterritorial que usa a la CIA, DEA, USAID, FBI y varias “agencias” más para pisar fuerte cuando lo considera conveniente, cuando no hay otro camino más eficaz que el de la presión a través de las investigaciones judiciales, para recordarnos que en este planeta son ellos, los “gringos”, los que mandan, y quien se resista a aceptarlo debe preguntarle a Joseph Blatter en la tierra y a Julio Grondona en el cielo, ese cielo tan celeste y blanco como  la camiseta de su selección.

El aparato internacional del fútbol sudamericano era una maquinaria bien aceitada durante casi medio siglo, ahora a punto de oxidarse, y que comenzó a derrumbarse en 2012 cuando tuvo que salir por la ventana de atrás de la CBF su presidente, Ricardo Texeira, yerno de Joao Havelange, momento a partir del que comenzaría a periclitar la gerontocracia que logró acceder a los más altos niveles de decisión de esa FIFA obscena por su falta de pudor y exhibicionista de opulencia, despilfarro, tan impenetrable y mugrienta por la codicia de sus jerarcas.

No eran los ancianos de un Oráculo. No se trataba de sabios como lo fueron Aristóteles, Sócrates y Platón. Eran unos sujetos muy conservadores, herederos de una tradición política y hacendal que dominó América Latina a través de dictaduras y democracias formales, entre los años 70 y principios del nuevo siglo. Fieles al estilo del bunker sin rendija posible para la filtración de indiscretos fisgones o agentes encubiertos, hicieron del negocio del fútbol mundial asunto de un puñado de traficantes de decisiones que en Sudamérica tiene a sus preclaros representantes en el fallecido Grondona —hasta la muerte jugó en su favor para no caer detenido en Zúrich—, Nicolás Leoz, Eugenio Figueredo, Eduardo Deluca. Hay quienes apuntan el dedo acusador también contra Marco Polo Del Nero que se marchó indignado de Suiza luego del operativo policial con el que cayó en desgracia su amigo y antecesor en la presidencia de la CBF, José María Marín. Recordemos que también terminó en las garras de la fiscal Loretta Lynch, el presidente de la Federación venezolana, otro individuo de la tercera edad, Rafael Esquivel.

Primero se fue Teixeira en 2012, luego Leoz en 2013, y Figueredo en 2014 que desde la Conmebol encontró exilio dorado en la vicepresidencia de la FIFA reservada para el subcontinente en el que se juega el torneo internacional más antiguo de todos, casi tan antiguo como estos octogenarios guiados y bendecidos por el dueño de la ferretería más exitosa del planeta, la del capo Grondona, al que ahora los medios que siempre lo fustigaron en Buenos Aires, están empleando toda su artillería para situarlo en evidencia como gran mafioso, dueño y señor del fútbol argentino durante más de tres décadas y que así como sigue produciendo talentos a raudales, es una de las realidades más podridas del planeta en materia de negocios non sanctos con la pelota manchada.

Con el operativo previo al último congreso de la FIFA, las sospechas arrastradas por años terminaron por materializarse en apresamientos y en la ya irreversible pérdida de la castidad supraestatal con la que no había manera ni siquiera de merodear las oficinas de monsieur Blatter y su equipo de ejecutivos encabezado por el también controvertido, primero despedido y luego recontratado, Jérome Valcke. La inexpugnabilidad se ha terminado, y ahora llega el tiempo de ajustar el sistema a las reglas constitucionales de la transparencia de cada contexto  estatal, que permita relanzar a una FIFA que cuenta con 209 países miembros, y de los cuales, salen lastimados de los affaires de sobornos y presuntamente irregular asignación de sedes mundialistas, ni siquiera el 10% de esos afiliados, lo que significa que hay tiempo y espacio para una auténtica refundación.

El tablero geopolítico de la administración mundial debe necesariamente modificarse. La FIFA no puede seguir funcionando como un nido de vividores que operan como lo hace cualquier entidad transnacional del sistema financiero o cualquier empresa dispuesta al asalto de los recursos naturales, sobornos y extorsiones en mano para conseguir sus propósitos en las neocolonias de esta nueva época.

Debe repensarse a partir de la transparencia con la que una buena ONG funciona, donde pasen a dominar su administración más gerentes y técnicos, que dirigentes con perfil tradicional y reaccionario que se enfrascan en patéticas e impresentables confrontaciones por unos botines políticos, que fraccionados, resultan siendo hilachas frente a los grandes montos en los escenarios de decisión que habilitan sedes para nuevos negocios: las Copas del Mundo.

Transparencia. Ése debe ser el nuevo norte —y el sur— de la FIFA y sus organizaciones afiliadas. Porque el fútbol es de los futbolistas y no de unos cuantos truhanes oportunistas, que por sí fuera poco, se sienten llamados a impartir lecciones de moral y buenas costumbres como está sucediendo en las últimas dos semanas.

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