Fútbol

La final que no será

Peter Pan (Messi) puede estar inspirado para surcar todos los espacios de la cancha

La Razón (Edición Impresa) / Julio Peñaloza Bretel / La Paz

00:01 / 15 de mayo de 2015

Peter Pan versus Apolo o Lionel Messi y Cristiano Ronaldo frente a frente es lo que estaban aguardando ansiosos los expertos en chismografía planetaria para la final de la Champions a jugarse en Berlín el 6 de junio. Si tal cosa se hubiera producido, el habitante del país de Nunca Jamás, el personaje que se niega a crecer porque quiere eternidad para su infancia, estaría llegando al último partido del torneo en su mejor forma para toparse con el aura mítica con la que “Cris”, como le llama James Rodríguez, ha querido construir una efigie de modelo de alta costura mezclada con la de solista de ballet clásico, dispuesto a estelarizar “El lago de los cisnes” con música de Tchaikovsky y coreografía de Carleto Ancelotti.

Dice Alejandro Dolina, el pensador de la radio de trasnoche en Buenos Aires (“La venganza será terrible”) que Messi es amoral para jugar al fútbol. Es decir, no es bueno ni malo, porque no necesita motivaciones previas para emerger en los campos, ya que lo suyo tiene origen en sí mismo, lo que significa que siempre ingresa con la idea de jugar como algo intrínseco a su naturaleza, que no se plantea más o menos ganas para su desempeño, dependiendo de quién sea el rival, porque para él tiene igual importancia enfrentar al Getafe que a la selección alemana o al Bayern de Múnich.

Esto significa que Peter Pan corresponde al firmamento de los vientos y cielos donde no existe la malicia, sino simplemente el grado de dificultad básico que implica disputar un juego provisto de reglas, mientras que el Apolo madridista pertenece más al mundo terrenal que al de los dioses de la sabiduría instalados en el Oráculo de Delfos, porque lo suyo antes que lucidez es otorgación de prioridad a una vanidad muy superficial que pasa por prácticas estereotipadas en la sociedad de consumo a la que representa donde se venden y compran cosas desde la publicidad para su propia línea de ropa interior hasta sus indisimulables fastidios como el de enojarse con Carvajal porque el lateral derecho osa cometer el sacrilegio de empujar un balón a medio metro del arco, y no dejárselo a él para que siga engordando su cuenta personal goleadora, porque son las cuentas personales las que movilizan al Ronaldo portugués que de Cristiano tiene solamente el nombre exótico elegido por sus padres para bautizarlo en Madeira, su pueblo natal.

Cris de Cristiano o Cris de crispación, enfado, gesto indigesto, celebración más parecida al desahogo que al encuentro de la felicidad es lo que vive el 7 del Madrid, aunque durante un par de meses se haya esforzado por empeñarse en perfilar una conducta de solidaridad y sensibilidad dentro el colectivo, momento fugaz de un par de meses en el que los de Chamartín estaban haciendo maravillas bajo la batuta y cartografía desplegadas por Modric y Kroos,  hasta que todo se esfumó como se esfuman las acciones de quienes en realidad terminan volviendo a las fuentes que los distinguen, para el caso del madridismo, la patria del egocentrismo, la pose altanera, o la celebración intimidante y rabiosa frente al rival de turno.

Ésta hubiera sido la final ideal para el morbo acicateado por la variopinta maquinaria de manipulación masiva, todo con el objeto de disparar las ventas de los mil y un adminículos navegando por todos los mercados en los que ya se ha asumido que el clásico de clásicos lo juegan el Barcelona contra el Real Madrid, mejor si en la cúspide del más importante torneo de clubes de cuantos tienen vigencia en centros y periferies de los cinco continentes, pero esto no podrá suceder porque en esta coyuntura el cuento para niños se ha impuesto a ese reality de gimnasio que se escenifica en el Santiago Bernabéu, protagonizado por Cris el perfeccionista, Ramos el mala hostia y Pepe el enajenado con vocación para thriller poblado de asesinos seriales.

Para los registros de la Champions, una final Barcelona vs. Madrid era desde cualquier punto de mira más atractiva que la resuelta con un protagonista de segunda fila, la Vecchia Signora de Turín, que llega con toneladas de historia para el aguante y la intentona de combatir la creatividad lúdica, a fuerza de buena marca, obstrucción por todas las zonas y un golpe de eficacia de contraataque, con la presencia de Chiellini, el mordido y Evra, el discriminado por afro, por parte del mismo villano en distintos tiempos, ese chico de barrio llamado Luis Suárez que no tiene maldad en el corazón, pero por querer ganarlo todo, ha pecado varias veces por ansiedad, lo que le ha significado largos y desesperantes suspensiones.

El Barcelona, con el valor agregado de la presión alta, la desarrollada capacidad para jugar en largo o de contraataque y las complementarias habilidades de Messi, Suárez y Neymar, le saca ventaja por hoy, en todas las líneas, a la Juventus y al Real Madrid juntos. Si antes Messi triangulaba a placer con pasadores como Xavi e Iniesta, ahora se ha convertido él en pasador de otros dos anotadores de excepción a los que cede perfectos envíos entre líneas, cambios de frente milimétricos y habilitaciones en espacio reducido para que aparezcan estos amiguetes tan sudacas como él, para empujar el balón hacia las mallas e incrementar una cuota goleadora que ahora se cuenta por tres: 114 goles entre Liga, Copa del Rey y Champions a cargo de estos virtuosos del buen juego y una efectividad hasta ahora incomparable por cantidad, pero sobre todo por calidad de goles, donde el toma y daca se ha convertido en moneda corriente.

Pero así como Peter Pan puede estar inspirado para surcar todos los espacios de la cancha en las formas que su incontrolable habilidad le dictan, también es posible que muchas veces pueda ser minimizado entre los patadones, empujones y otras tretas  para detener lo que lícitamente es imposible, lo que significa que el grado de imprevisibilidad de cualquier final, imaginada o real, mantenga al fútbol en el hábitat de lo inesperado, por lo que es también probable que los aguerridos que pican la piedra puedan arrebatarles los sueños a los que tratan el balón con el cincel de los grandes escultores.

Valdano tiene razón: Cristiano Ronaldo vive la tragedia de coincidir espacio temporalmente con Lionel Messi.  Mientras el uno mira su espejo una y mil veces por día para autoconvencerse que es mejor, el otro, el pequeño que se niega a crecer, porque ha apostado a ser grande desde adentro, va a jugar una nueva final de Champions, cerrando de manera rutilante su impresionante e incomparable década con la camiseta blaugrana, sin necesidad de fijarse cuántos espejos tiene en su casa.  No los necesita porque sabe que son los demás quienes buscan verlo y ser testigos de este ciclo que no tiene comparación con los de otros genios que mandaron en otros tiempos.

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