Fútbol

Cuando el fútbol se manejaba por mérito

No existe en este deporte enfermedad tan terminal que comprar mal

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Barraza / La Paz

01:30 / 22 de septiembre de 2015

El fútbol ha extraviado el mérito. Ahora solo cuentan el marketing, la mediatización y los empresarios. Pero suelen ser tan injustas estas variables… Lo experimentamos en la última Copa América. Mientras Alexis Sánchez es la superestrella mediática de la roja, a Marcelo Díaz la gente lo conoce como “el 21 de Chile”. Y a Charles Aránguiz como “el 20”. Pero estos dos no son números, sino dos cracks que manejan el juego como quieren ellos. A Sánchez no le fue bien en la Copa, estuvo tan errático como en sus tres años en Barcelona.

Hubo una época, bonita por cierto, en la que el mérito prevalecía en el fútbol. Acaso era su gran tesoro. Un jugador destacaba en Platense, lo contrataba San Lorenzo; o Boca; si continuaba descollando era convocado a la selección nacional, y si allí se tornaba figura iba a España, Italia o Francia. No al Barça o al Madrid, a una escala intermedia: Sevilla, Valencia, Elche. Si también exhibía cualidades, entonces pasaba a alguno de los grandes. Era la escalera lógica.

Cuando nuestro club se interesaba por un jugador de Colón o Argentinos Juniors, descontábamos que se trataba de una promesa, de un proyecto de crack. Eso no existe más. Nadie pasa a otro club porque juega bien. Lo decide la habilidad o influencia de su representante, el grado de “amistad” de éste con el entrenador o el buen rollo que tenga con los directivos. El mérito casi no le interesa a nadie.

Desde 1991 en adelante, Independiente contrató unos doscientos futbolistas, la enorme mayoría entre malos y muy malos. Al mismo tiempo vendió a todas las jóvenes esperanzas surgidas del semillero, Agüero y Forlán entre ellos. La ecuación era clara: vender a los buenos para pagar a los malos. Desde luego, Independiente perdió grandeza, descendió y quedó al borde de la quiebra. Pero a nadie se le ocurrió preguntar qué méritos habían hecho esos doscientos para vestir la gloriosa camiseta roja. Porque no existe en este deporte enfermedad tan terminal como comprar mal. Puede ser el club mejor administrado, pero se hunde sin remedio.

“¿Estamos locos…? Di María 63 millones…?”, se pregunta Emilio Pérez de Rozas en el título de su columna del diario Sport, de Barcelona. Desde luego, cuestiona el platal pagado por el París Saint-Germain al Manchester United, que antes había pagado 80 millones por él. Perdió un dinero importante, pero al menos se lo quitó de encima. De Rozas tiene razón, sin embargo ignora que las condiciones y el rendimiento de un jugador ya no cuentan en este asunto de los pases.

El gran gol de su carrera lo marcó Di María al pasar a la escudería de Jorge Mendes. Mendes puede hacerse rico vendiendo hielo en Siberia o mosquitos en África. Sin importar si los mosquitos son buenos. Mendes toma al peor jugador de Uniautónoma, de Chacarita o Rampla Juniors, lo lleva a la peluquería, le pone un traje de 5.000 euros, lo sienta con él en un palco del Bernabéu o de Old Trafford y lo ofrece en 20 millones. Lo peor es que lo coloca.

Si Di María provoca otro fracaso de estrépito en el PSG a Mendes no se le moverá un pelo: lo traspasará al Atlético de Madrid o al Inter por 50 millones. Obviamente, en cada operación factura su célebre 10% al club comprador y sobre el contrato del jugador. Mendes acaba de llevar al Manchester City a Nicolás Otamendi, un zaguero fuerte y de buen juego aéreo, pero duro de piernas y de comprobada animosidad con la pelota (no se llevan para nada bien). Lo ubicó en módicos 45 millones de euros.

Entre Italia e Inglaterra se tiran con Balotelli. Cuando un club se cansa de su ineficacia, de sus indisciplinas y excentricidades, lo arroja del otro lado del Canal de la Mancha. Y cae en el Manchester City o el Milan, o el Liverpool, o el Inter. Siempre por 30 millones, claro. La astucia, en este caso, es de Mino Raiola, otro genio en el arte de vender productos fallados.

El fútbol ha extraviado el mérito. Ahora solo cuentan el marketing, la mediatización y los empresarios. Pero suelen ser tan injustas estas variables… Lo experimentamos en la última Copa América. Mientras Alexis Sánchez es la superestrella mediática de la roja, a Marcelo Díaz la gente lo conoce como “el 21 de Chile”. Y a Charles Aránguiz como “el 20”. Pero estos dos no son números, sino dos cracks que manejan el juego como quieren ellos. A Sánchez no le fue bien en la Copa, estuvo tan errático como en sus tres años en Barcelona. Díaz fue el baluarte del equipo todos los partidos, especialmente la final.

En su cargo de entrenador de Argentina, Sergio Batista fue a ver un Barcelona-Madrid en la época de Pep Guardiola y le salió una frase iluminadísima sobre Xavi Hernández: “Él decide cómo se juega el partido”, dijo. Tal cual. Xavi determinaba si el ritmo era rápido o lento, si se atacaba o si se esperaba, si el juego era por abajo o por arriba, si buscar por derecha o por izquierda. Era el dueño de la pelota. El que en un momento dado del partido decía: “Hay que apretar”. Marcelo Díaz es el Xavi chileno. Una enciclopedia sobre qué hacer y cuándo en cada instante del juego. Un “5” de antes, de esos que regulaban, ordenaban, distribuían, anticipaban, marcaban, pegaban un grito, movían el cuadro diez metros para adelante o cinco para atrás. El tipo que les dice a los compañeros: “Toque…  venga…  Andá a buscar el centro… Salile… Achicá… Retrocedamos… Vuelvan mirando hacia adelante… Anticipá… ¡Arco…!” Todo se hace según su sabio comando.

Sampaoli le dio un repaso táctico a Martino en la final de América. Es un técnico muy capaz. Pero a jugadores como Marcelo Díaz o Aránguiz ¿qué puede decirles…? Si Sampaoli jugó apenas en el fondo de la casa y éstos son dos peritos del juego. No por habilidad, que alguna tienen, sino por sabiduría. De niño, en mi pueblo estaba Roque Núñez, un gordito retacón que era la figura de toda la barriada. Un “5” tipo Marcelo Díaz. Parecía lento, fácil. En un partido importante de esos arrabales, lo enfrenté. Agrandado, me pregunté a mí mismo: “¿Éste es Roque Núñez…?”. Apenas recibió un pase me le fui encima a encararlo; cuando me acerqué a él, la pelota ya viajaba por el aire; Roque había sacado uno de sus pelotazos milimétricos de treinta o cuarenta metros al pie de un compañero. Dos o tres veces me dije: “Lo tengo”. No me dejó ni oler la bola. Era suya, el juego era suyo. Decidía todo. Era el Marcelo Díaz de la comarca. Roque apenas llegó hasta la Tercera de Banfield, el club de cerca de casa. Todavía hoy me pregunto cómo no alcanzó ni a rozar la Primera. Esas cosas del fútbol. De haber conocido a Mendes, Roque hubiese llegado a la Juventus.

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