Fútbol

El fútbol está en otra parte

La Razón / Julio Peñaloza Bretel / La Paz

01:47 / 30 de marzo de 2012

No hay motivos e indicios a la vista que nos digan que el panorama del fútbol boliviano podría cambiar. Acostumbrado a la improvisación y a la estrechez de miras de sus gestores, se producirá uno que otro partido que nos saque de la mediocridad y el aburrimiento, pero no hay señales de que nos permitan pensar por ahora que alguna vez repetiremos una hazaña como la del campeonato sudamericano conseguido el 63 o alguna actuación significativa como la del 93 que permitió el pasaje a la Copa del Mundo de Estados Unidos.

En homenaje a la verdad y a la transparencia es preciso recordar que Bolivia se clasificó al Mundial de Estados Unidos (1994) debido a un estado de excepción desatado por un conflicto obrero patronal en la Liga nacional. En efecto, fue una huelga de jugadores la que permitió a Loayza, Azkargorta y compañía contar a tiempo completo y sin interferencias con los convocados para el inicio de la preparación del equipo verde con vista a las eliminatorias del 93 en que tocaba medirse con las poderosas Brasil y Uruguay, la emergente Ecuador de Dráskovic y la bisoña Venezuela que en los partidos de ida-vuelta soportó 14 goles a manos de ese conjunto inspirado que fue venciendo con enorme convicción todos los escollos para finalmente llegar por primera vez clasificado a la fase final de una Copa del Mundo. Dicho de otro modo, el origen del logro no pasó por una virtud, sino por el defecto y la incoherencia. Si esa huelga no se producía, era una fija que las interferencias y las cortapisas contra el operativo mundialista podían fácilmente conducirlo al fracaso prematuro.

La última vez que un combinado nacional se mostró competitivo y amenazó con ganar un torneo fue en 1997 cuando varios años atrás el nombre de campeonato sudamericano había sido cambiado por Copa América y en condición de local terminó perdiendo la final contra Brasil. Estos dos antecedentes nos indican que, sumados al título de 1963, la Recopa ganada por el Club Mariscal Santa Cruz en 1970 (catalogada como “amistosa” por la Confederación) y el subcampeonato conseguido por Bolívar en la Copa Sudamericana de 2004 constituyen los hitos de la historia de nuestro fútbol, pues todo lo demás terminó siendo lo de menos, sobre todo para las estadísticas, con honrosas y muy fugaces actuaciones en las que esporádicamente destacaron especialmente el mismo Bolívar y Wilstermann.

En la historia de la competencia futbolística internacional desde que este juego fuera inventado por los ingleses a finales del siglo XIX son pocos los ganadores, bastantes los competitivos, y muchísimos los que forman parte de la geografía del montón, en la que se cuenta como entusiasta signatario a nuestro país. Las selecciones que han ganado torneos mundiales y continentales, y los clubes que han conseguido imponerse en sus respectivos campeonatos nacionales e internacionales forman parte de esas pléyades en las que se conjugan la memoria genética —aptitudes naturales para jugar al fútbol—, organización y políticas formativas y consecuentemente, condiciones mínimas para la alta competición. No obstante, booms como el colombiano gestado en los 80 han permitido que su selección haya logrado apenas una Copa América y algunos de sus clubes consiguieran alguna vez la Libertadores. Resumen: Hay que prepararse para competir, porque llegar a ganar no es cosa de todos los días, inclusive para los llamados predestinados o elegidos.

Es una falacia y un lugar común eso de que antes se traspiraba la camiseta y que hoy el activador motivamente fundamental sea solamente el dinero.  Ese tipo de peregrinas convicciones son admisibles en el ámbito de la nostalgia, porque si miramos con cuidado los comportamientos de los futbolistas de élite de la actualidad, hay profundas convicciones como la de Javier Chicharito Hernández, el mexicano del Manchester United que ha dicho hace algunos días que “con el fútbol hay que casarse 24 horas, siete días a la semana y serle fiel”, llamativa declaración de amor en la que lealtad y perseverancia son los valores puestos por delante en un contexto en el que prevalece la reciedumbre, la hombría y la prepotencia exacerbada por los millones y la fama.

Mientras tanto, en el boliviano fútbol del montón parece haber cobrado vigencia más enfática la lectura de Azkargorta (1993) de que tenemos futbolistas de “a ratos”, o lo que me dijera Néstor Clausen hace una década cuando dirigía a The Strongest: “El futbolista boliviano no toma conciencia de que el debido descanso forma parte de su trabajo”, y peor, lo que un presidente de club liguero me refiriera como anécdota cuando al goleador de su equipo le preguntó qué hacía con su tiempo libre y le sugirió que para darle utilidad tomara un cursito de computación, consejo al que respondió con una encogida de hombros.

Ganar es un objetivo, y competir-jugar es el camino para conseguirlo y en Bolivia son confluyentes todos los factores que garantizan el fracaso: Dirigencia rosquera y cortoplacista, futbolistas con limitaciones técnicas, y de preparación intelectual, y estructuras formativas casi inexistentes con honrosas y pasajeras excepciones.

Con todos los argumentos hasta aquí expuestos, como la autoflagelación puede resultar dañina y la constatación de la persistencia en el error es cotidiana, hace mucho que mi pasión y razones futboleras me han conducido hacia otras latitudes como me sucedió ayer con un sobresaliente partido protagonizado por el Athletic de Bilbao y el Schalke 04. Con ejemplos como éste no hay argumentos para contradecir el hecho de que el verdadero fútbol está cada vez más lejos de aquí.

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