Fútbol

Un fútbol de pura urgencia

El perfil del futbolista boliviano está caracterizado por alarmantes limitaciones

La Razón / Julio Peñaloza Bretel / La Paz

02:55 / 13 de julio de 2012

Bolivia espera a Xabier Azkargorta que prácticamente tiene cerrado su acuerdo con la Federación Boliviana de Fútbol (FBF) para asumir la dirección de la selección nacional en muy desventajosas condiciones en la tabla sudamericana de eliminatorias mundialistas, con la misión de operar un milagro, cosa que en el fútbol puede suceder, como en todo, muy excepcionalmente. El vasco volvería a dirigir luego de varios años de inactividad y parece estar dispuesto a poner en riesgo la imagen de padre espiritual y gran conductor de un proceso que hace 19 años contó con una excepcional generación de muy buenos futbolistas.

Azkargorta. El milagro. El milagrero. El salvador. Habiéndolo conocido como Jefe de Prensa de la selección boliviana en aquellas jornadas vividas en Boston y Chicago, y escrito una larga entrevista realizada con él en Barcelona que se convirtió en libro, tengo razones fundadas para estar convencido de que eso es lo que Xabier no quiere que se perciba de él, dada su visión del mundo, su recorrido profesional, y el aura de mito del que está revestido desde que la selección boliviana clasificara a Estados Unidos 94 bajo su carismática dirección.

Hace 19 años que esta conquista, que para otras realidades futbolísticas es nada más un trámite casi de rutina en los objetivos de la competencia internacional, se convirtió en logro de dimensión mayúscula en el que todas las regiones y confines nacionales nos igualamos ondeando la enseña patria,  henchidos de orgullo por lo significativo que había sido, en primer lugar, ganarle a Brasil en eliminatorias por primera vez en su hasta ahora inigualable historia para luego conseguir la hazaña de la clasificación.

Pero fue el propio Azkargorta en una de sus esporádicas llegadas al país en los últimos años, mucho antes de fijar residencia en Santa Cruz de la Sierra, quien declaró que no le parecía edificante eso de contarles a los nietos la misma historia de siempre y que valía la pena proponerse emprender tareas en busca de la recuperación del regresivo fútbol boliviano que hoy tiene nuevamente a su selección mayor muy cerca de quedar fuera de una Copa del Mundo y que anda sin brújula debido a que sigue careciendo de las condiciones que le permitan forjar, formar y afinar talentos nuevos.

Se fue Quinteros y los motivos de su salida pueden ser atribuibles a la errática dirigencia que le cambió la cantidad de días de trabajo para los dos próximos partidos, pero también, simple y llanamente que en el Emelec guayaquileño percibirá el doble de salario que al mando de la Verde boliviana. Cualesquiera que sean los motivos reales, lo cierto es que Gustavo se vio sobrepasado en voluntad y motivación por un conjunto de futbolistas que él mismo se encargó de considerar, lentos en la asimilación de conceptos.

Y es en esto último que se encuentra la madre de este cordero hace tiempo degollado. El perfil del futbolista boliviano está caracterizado por unas alarmantes limitaciones relacionadas con su formación integral, y ahora, además, según lo comentado por uno de los miembros del cuerpo técnico dirigido por Quinteros a este periodista, a una indisimulable fragilidad muscular que sitúa a los convocados en el riesgo permanente de las lesiones. Un buen ejemplo de esto es lo que le sucede a Jhasmani Campos, muy querido por la hinchada de Oriente Petrolero, pero permanentemente observado por el peregrinaje de unos a otros médicos por sus lesiones continuas que no le permitían rendir con regularidad y presencia permanente en las canchas durante una temporada. Cuando llegó a Bolívar tuvo la mala suerte de fracturarse un meñique y en las últimas semanas se informó que estuvo aquejado por una salmonelosis. A partir de estos datos será más fácil comprender el dolor de cabeza que significó armar el equipo para enfrentar a Paraguay, pues el promedio de lesiones era de un jugador por día, durante la semana que antecedió a dicho partido.

Las siempre indeseables comparaciones por quienes son conscientes de sus desventajas sirven en este caso para transparentar con claridad la diferencia entre aquella generación de futbolistas que participó en las eliminatorias del 89 primero y luego del 93, y esta que tiene como rareza en su trayectoria el haber puesto en problemas a la Argentina de Messi en la pasada Copa América y esta eliminatoria conducente a Brasil 2014 con dos empates conseguidos en Buenos Aires.

Es en este contexto que Azkargorta asumiría por segunda vez la dirección técnica de nuestro seleccionado. Uno muy distinto, como acabamos de anotar, al que encontrara en 1993, con futbolistas que además de ser frágiles por alimentación y estilo de vida cotidiano, no han pasado jamás por la experiencia del alto rendimiento, que es el factor que los coloca en desventaja frente a todos sus adversarios sudamericanos, que encaran el trabajo físico para resistir y correr durante 90 minutos y no durante 60 como pasa con los nuestros.

Sant Cugát está cada vez más lejos y el Centro de Alto Rendimiento que la Federación Boliviana de Fútbol (FBF) debía edificar con financiamiento especial otorgado por la FIFA en el departamento de Cochabamba, se perdió en la inmensidad de la improvisación que confirma a  nuestro fútbol como un adefesio de urgencia, solamente dispuesto a ponerle parches a cada nuevo desafío que le exige la agenda.

Conozco a Xabier lo suficiente como para saber de su envolvente personalidad, de sus habilidades comunicacionales y didácticas para transmitir conceptos, pero no es lo mismo, dicho sea con todo respeto, Juan Manuel Peña que Luis Méndez, o Luis Cristaldo que Wálter Flores. A riesgo de ganarme la antipatía de los futbolistas que por hoy son los protagonistas del fútbol “dizque” profesional de Bolivia, la distancia es sideral en todos los órdenes. Antes Bolivia generaba más y mejores jugadores de fútbol que hoy. Es la dura y dolorosa verdad. A pesar de todo esto, mi profundo aprecio me obliga a desearle éxito como a él le gusta, y no suerte, porque el uno puede ser producto de un trabajo y la otra, nada más que resultado del azar.

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