Fútbol

El fútbol se queda con diez

Algunos cuentan que si al cabo de un primer tiempo el Madrid iba perdiendo o jugando mal, era capaz de insultar a todo el vestuario para que reaccionaran

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Barraza / La Paz

01:21 / 08 de julio de 2014

Sus contemporáneos lo consideran el inventor del fútbol total: salvaba goles en la raya de su arco, armaba la nueva jugada de su equipo y concretaba el gol en el área de enfrente. “Su radio de acción en el campo era de 105 metros por 70”, recordaba Juvenal, maestro de periodistas que lo vio surgir en la Primera de River.

De cáscara dura e interior blando y tierno; gruñía al primer contacto, luego se abría y entregaba su amistad entera, sin dobleces. Protestón, afable, charlista empedernido, humorista, parroquiano eterno del café de la esquina, filósofo de la barra, epicentro de la mesa “con los muchachos”,  sus inseparables compañeros del fútbol, con quienes pasaba horas… Así era Alfredo Di Stéfano Lauhle, un hombre de Buenos Aires, porteñazo total, tanguero, nieto de inmigrantes que hicieron la Argentina multicultural del siglo pasado. Tenía un abuelo alemán, una abuela irlandesa y, de parte de padre, raíces genovesas. Era una gota de uranio enriquecido por su barrio, Barracas, al que amó profundamente hasta ayer, seguro, cuando se le apagó para siempre el disco rígido de su cerebro veloz, chispeante, siempre alerta. Barracas era la llave para abrirle el corazón, contarle algún recuerdo de su barrio, donde aprendió a jugar al fútbol sobre los adoquines de la calle.

Adoraba el lunfardo. Vivió 61 años en Madrid y no se le pegó una tonada, un giro, nada. Fue un ganador incurable al que lo define un recuerdo de Pachín, gran zaguero que compartió varias temporadas con la ‘Saeta’. “Una tarde jugando para el Osasuna, lo marqué muy bien, en el primer tiempo no le dejé casi tocar la pelota y cuando estábamos yendo al camarín se me acerca y me dice: ‘¿Te gustaría jugar en el Madrid…?’. Pues, claro, respondí. Quedó ahí. A los dos meses me llama Bernabéu; me contrataron. Luego me enteré que don Santiago le consultaba todos los fichajes, o bien él sugería a tal o cual que le parecían buenos. Alfredo era un ganador tremendo, nunca vi a nadie igual. Ponte que íbamos a jugar a Santander por Copa del Rey y ganábamos 5 a 0; a la vuelta, en el tren, se sentaba cinco minutos con cada uno; venía y te decía: ‘Mira que la serie no está cerrada, eh…’ Y todos le respondíamos lo mismo: Alfredo, relájate, hemos ganado 5-0 de visita… Pero él insistía: ‘Mira que la serie no está cerrada’. No quería que nadie se aflojara, no admitía la derrota”.

Otros cuentan que si al cabo de un primer tiempo el Madrid iba perdiendo o jugando mal, era capaz de insultar a todo el vestuario para que reaccionaran. El periodismo y el fútbol nos regalaron el honor de conocerlo y hacer amistad con Alfredo. No le gustaba nada que le dijeran que había sido el mejor del mundo. “¿Vos sabés los cracks que tuvo el fútbol…? Como yo hubo trescientos”, decía.

Sus contemporáneos lo consideran el inventor del fútbol total: salvaba goles en la raya de su arco, armaba la nueva jugada de su equipo y concretaba el gol en el área de enfrente. “Su radio de acción en el campo era de 105 metros por 70”, recordaba Juvenal, maestro de periodistas que lo vio surgir en la Primera de River. Pepe Peña, ocurrente colega de los años ’60, acuñó otra frase inolvidable: “Di Stéfano no suda campos de juego, los riega con su sangre”. Y Miguel Muñoz, compañero suyo en el cuadro madrileño, lo remata: “Estando él tenemos dos jugadores por puesto”. Joseph Blatter lo definió como el “inventor del fútbol moderno. El juego como es hoy empezó con él”.

Una huelga lo arrancó para siempre de Buenos Aires. El primer destino fue Bogotá, donde deslumbró con Millonarios, y posteriormente Madrid, donde forjaría la leyenda del Real Madrid, un club sin pergaminos al que él convirtió en el más célebre del universo, transmitiéndole su mentalidad ganadora para siempre.

“Me decidí por el Real Madrid al ver el estadio”, nos contó Alfredo. Así le puso punto final a la que, hasta hoy, fue la negociación más polémica y encarnizada de la historia del fútbol. Había ido a España en gira con Millonarios y fascinó en igual proporción a directivos del club merengue y del Barcelona. Allí comenzó una puja titánica entre ambos clubes. Tironeo que consumió mares de tinta en los diarios del mundo; se han escrito libros incluso.

Barcelona arregló con River Plate, dueño legal de la ficha del jugador. El Madrid acordó con Millonarios, donde jugaba la Saeta, en aquella célebre liga pirata que funcionaba en Colombia.

Ambos obraron de buena fe. Y tras una batalla sin parangón, la Federación Española decidió salomónicamente que Di Stéfano defendiera dos temporadas los colores del Madrid y otras dos los del Barça, alternándose. Así por cuatro años. Un disparate atómico. Alfredo estuvo dos meses en Barcelona, jugando algún amistoso, hasta que le dieron la orden de trasladarse a la capital.

“Cuando vi el estadio Chamartín, me dije: aquí me quedo”, recordaba. “Mira que el Madrid no ha ganado un campeonato en veinte años”, le advirtió un amigo. “No importa, un club que tiene un estadio así es un grande”, respondió. Tal decisión equivalió a una segunda fundación del Real Madrid. La confesión nos la obsequió en 1991 en Guayaquil. Se reinauguraba el estadio Capwell, del Emelec, y este cronista fue comisionado (halagado) de llevar a Alfredo a la fiesta de presentación. Es que allí había debutado Di Stéfano en la selección argentina. Y para no profanar su foja de servicios, fue campeón sudamericano y goleador de su equipo. Allí narró Alfredo la que, creemos, es la más bella y tierna de todas las historias que hayamos escuchado en tantos años de fútbol.

“Finalmente me quedé en el Madrid”, refirió. “Era 1953. Apenas había empezado el campeonato. En la quinta fecha, creo, fuimos a jugar contra el Oviedo. Antes se iba en tren…”, dice, casi como un reproche a las comodidades actuales. “Y a la mañana siguiente, el domingo, lo de siempre: después del desayuno salimos a caminar un poco por la ciudad, a estirar las piernas.

Íbamos por la plaza, tres adelante, dos atrás, así… cuando escucho a mi espalda un llamado: ¡Alfredito, Alfredito…! Me quedé como paralizado…”, tomó un respiro dándole más expectativa al relato.

“Alfredito sólo me decían en mi casa, en Buenos Aires, mi familia, los vecinos de la cuadra, no muchos más… Me di vuelta y era don Jesús Menéndez, el dueño de la panadería El Mortero, de Barracas, mi barrio. Era un gallego divino, buenísimo. Yo lo quería porque de chiquito entraba en la panadería y él me acariciaba la cabeza y me regalaba facturas (panes dulces)”. Con esfuerzo, hizo un dique en sus ojos para contener las lágrimas. “Y se me apareció allá en Oviedo. Don Jesús me tomó la cara con sus manos como cuando era chiquito y me dijo: Alfredito, he venido para verte jugar“.

Como transpolado a aquel instante, el fiero Di Stéfano pareció entregarse a la emoción. “Me agarró una cosa… Se me aflojaron las piernas… Barracas fue el barrio de mi infancia. El gallego había vendido la panadería y se había vuelto a España. Y me fue a ver. Me juramenté que esa tarde la rompería. Antes de terminar el primer tiempo hice un gol y lo busqué a don Jesús para dedicárselo. Así estuvo cuatro o cinco años, siguiéndome a todas las canchas de España. Hasta que un día no lo vi más, se habría muerto…”.

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