Fútbol

El gol olímpico cumplió 90 años

Es sumamente difícil marcar de este modo,  Coll es el único que lo hizo en un Mundial

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Barraza / La Paz

00:01 / 14 de noviembre de 2014

El olímpico es un gol raro, esporádico, siempre sorprendente, que nunca deja de impactar por lo difícil de conseguirlo. En el estadio de Sportivo Barracas, en Buenos Aires, Cesáreo Onzari marcó el primer gol olímpico, sin entender la jugada. No lo gritó, tal vez porque parecía curioso ver un gol así. Fue el 2 de octubre de 1924 aquel suceso confuso, singular, pionero.

La fina zurda de Bryan Ruiz —el James Rodríguez costarricense— dibujó el miércoles anterior otra parábola exquisita. A los bellos trazos que entregó en el Mundial, le agregó ahora un gol olímpico con el Fulham inglés. Un gol precioso. El olímpico es un gol raro, esporádico, siempre sorprendente, que nunca deja de impactar por lo difícil de conseguirlo. Muchas veces suele ser producto de la casualidad, por una confusión en el área o error de los arqueros. Pero hay que ser un eximio pateador. Y en este de Ruiz es todo mérito suyo: una bola combada, deliciosa, envenenada, que se metió directa del córner al primer palo, tirada con intención allí. Un golpe de billarista.

El gol de Ruiz, vale la pena verlo (http://www.foxdeportes.com/premier-league/story/bryan-ruiz-sorprende-con-gol-olimpico/), pone sobre el paño el gol olímpico, ese exotismo futbolero que ha tenido algunos excelsos especialistas como Ronaldinho, Roberto Carlos, David Beckham o Ernesto Cochocho Álvarez, aquel zurdo de Colón de Santa Fe y el Deportivo Cali, que como tantos zurdos tenía un pie artístico, de esos que del tobillo para abajo parecen no obedecer a los ligamentos sino regirse por movimientos soberanos. Ahora hay en un muchacho, zurdo también él —Federico Mancuello— que es el terror de los arqueros cada vez que ejecuta un tiro de esquina. Ha llegado a lanzar cuatro córners consecutivos al mismo lugar, el ángulo alto del primer palo, todos milimétricos al mismo lugar, lo que denuncia que no hay casualidad: los practica. Es sumamente difícil marcar de este modo, tan difícil que el barranquillero Marcos Coll sigue siendo el único futbolista en convertir un tanto así en los 20 mundiales disputados.

Pero si hacer un gol desde el banderín de esquina es una gran peculiaridad y una pequeña proeza, la historia misma del nacimiento de este tipo de conversión es digna de contar, pues el gol olímpico acaba de cumplir 90 años. Hay una foto célebre que puede verse en Internet (http://es.wikipedia.org/wiki/Gol). Es una foto de la revista El Gráfico a cuyo autor se lo tragó el anonimato, y constituye uno de los documentos gráficos más sorprendentes que el periodismo deportivo haya creado. Está el arquero Andrés Mazali en el piso, batido; el balón en el aire, pariendo el gol, la mirada palpitante de dos defensas uruguayos y de un atacante argentino... y el árbitro Ricardo Vallarino abrazando el poste, en la misma raya de sentencia, dando fe de que la pelota entró.

Una foto histórica para un instante célebre. Se trata del primer gol olímpico de la historia. Al menos del primero conocido, validado y del que existen pruebas fehacientes: había una multitud en el estadio y lo cubrieron cantidad de medios gráficos. Cesáreo Onzari, notable puntero izquierdo de Huracán y de la Selección Argentina, le pegó cerrado y con efecto, y la bola se metió directo al arco sin que nadie la tocara.

En junio de ese año, Uruguay se había proclamado campeón de fútbol en los Juegos Olímpicos de París asombrando al mundo, una epopeya que mereció ser contada por Homero. Su fútbol deslumbró y los ecos de su gloriosa coronación retumbaron en todo el universo. Para mejor, se trataba de un pequeño e ignoto país del tercer mundo (que entonces estaría cuarto o quinto en la escala europea de valores), lo que agigantaba la hazaña. Había vencido a Yugoslavia 7 a 0, a Estados Unidos 3-0, a Francia 5-1, a Holanda 2-1 y a Suiza 3-0.

La Asociación Uruguaya recibió más de cien ofrecimientos de todo el mundo para hacer partidos amistosos. Todos querían ver en acción a los fantásticos Celestes. Sin embargo, el cónsul oriental en París, Enrique Buero, desaconsejó la presentación del equipo. Tal había sido la demostración de calidad de Scarone, Nasazzi, el Negro Andrade y compañía, que en Europa se levantaron sospechas de que podía tratarse de “jugadores profesionales”, lo cual se consideraba sacrílego. Esto hubiese acarreado el descrédito para los celestes y hasta le hubiesen retirado el título. Por ello, Buero señaló que lo mejor era bajar los decibeles, volver a Montevideo y dejar que se calmaran las aguas.

Así fue. La asociación oriental decidió, entonces, aceptar una sola invitación, la de su vecina del Plata, que deseaba homenajear a los héroes de la “Ráfaga Olímpica”. Se disputó un juego en Montevideo el 21 de septiembre y se programó la revancha para el domingo siguiente, el 28. El escenario sería el mencionado de Sportivo Barracas, el mejor de aquellos tiempos en nuestro subcontinente, hoy desaparecido. Sedienta de ver tamaño choque, acudió una multitud. A la hora de comenzar el juego, había miles de personas incluso dentro del campo de juego. Si la pelota iba por las puntas, los jugadores se tropezaban con la gente. No se podía jugar y a los pocos minutos de comenzado, se suspendió el partido.

Se reprogramó para el jueves siguiente, 2 de octubre. En esos cuatro días se levantó un alambrado entre el público y el campo para evitar las invasiones. En virtud del título ganado por los visitantes, se le llamó “alambrado olímpico”. En ese segundo intento el partido se jugó. Ganó Argentina 2 a 1 con aquel gol de Onzari.

¿Por qué el asombro de la muchedumbre? Sucede que el gol directo desde un tiro de esquina no se había visto nunca. Y no era reglamentario. Por eso la gente no festejó. Pero el juez Vallarino decretó “gol”. ¿Qué lo movió a ello? A finales de agosto de ese año, el International Board había decidido que, en adelante, el gol convertido directamente de un córner tenía validez. La FIFA había enviado por correo una circular informándolo y Vallarino la recibió unos días antes del encuentro. Era uruguayo y el único en todo el estadio que sabía que el gol era legítimo. Y lo concedió. Esto habla de un espíritu honrado, de un alto sentido del honor.

En mérito al título que ostentaban los visitantes se dio también el nombre de “olímpico” a ese tipo de goles. A todo lo que tenía que ver con los uruguayos se lo tildaba de olímpico, tanta era la conmoción causada por su éxito en París.

Onzari tenía 21 años cuando hizo historia. Según cuenta la tradición, era un puntero explosivo y de gran remate, pero explicó con franqueza que no quiso tirar al arco: “Me salió porque tenía que salir. Quizás el arquero se había levantado mal ese día o lo hayan molestado, porque nunca más emboqué otro. Lo cierto es que cuando vi la pelota adentro, no podía creerlo” .

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