Fútbol

A gritarlo con el alma, Santa Fe

Un nuevo campeón siempre es buena noticia, ensancha el panorama, aumenta la clientela. Si además es un grande, aún mejor

Todo el pleno del club bogotano Independiente Santa Fe celebra la conquista en el centro del estadio El Campín.

Todo el pleno del club bogotano Independiente Santa Fe celebra la conquista en el centro del estadio El Campín. Foto: EFE

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Barraza - periodista argentino

00:00 / 14 de diciembre de 2015

La palabra más bella del glosario futbolero —CAMPEÓN— es toda del Santa Fe. En su caso, la Copa Sudamericana no es un certificado de grandeza —lo tiene de toda la vida— sí una graduación continental. Desde luego los títulos nacionales alegran, los internacionales enorgullecen, prestigian (e impiden cargadas locales).

El cuadro santafesino lleva seis coronaciones desde 2009. Los hinchas rojos deben disfrutar esta época dorada, sobre todo con los hijos. Quién sabe cuánto dura, cuándo se repite... Festejar un campeonato del club querido abrazado a los hijos es algo tan profundo, tan fuerte… Es un momento que resume la crianza, las rutinas de años, las ilusiones mutuas… El padre siempre tiene el sentido de culpa de haber inculcado esos colores a su hijo y luego pasan años sin una alegría. Tremendo cargo (no se lo recuerden a este cronista…).

Un nuevo campeón siempre es una buena noticia para el fútbol, ensancha el panorama, aumenta la clientela. Si además es un grande de una capital como Bogotá, aún mejor. De todas las grandes ciudades y capitales de América, Bogotá era tal vez la menos agraciada futbolísticamente.

No traducía su pasión en títulos. Los últimos años del Santa Fe la han puesto en el mapa de la consideración. También le hace honor al fútbol colombiano, alto productor de futbolistas y entrenadores, con una selección de primera línea, pero que necesita de más lauros como éste para continuar forjando identidad de grande.

Como siempre, algún despistado dirá que el Santa Fe bueno era el de antes. Ni en sueños: nunca fue mejor que ahora. Los ídolos y los triunfos son los que agigantan a un club. Muchos se ufanan de su popularidad, otros de sus conquistas. Hay de todo. Pero los títulos tienen doble efecto: primero se celebran, luego generan crecimiento. El que gana acapara adeptos; muchos niños se hacen del campeón; los migrantes jóvenes que llegan de provincias, igual.

Sin duda que los jugadores ganan en la cancha, pero a ellos y a los técnicos los elige el presidente (César Pastrana en este caso). Y cuando el éxito de una institución abarca una era, buena parte del mérito es adjudicable a la conducción. “Cuando la cabeza anda bien, anda bien todo el cuerpo”, dice Maño Ruiz, colega y compatriota de Gerardo Pelusso. Está archidemostrado que un club saneado siempre está más cerca del triunfo que los otros. Santa Fe lo ratifica.

E l análisis frío no le hace honor al cuadro cardenal. Le faltó brillo, contó hasta las monedas para avanzar cada tramo. En condiciones de paridad total con sus rivales, pasó por diferencia de gol, por gol de visitante, se coronó por penales... Disputó los últimos 330 minutos sin marcar gol. Jugó a la uruguaya, a sacarle jugo a las piedras, usufructuó cada gol (hizo apenas 10 en 12 partidos) y lo defendió con ardor. No tuvo una figura que iluminara el título, fue todo colectivo, solidaridad, entrega.

Desde luego son valores respetables, aunque no los que uno más festeja. Pero la lesión de Omar Pérez le quitó la vistosidad que el equipo había mostrado en Copa Libertadores el primer semestre. Cabe resaltar, eso sí, la granítica solidez defensiva: en ocho de los 12 partidos terminó con su arco en cero.

Y que no tuvo un camino de rosas: le tocaron rivales duros como Emelec, Independiente, el sorprendente Luqueño y el laborioso Huracán. De ellos, únicamente Emelec fue más que Santa Fe en el saldo del doble enfrentamiento. Y sufrió horrores con Luqueño en Paraguay. Las finales fueron pobres porque Huracán también es un equipo proletario, que viaja en bus. Pero no afrontó peligros: Róbinson Zapata no debió intervenir nunca por remates francos de jugadores del Globo. El biotipo físico de Santa Fe fue decisivo en esta conquista. Quedó reflejado en cada partido: son más altos, más fuertes, más rápidos que sus adversarios (ni hablar contra Huracán).

De la final, que no tuvo una sola situación de gol, quedaron dos perlas negras arbitrales: 1) se permitió que el médico atendiera durante cinco minutos al portero huracanense en el campo de juego, algo inaudito. Faltó que lo enyesaran e hiciera la recuperación dentro del partido. Y 2) el insólito adelantamiento de Zapata en el primer penal; casi trabó con el ejecutante. De los penales nos queda una impresión reiterada: por regla general, los argentinos son malos ejecutantes.

L o que las estadísticas no reflejan es el esfuerzo ciclópeo, heroico de un plantel cortísimo, que disputó 74 partidos en seis frentes distintos. Y en todos peleó casi hasta el final. Ningún equipo del mundo jugó más que Santa Fe este año. Y en el último de los 74 fue campeón de la Sudamericana.

Sin duda, una hazaña. La profusión de partidos locales atenta contra las posibilidades internacionales de los clubes. Pero la televisión es un monstruo que exige muchos campeonatos, copas, recopas y supercopas. Y hay que alimentarla como el cuidador del zoológico al león, que le tira una chuleta tras otra y nunca está satisfecho.

Eso, sin contar las ventas de Cuero y Vargas, las salidas de Páez y Quiñónez, las lesiones de Dairon Mosquera, Harrison Otálvaro, Carlos Valdés y el propio Pérez, que fue medio Pérez en esta copa.

El goleador Wilson Morelo, el venezolano Luis Seijas, el arquero Zapata, el rocoso Yeison Gordillo, Roa, y sobre todo Francisco Meza son figuras emergentes del campeón. Meza, dicen, estaría con un pie en México. Podría ser un golpe de nocaut para Santa Fe. O que le cuenten hasta ocho, pero quedará sentido.

Es un zaguerazo que no tiene reemplazo. Se puede sustituir al jugador, no al caudillo. Morelo nos confesó en Buenos Aires que posiblemente se iba al cabo de la temporada. Sería otra baja terrible. Santa Fe afrontará en 2016 siete competencias y muchos viajes. Aviones, hoteles, partidos, así será su vida. Si no se refuerza mucho arrojará toda esta euforia por la alcantarilla. Pelusso hizo milagros, armó una orquesta típica con dos cajitas de fósforos.

Le vendieron a Torres y Arias antes de arrancar su tarea (en junio), se le cayeron varios soldados y siguió con fe. Pero si no se pone firme le venderán hasta el utilero. Y cuando el cuadro se desinfle nadie hará la necesaria aclaración de que le desarmaron el plantel. No recibirá una medalla de la directiva. En ningún currículum de técnicos se pone un asterisco que diga “Se arregló con lo que tenía”. Si le fue mal apenas dirán “fracasó”.

Pero será motivo de preocupaciones futuras. En cambio, ésta es la hora del champán. Hay que saber ser campeón, y Santa Fe supo. A festejarlo con el alma santafecito lindo…

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