Fútbol

La imaginación le gana a la guerra

El tridente de Messi-Neymar-Suárez es procedente de las mejores escuelas

La Razón (Edición Impresa) / Julio Peñaloza Bretel / La Paz

01:52 / 24 de abril de 2015

Queda fuera de toda duda que las grandes transformaciones que han dado lugar al fútbol que se juega hoy, tienen en la conexión Holanda-Ajax-Barcelona-España, su principal fuente de explicaciones, si se considera que luego del virtuoso quinteto brasileño de México 70, apenas cuatro años después, revolvía nuestras cabezas la novedosa polifuncionalidad bautizada como Fútbol Total.

Como sucede con las transformaciones sociales, suele atribuirse a un tiempo de cambios, digamos como mínimo una década, el hecho de que algunos asuntos estructurales terminen mutando hacia nuevos estados o cualidades, cuando en realidad lo que acelera la sustitución de lo nuevo por lo viejo es la instalación, con características hegemónicas, de un cambio de época en el que comienzan a imponerse discursos que encuentran en la conjunción de teoría y práctica, la manera de materializarse de manera tan contundente, que resulta imposible intentar ejercitar cuestionamientos. Para ello se necesita actores capaces de encarnar el desafío de la revolución buscada y en este sentido vuelvo a decir por enésima vez que la Santísima Trinidad —Xavi, Messi, Iniesta— es la que ha hecho posible un fútbol incomparable que se ha prolongado más de la cuenta, si consideramos que el fútbol vive, en términos generales, de fugaces primaveras. En ese contexto, los “mourinhistas”, comenzando por el mismo entrenador del Chelsea, hace por lo menos un año que han decidido hacer un prudente mutis por el foro, dada la incidencia exclusivamente nacional de su equipo y de cómo siguen siendo los otros, los tildados de románticos y delirantes, los que apuestan a la creatividad con la pelota, los que vuelven a sentar sus reales en las instancias definitorias de las ligas locales y las disputas internacionales.

Queda fuera de toda duda que las grandes transformaciones que han dado lugar al fútbol que se juega hoy, tienen en la  conexión Holanda-Ajax-Barcelona-España, su principal fuente de explicaciones, si se considera que luego del virtuoso quinteto brasileño de México 70, apenas cuatro años después, revolvía nuestras cabezas la novedosa polifuncionalidad bautizada como Fútbol Total, con la que la Naranja Mecánica de Rinus Michels terminaría prolongando su influencia durante casi tres décadas, con lo realizado por Johan Cruyff y quienes le siguieron, tanto desde el banquillo, como dentro del campo de juego.

Hoy el Barcelona es el resultado de las mejores influencias históricas del fútbol creativo, incluida la propia, si añadimos a las matrices arriba citadas, la consolidación de ese tridente sudamericano —Messi, Neymar, Suárez— procedente de las mejores escuelas, las genéticas más exitosas —Brasil y el Río de la Plata—, y las escuadras nacionales más ganadoras dentro y fuera del Sur de América. De esta manera, el Barça tiene mucho de Holanda, más la incorporación de ciertas claves recogidas por Pep Guardiola de una preclara argentinidad, tomada de las enseñanzas de César Luis Menotti y Marcelo Bielsa, cada uno en lo suyo, y en las que se puede encontrar elementos discrepantes como otros en común. No es pues casual entonces, que tres de los cinco considerados mejores futbolistas de sus tiempos hayan sido alguna vez culés:  Cruyff, Maradona y ahora Messi.

Los cuartos de final de esta versión de la Champions League me llevan a una comparación muy gráfica cuando se miden los valores de la creatividad y los de la guerra. Así tenemos que en el primer terreno, el Bayern de Múnich, el propio Barcelona, el Porto y el PSG jugaron sus partidos con la marca blaugrana como memoria futbolística que supera coyunturas: Los entrenadores del equipo alemán, del portugués y el francés jugaron alguna vez en la ciudad Condal, lo mismo que el actual estratega de los culés. En efecto, Pep Guardiola, Julen Lopetegui, Laurent Blanc y Luis Enrique vistieron la camiseta azul y granate, lo mismo que la principal figura del equipo parisino Zlatan Ibrahimovic y Thiago Alcántara del equipo muniqués. Fueron estos cuatro equipos, con el Barça como más influyente en los recorridos actuales de cada uno, los que protagonizaron partidos en los que se impusieron rotundamente los argumentos de la tenencia y el ataque con diferentes matices, pero con las ideas clarísimas en cuanto a prioridades: Elaboración paciente del juego en corto, utilización del juego directo cuando las circunstancias son ideales —Iniesta convirtiendo en muñecos a sus rivales para cederle en bandeja platinada a Neymar el balón y generar la apertura en el partido de vuelta—, empleo del cambio de frente o el pelotazo largo para descompensar líneas de fondo amuralladas, generación de juego aéreo en movimiento para la anotación de varios goles de cabeza de los cuales, el tercero del Bayern contra el Porto en el Allianz Arena es una poesía visual con el balón jugado a media altura gracias a Lahm que mete un pase desde la banda derecha que Müller recoge en el aire dentro del área grande para perfeccionar la trayectoria hacia la cabeza de Lewandowski, que culmina la jugada.

Mientras esto sucedía en la vereda iluminada, al otro lado, allí donde el fútbol es más una refriega, y un discurso estoico de aguante, rechazo, ponchazo, infracción táctica, reclamos al árbitro, el Real Madrid tenía que probar de la forzada medicina de las rotaciones, debido a las ausencias por lesiones de Marcelo, Modric, Benzema y Bale, con Chicharito batallando entre las topadoras del Atlético encabezadas por Godín, que esta vez no tuvo a un Forlán, Agüero, Falcao, Torres o Costa para intentar el contraataque único y perfecto que le permitiera batir a Casillas en ese inquebrantable plan reactivo con el que siempre juegan los de Simeone que ni siquiera por lo diezmado del rival se atrevió a proponer algo menos conservador y utilitario que lo de siempre y que consiste en roer las piernas de los habilidosos de enfrente, marcarlos y pegarles hasta el cansancio, hasta que el planteamiento juega en contra con una de esas pelotas que rebotan en medio de la confusión que es empujada a los pies de quien convierte el único gol del partido al filo del tiempo reglamentario, los físicos de los guerreros están apaleados, y Cristiano Ronaldo ha sido capaz de vestirse de gran asistidor para que el menospreciado Chicharito decrete el pase a semifinales.

El buen juego ha vuelto a imponerse al fundamentalismo de la eficacia de llenar espacios sin balón y en un golpe de suerte, desnivelar el marcador y así continuar avanzando hacia otra batalla en la que el despliegue físico tiene que resultar extenuante si se tiene en cuenta que con esta apuesta, los futbolistas están obligados a correr más que el balón, a  cruzar, barrer, saltar, cabecear, codear o manotear al rival con lo que terminan produciendo partidos donde el picapedreo quiere imponerse sobre el toque, y los futbolistas están más para el bronce épico porque sus rasgos de combatientes son los que sobresalen por encima de los que caracterizan a sus rivales: talentosos, imaginativos, estilizados, elegantes, creativos y  goleadores.

Así llegan a semifinales el Bayern de Múnich, el Barcelona y el Real Madrid, colada a ellos la Juventus italiana que logró con un solitario gol de penal en el ida y vuelta para dejar afuera al Mónaco. Queda claro que nuevamente se ha impuesto el juego por sobre la especulación táctica. Los grandes equipos van acentuando la consolidación del buen trato de balón, de pensar en que el espectáculo pasa por los goles producto del buen pase, y no de la escapada oportunista que sobrevive en la porfía de resistir antes que en jugar.

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