Fútbol

La muerte de Vilanova y el quiebre del Barcelona

Ganar o ganar Mientras a la mayoría de las fanaticadas les interesa el qué, a los de Cataluña les interesa el cómo.

El defensor del Almería Ximo Navarro marca al brasileño Neymar, en el partido que los catalanes ganaron 2-1 el sábado. Foto: EFE

El defensor del Almería Ximo Navarro marca al brasileño Neymar, en el partido que los catalanes ganaron 2-1 el sábado. Foto: EFE

La Razón (Edición Impresa) / Julio Peñaloza Bretel / La Paz

04:41 / 10 de noviembre de 2014

Los militantes del pragmatismo más esquemático dicen siempre que al hincha en el fútbol lo que le interesa es que su equipo gane, no importa cómo. Esta afirmación puede ser cierta a partir de ideologías como la de Mourinho, pero es falsa en el Mundo Guardiola, donde los culés no deben estar dando saltos de algarabía por cómo ganó el sábado el Barcelona al Almería (2-1), con Piqué, Neymar y Suárez en el banco durante toda la primera etapa, mientras asistíamos a una producción marcada por una crisis de identidad que terminó de instalar el entrenador Luis Enrique que parece no percatarse de que a los aficionados blaugranas les resulta igual de importante ganar como la forma de hacerlo. Mientras a la mayoría de las fanaticadas les interesa el qué, a los de Cataluña les interesa el cómo.

Nadie lo dice, no sé si porque en el periodismo especializado sobre fútbol se obra a revoluciones sin pausa, pero ya no puede haber dudas acerca del momento en el que se produce un corte radical del transcurso futbolístico más perfecto posible que haya podido producir un equipo con historia y muchos trofeos, y durante el periodo más largo que un campeón haya podido ratificar de una a otra temporada, un rendimiento engarzado con la excelencia. El momento en que se produce el apagón en la sala de máquinas donde hasta entonces todas las conexiones estaban revestidas de protocolos de seguridad, termina por concretarse con la muerte de Tito Vilanova.

Se había marchado Pep, Vilanova había recibido la posta y el Barcelona siguió siendo tan bueno, superando los 100 puntos para volver a ganar un torneo de liga como ya había estado acostumbrado el habitué de las gradas del Camp Nou: Jugando con una calidad superlativa y que de ella surgieran los resultados de una superioridad que tenía exasperados a los envidiosos de los modelos de trabajo inquebrantables, combinación de filosofía, gran comunicación y calidad técnica a raudales en la que esa Trinidad conformada por Xavi Hernández, Andrés Iniesta y Lionel Messi demostró cuan posible es combinar los triángulos con las serchas para hacer del juego una alternancia incontrolable de juego en ángulo recto y de circularidad para mover el balón haciendo del pase —no de la gambeta, no del amague, no de la acción individual— el fundamento del proyecto más acabado del fútbol como juego colectivo.  

Fue la tristísima y temprana desaparición de Tito por un cáncer en la glándula parótida, con la que el proyecto barcelonista del nuevo tiempo, inspirado originalmente por Johan Cruyff, la que interrumpió un recorrido en el que el carisma del entrenador concentraba los valores de una escuela de fútbol pero antes que eso una escuela de vida, porque la mano derecha de Guardiola era tan o más acertada en la conducción, debido, precisamente, a que su forma de vivir en el campo era exactamente igual en su casa, con su familia, inculcando en todos los espacios a los que accedía, una ética de la convivencia sustentada en la paciencia y el buen carácter.

No lo dijimos en su momento, porque transcurrimos un día al otro, muchas veces tontamente acelerados, como si no se pudiera hacer como Milton Melgar que ponía la pausa para esconder la pelota del rival cada vez que a su equipo las cosas se le tornaban complicadas. Y es cierto que Jordi Roura, también parte de una matriz cultural  idéntica a la de Pep y Tito, exhibía el talante de la casa, pero el impacto de la partida de uno que en este momento podría ser parte de la élite de los cinco más lúcidos entrenadores, caló muy profundamente en un grupo de jóvenes que habían sido alumnos cuando formaban parte de la categoría cadetes de éste que era para ellos un maestro y un guía, antes que el entrenador de turno.

Mientras Guardiola y su genialidad táctica sustentada en la gran técnica de los jugadores que dirige, ya dibujaba mapas de navegación para el Bayern de Múnich, y se realizaban las exequias del entrañable Tito, se decidía que un entrenador argentino, rosarino como Lionel Messi, salido de la cantera de Newell’s Old Boys como Lionel Messi, fuera convocado para darle continuidad al proyecto en permanente construcción del mejor equipo de todos los tiempos, cosa que Gerardo Martino hizo en la medida de sus posibilidades, dejándolo segundo en la tabla del torneo español y eliminado en Champions en un contexto adverso marcado por ese enemigo de la universalidad del deporte llamado nacionalismo, proyectado en modelo de independentismo catalán, que puso en juego el inconsciente colectivo de rechazo civilizado al forastero, porque éste había sido un asunto de catalanes, ya incluso, sin la fuerte influencia holandesa de años pasados.

Martino terminó maltratado por un puñado de opinólogos nacionalistas hasta la médula, esos mismos que seguramente entrarán en crisis existencial y de intereses si a través de una consulta popular se da curso a la independencia de Cataluña, y el Barcelona Fútbol Club se queda sin liga a la cual pertenecer porque las reglas así lo exigen: Está bien ser muy querendón del terruño, pero en el fútbol, a los catalanes les conviene seguir siendo españoles y más ahora que con Luis Enrique —homónimo del cantante salsero nicaragüense— la crisis de juego se va manifestando como sucedió el sábado, donde hubo demasiados ponchazos y pelotas largas producto de la precipitación, rasgos tan extraños a un equipo necesitado de un estratega en el campo, pero fundamentalmente de un conductor creíble para dialogar con fortaleza en un vestuario liderizado por unos futbolistas que serán recordados con gran nostalgia por muchísimo tiempo como sucede todavía con el Brasil del 70 u Holanda del 74, y que para mayores datos, fueron figuras de la España 2010.

Transcurrido el duelo por Vilanova, el Barcelona tendrá que asumir que sus geniecillos de la pelota no son eternos, que predicciones del propio Martino, ahora seleccionador de Argentina, en sentido de que Messi nunca más será el mismo, anuncian la llegada de la gradual expiración de un ciclo glorioso y encandilante. Conversando con Oscar Céspedes, entrenador de las divisiones infantiles del Barcelona que tiene a un Messi de siete años en sus filas, sobrino de Lionel, me compendió cómo se trabaja en materia formativa en sus escuelas: “En el Barcelona no queremos robots, queremos chicos pensantes que sepan por qué hacen lo que hacen con la pelota, que comprendan el  juego, por qué nuestros procesos enseñanza/aprendizaje están basados en la posesión, y cuáles son las razones por las que pretendemos siempre un fútbol ofensivo con jugadores que no reduzcan su visión a la pequeña parcela o a la posición que ocupan en el campo”. Julio Peñaloza Bretel es periodista. Responsable de Historia y Estadísticas de la Federación Boliviana de Fútbol (FBF).

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