Fútbol

Contra el nacional futbolismo

La xenofobia es enemiga de la universalidad de cualquier expresión

La Razón (Edición Impresa) / Julio Peñaloza Bretel / La Paz

01:08 / 21 de noviembre de 2014

Entre tu pueblo y mi pueblo hay un punto y una raya, la raya dice no hay paso, el punto, línea quebrada” es parte del texto de una canción que define con claridad el penoso provincianismo y la execrable xenofobia, cáncer del fútbol que debemos extirpar todos quienes militamos en la universalidad de la práctica deportiva. Esto a propósito de las irritantes expresiones de un entrenador boliviano contra un colega suyo, argentino él, que trabaja y vive en nuestro país hace varios años.

Se trata de un juego de palabras que ayuda a comprender un estado de cosas instaurado por un reaccionarismo cada vez más en desuso: Nacional futbolismo es una derivación de nacional socialismo, ése que formaba parte de la sigla del partido político liderado por Adolf Hitler en la Alemania nazi de los años 40 y que pretendía una sola nación, una sola cultura, un solo mundo con un solo mando, visión totalitaria que extrapolada al fútbol está vinculada a ciertos criterios excluyentes como aquel que señala que el seleccionador de Bolivia debe ser nacional y no extranjero.

Sería bueno que por lo menos en el pequeño gran microcosmos social del fútbol seamos capaces de salir de la cueva provincial que nos hace patéticamente chauvinistas, para comprender que las selecciones nacionales de cualquier disciplina deportiva representan simple y sencillamente al deporte, y de ninguna manera al país mismo, aunque no hayan dudas de que en el terreno de lo simbólico la selección alemana es Alemania y que su bandera negro, rojo y amarillo es enarbolada casi exclusivamente en justas deportivas y poco utilizada en otras actividades, precisamente por toda la vergüenza históricamente arrastrada por los germanos después del delirio genocida del proyecto exterminador de la raza aria entre 1939 y 1945 en el que predominaban unos gigantescos trapos con una esvástica negra con fondo blanco.

“El técnico tiene que ser nacional” se repite a menudo y sin sustento, cuando tenemos registro que justamente fue un boliviano el seleccionador durante cuatro años consecutivos —Erwin Sánchez—, es decir el entrenador que más tiempo continuo ha permanecido al mando del equipo Verde (2006-2010), y teniendo presente, al mismo tiempo, que un brasileño —Danilo Alvim— y un vasco español —Xabier Azkargorta— fueron los responsables del equipo nacional en los exitosos procesos de 1963 y 1993.

Digo esto a propósito de las lamentables declaraciones de Julio César Baldivieso (Wilstermann), aludiendo la nacionalidad de Víctor Hugo Andrada (Real Potosí), quien no ha demorado en responderle que debería leer algún libro de táctica para hacer que su equipo deje de jugar al pelotazo. Julio volvió a las andadas, qué vamos a hacer, y es bueno recordar que no es esta la primera de sus expresiones xenófobas, asunto que constituye una paradoja en él, si consideramos que su carrera como futbolista ha sido fundamentalmente exitosa, especialmente en el plano económico, fuera de nuestro país.

Si mañana se designa a Mauricio Soria, o a Eduardo Villegas, en el cargo que habilita a alguno de éstos a dirigir la selección boliviana, no será porque es su pertenencia nacional la que les abre las puertas para acceder a tan importante responsabilidad, sino por la demostrada solidez de formación, conocimiento y experiencia profesional de cada uno de ellos, únicos argumentos que debieran ser válidos en el momento de elegir profesionales en esta y en cualquier otra materia.

Si siguiéramos la línea xenófoba de Baldivieso y la de varios otros, deberíamos estar horrorizados por el hecho de que un argentino dirija a la selección de Colombia, que un colombiano haya dirigido a la de Ecuador, que un uruguayo dirija a la de Perú, y que otro argentino sea el tercero consecutivo que se hace cargo de la roja chilena. Ese nacional futbolismo es comprensible en individuos estrechos de miras que se han formado insuficientemente en la casa y en la escuela, y que lamentablemente han viajado muy poco, y de ninguna manera en una actividad profundamente intercultural como es la del fútbol en la que así como hay equipos que solo admiten jugadores de origen propio —Athletic Club de Bilbao— hay otros que cuentan con un 80 o 90% de futbolistas procedentes de otras latitudes, por ejemplo en algún equipo italiano y en varios ingleses.

La xenofobia es enemiga de la universalidad de cualquier expresión cultural y deportiva. Y si tuviera manera de propagarse como el virus más contagioso y letal de la convivencia humana en este país profundamente plurinacional, Néstor Clausen no debió haber dirigido a nuestra selección para el partido en el que se obtuvo un triunfo sobre Venezuela, luego de dos años de sequía, y Damián Lizzio no debió ser convocado, aunque en el momento de la evaluación posterior fuera considerado como uno de los más destacados del juego, autor del segundo gol para la victoria nacional.

Alguien me preguntó con toda solemnidad de dónde era yo, de qué lugar llegaba, dónde había nacido, cuáles eran mis orígenes. Le contesté muy suelto de cuerpo que soy aymara-francés y provoqué una mirada de ojos desorbitados, propia de cualquier dibujo animado. Argumenté mi definición: Dije que por línea materna habían llegado unos franceses hacia el Perú y Chile a mediados del siglo XIX para instalarse en nuestra América y que por línea paterna tenía orígenes extremeños, pero que por autoidentificación soy aymara porque nací en una ciudad andina, soy entusiasta defensor de la cosmovisión indígena de este lado de Bolivia, que creo en la ritualidad de este hábitat cordillerano y no he encontrado una mejor palabra para definir nuestra espiritualidad que “ajayu”. Resumen: Soy aymara francés por decisión propia, y en muchísimos sentidos, más aymara que francés, para incredulidad de ésos que no faltan.

Y en el fútbol, cuando disfruté a Pelé era de Santos, Sao Paulo; cuando admiré a Cruyff me hice holandés, cuando seguí a Maradona fui bonaerense, cuando vi una y mil veces las jugadas y los goles de Ronaldinho Gaúcho fui de Porto Alegre, Río Grande do Sul, ahora que veo seguido a Messi y a Bielsa soy rosarino y cuando jugaba el gran Erwin Romero no dudé un solo segundo en ser cruceño, y por supuesto, cuando celebré el dominio de campo ejercido por Julio César Baldivieso fui más cochabambino que todos mis amigos auroristas juntos.

Claro que debe existir un orgullo patrio cuando un futbolista recibe una convocatoria a la selección de su país. Claro que debe hacer de su pertenencia un argumento profundo por el cual luchar por ciertos objetivos deportivos. Pero claro también que el fútbol es solo un juego y que los puntos y rayas fronterizos son referencias competitivas, maneras de practicarlo, formas de comprenderlo y vivirlo con intensidad. Por todo esto basta de nacional futbolismo y de xenofobia, y más bien toca darle las gracias a Clausen, futbolista de la Argentina campeona del mundo del 86 y entrenador de seis equipos bolivianos, que nos recordó que nuestra selección puede conjugar el buen juego con el triunfo como lo hizo frente a la vinotinto el martes 18 de noviembre.

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