Fútbol

La pasión la puso Italia

Italia sacó ventaja de su tradición defensiva y los ‘azzurri’ atacaron menos pero mejor

La Razón / Julio Peñaloza Bretel / La Paz

02:46 / 29 de junio de 2012

El fútbol sin fuego, sin garra, sin cuchillo entre los dientes es el que hace hoy España. La perfección se convierte en paradoja, porque de tanta precisión se puede perder la emoción por jugar y si llega a la final en esta Euro es gracias a ese lugar común en el que se le reconoce su “suerte de campeón”. Alemania se relajó de manera desconcertante y recordó cómo Argentina sucumbió ante los mismos germanos (0-4) en la Copa del Mundo sudafricana, ofreciendo demasiadas ventajas en defensa.

Los italianos, en cambio, con un director técnico que se pasó por el forro su identidad defensiva y resultadista, se hizo poderosa en tanto fue a buscar el arco de enfrente con   una avidez que no se le veía en los últimos años.

España debería conservar algo de furia y dejarse de melindrosidades para salir a la cancha como lo hace ahora. Lo mejor de esa furia picapedrera, como imagen histórica superada por un fútbol colectivo y bien sincronizado, estaba garantizada con jugadores sanguíneos como Carles Puyol, que ordenaba como gran comandante en la línea de fondo, y David Villa, goleador de Sudáfrica 2010. Ahora que no están, y sin héroe al cual aplaudir, España toca y toca pero no emociona, y gracias a su suerte de campeón se mete a la final por la rendija de los penales. La corrección en los rendimientos no es, ni de lejos, sinónimo de gran talento y como dijéramos hace dos años, días antes de que se iniciara Sudáfrica 2010, el fútbol español es una cosa con Messi y otra sin él.

Por eso esta Eurocopa se estaba haciendo incorregiblemente plana, hasta que los italianos empezaron a informarnos con sus sorprendentes  actuaciones que iban a arriesgarse a otra cosa. A contradecir su propia historia e identidad, plagada de destrucción, amurallamiento defensivo y un par de grandes delanteros que esperaban para la estocada final, sólidos en el área, y para recordar tal cosa, suficiente con citar a Paolo Rossi y a Roberto Baggio. La Italia de Cesare Prandelli que en cuartos de final se fue encima de Inglaterra con una llamativa vocación ofensiva y por lo tanto —los que casi siempre jugaron a no jugar ahora quieren la pelota sin mediocres temores a la derrota— fueron todavía más arrojados para avasallar a Alemania que hasta ayer no se había despeinado en ninguna de sus actuaciones.

Con dos símbolos de trayectoria larguísima, Buffon en el arco y Pirlo organizando, repartiendo y colaborando en la marca, estaba por llegar esa “otra” Italia, tantas veces despreciada desde el norte rico y fashion frente al sur de desheredados y morenos, que alguna vez supo representar con rabia creativa y vocación para la revancha, Diego Armando Maradona, vistiendo la celeste del Nápoles. Pues bien, no se trataba ahora de un sudaca barriobajero, sino del afro-italiano de origen ghanés, Mario Balotelli, que la rompió en el Manchester City en la última temporada con ese temperamento irascible, propio del rebelde que desprecia lo políticamente correcto.

La Alemania de Low, candidata indiscutible al título, que había llegado con cuatro partidos ganados a la semifinal, tuvo que pagar cara la subestimación, probablemente subconsciente de sus figuras, que seguramente creyeron que el asunto de llegar a la final contra España era un mero trámite administrativo. Italia sacó ventaja de su tradición defensiva porque neutralizó cuanto intento ofensivo germano fue gestado con convicción, pero con un desorden producto  de la disputa de la pelota ganada por los azzurri, que atacaron menos pero mejor, porque fueron ellos quienes supieron fabricar las opciones de incluso alcanzar una goleada histórica.

Y si Pirlo fue el cerebro, Balotelli fue el héroe de la ópera con dos golazos que como dijo alguien, para bien del fútbol que no quiere sociópatas, lo elevan y distraen como gran figura, y como el consumador de una victoria que no admite discusiones. Consciente de incurrir en contravención a las reglas,   se sacó la camiseta para mostrarle al mundo sus años de gimnasio y para más datos sobre su controvertida personalidad cabe citar lo que afirmara antes del inicio de esta Eurocopa en sentido de que, antes de que si alguien le lanzaba un plátano a la cancha, en alusión a lo que tuvo que soportar Neymar en La Paz, no le importaría ir a la cárcel, porque se encargaría de asesinar al agresor.

Alemania se fue cayendo a pedazos, perdió permanentemente posiciones en retaguardia y en los últimos cinco minutos su imagen ya era lastimosa con el portero Neuer saliendo hasta el círculo central para “empujar” a sus compañeros a buscar fortuna, cosa que llegó muy tarde con ese rebote en la mano de Bonucci que posibilitó el penal para el descuento a cargo de Ozil. Los amantes de las percepciones invariables dicen que Italia hizo como siempre catennacio, pero según da cuenta la historia del fútbol, lo que hacía Italia era siempre salir de contra y meter un pelotazo al épico goleador de turno, y ayer demostró que se puede salir jugando y tocando, ocupando los espacios y sin complejos para disputar la posesión de la pelota.

En la final del domingo Balotelli  y Sergio Ramos se van a gruñir todo el partido y seguro que en las pelotas divididas no pocas veces se transgredirá el reglamento. España tiene más problemas para plantear el partido porque aparece como probable que la actitud caliente de los italianos termine aplastando la gélida perfección española. En todo caso es preferible esta final con dos estilos contrapuestos que significará una batalla sin concesiones en la que abrir el marcador, en los papeles, se nos antoja dificilísimo.

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