Fútbol

Las razones del 8-0 - Julio Peñaloza Bretel

La Razón / La Paz

02:24 / 18 de mayo de 2012

Fue en un contexto superficial y reduccionista que las radios y las televisiones abordaron la derrota soportada por Bolívar contra el Santos, que a los tres días de conseguida la clasificación a la siguiente fase de la Copa Libertadores de América, se consagraba nuevamente campeón del torneo paulista, mientras la Academia de nuestro fútbol se presentaba en un Hernando Siles casi vacío para golear 4-0 a La Paz Fútbol Club y terminar la semana con ese consuelo en la que fue la más penosa de toda su historia.

Absorbidos en sus afectadas inflexiones de voz, en el uso de unos cuantos esquemas que no explican nada, gran parte de los narradores y comentadores de radio y los animadores deportivos de la Tv dijeron cosas parecidas a las siguientes: “Bolívar se equivocó al querer jugarle de igual a igual a un equipo como el Santos”. “Debió pisar tierra, reconociendo la enorme superioridad del rival”. Esos mismos decían horas previas al partido jugado en Vila Belmiro que los celestes habían clasificado con suficiencia a la segunda fase de la Copa, gracias a que su técnico supo inculcarles afrontar con el mismo temperamento los juegos como local y visitante. Pues bien, una cosa es encarar partidos con el mismo espíritu, es decir jugar “once contra once”, y otra muy diferente es saber plantear tácticamente un partido, con mínimo margen de error, sabiendo detectar a tiempo las limitaciones propias y teniendo un preciso conocimiento de las virtudes de enfrente, en este caso, ampliamente superiores en todos los sectores de la cancha.

Ángel Guillermo Hoyos no se equivocó en el trabajo de mentalización del equipo, sino con el autoengaño en el que incurrió creyendo que los desempeños frente a la U Católica, Unión Española y Junior de Barranquilla eran prenda de garantía para seguir avanzando con éxito.  Si miramos con detenimiento los rendimientos en esos seis partidos —tres victorias, dos derrotas y un empate— comprobaremos que el supuesto juego de conjunto con pretensiones de profundidad ofensiva nunca alcanzó niveles de regularidad y contundencia, en tanto los jugadores de los que disponía Bolívar no daban la talla para tales propósitos —un medio terreno poco creativo y mal abastecedor de sus delanteros—, peor si quedaban fuera por lesiones William Ferreira y luego Lucas Scaglia, que insinuaba convertirse en ordenador-bisagra en la mitad del campo.

Bolívar trastabillaba con una seguidilla de empates en el torneo doméstico y creía que preservaba un material humano de incalculable valor para la Libertadores y terminó como un equipo de actores secundarios sin nítidos referentes de calidad y de argumentos técnicos para hacer la diferencia, rasgo que ha distinguido históricamente al cuadro celeste con valores de fuerte personalidad y enormes virtudes en el manejo de la pelota.

Si un equipo visitante entra con un libreto y es sorprendido con un gol tempranero, producto de haberle dejado patear desde fuera del área a una figura como Elano que sorprendía a Argüello lo suficientemente adelantado como para que su estirada fuera infructuosa, debía entrar en aplicación inmediata un planteamiento reordenador con ajustes en la recuperación en el medio, pero si ese planteamiento no asoma y es el mismo portero el que comete una infracción con un ingenuo empujón a un delantero rival en el área chica, luego de las pifiadas de Wálter Flores y Edemir Rodríguez, la hecatombe será imposible de evitar y lo que vendrá a continuación será un deambular con desajustes en todas sus líneas, con un desparrame en la cancha, y un conjunto incapaz de cerrar espacios o de “esperar escalonadamente” (Frontini dixit) a Neymar y a sus amigos.

Bolívar tuvo siempre directores técnicos de convincente personalidad, a los mejores valores del medio local, y el plus de certeras contrataciones de valores extranjeros.  En esta ocasión, tuvo un buen organizador de lo no futbolístico (Hoyos debería ser el gerente) pero un estratega que no supo armar una plantilla con jugadores en los que la personalidad, el temperamento y la jerarquía producto de la experiencia fueran las características primordiales. ¿Lorgio Álvarez? ¿Juan Carlos Arce? ¿Jhasmany Campos? ¿Wálter Flores? ¿Rudy Cardozo? ¿Damián Lizio? Ni siquiera Ferreira con todas sus facultades pudo posicionarse como líder y aquí encajan odiosas pero necesarias comparaciones: Luis Gregorio Gallo,  Carlos Aragonés y Julio César Baldivieso, esos fueron en su tiempo mandamases en el campo.

Los nombrados, se supone, son lo mejor en la actualidad del fútbol boliviano, pero ninguno de ellos tiene el carisma y la fortaleza necesarios para hacer honor a la tradición y a la identidad bolivaristas y en la medida de esas insuficiencias, el picnic del Santos nos hizo sentir que el 8-0 pudo fácilmente haberse convertido en docena, si no sucedía que los brasileños quitaron el pie del acelerador a partir de los 70 minutos apiadándose de sus estropeados visitantes.

Así perdió Bolívar, magullando su clasificación a segunda fase con tan estruendosa goleada. Lo tenía todo muy organizado y bien planificado en el trabajo semanal, pero se equivocó desequilibrando la atención simultánea a las obligaciones domésticas y a las internacionales. Tiene un muy buen esqueleto de funcionamiento institucional, parece que el trabajo de Óscar Villegas en las divisiones juveniles va en serio, pero como nunca antes sucedió en su historia desde la década de los 70, careció de brújula para sintonizar hombres y nombres en la conformación del equipo.

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