Fútbol

La rendición de Guardiola

Pep no lo sabía, pero día antes había firmado su capitulación ante el genio

La Razón (Edición Impresa) / Julio Peñaloza Bretel / La Paz

04:37 / 08 de mayo de 2015

Este Barcelona está para campeón y tendría que suceder algo demasiado desconcertante para que no consiga la clasificación a la final del 6 de junio a jugarse en Berlín. Guardiola es un gran estratega, pero el genio cuando juega encendido, definitivamente no hay quien lo detenga, más si ahora al toque, su equipo, le ha añadido blindaje.

Nunca se sabrá si con intenciones manipulatorias o por sincero reconocimiento ante evidencias irrefutables, Pep Guardiola no tuvo mejor idea que afirmar la que 24 horas después sería una verdad más grande que el Camp Nou: “A Messi no hay cómo pararlo”. Verdad. El Bayern que había tenido hasta el minuto 76 como figura a Manuel Neuer, portento en los achiques de ángulo a los delanteros que logran el cara a cara con él, fue batido con disparo rasante y mordido al primer palo a pase de un inspiradísimo Dani Alves, y pocos minutos después con un sombrero de media ala por encima de sus dos metros, luego de que Boateng cayera como un poste de electricidad mal instalado cuando el 10 rosarino lo amagaba para sacárselo de encima y lograr el segundo gol por el costado derecho del área grande. Algo así como si Pulgarcito con su candor, más cerca del suelo que del cielo, pusiera en evidencia ante el planeta entero que Gulliver en el país de los enanos es lo suficientemente torpe para dejar al descubierto su falta de cintura.

Pep no lo sabía, pero un día antes del partido había firmado su capitulación ante el genio. Había dejado entrever la limitación del principal hombre de un banquillo: El entrenador podrá ser locuaz y eficaz en su comunicación con cada jugador, sabrá cómo conseguir los mejores rendimientos de sus dirigidos, maximizando sus fortalezas y escondiendo sus debilidades, tendrá claro como marcar sistema y movimientos en el campo, pero ahí terminará su tarea porque Perogrullo nos dice siempre que por más brillante estratega que sea, el entrenador, director técnico, director táctico, o como se le quiera llamar, éste no juega. Dirige, indica, trata de corregir pero mira de afuera, como todo el resto del común de los mortales y con mayor tendencia a la crispación si en el campo no están en su equipo Franck Ribéry o Arjen Robben, jugadores que pueden resolver con su poderío y talante para improvisar, lo que el miércoles no pudieron Lewandowsky, Muller y después Gotze.

Guardiola tenía que enfrentarse al mismo y perdió como debe perderse en los grandes acontecimientos, esto es, a través de la constatación de que la calidad técnica es la que hace que un diseño de pizarrón funcione, jamás al revés, y para ejemplo suficiente con entender la forma en que Neymar concreta el tercer gol: Luis Suárez toma el balón cerca al círculo central, le cometen infracción, termina en el piso, pero esto no evita que el pase llegue a Messi, y éste, ante el adelantamiento y caos posicional del Bayern, luego de que el árbitro con perfecto criterio otorga ley de la ventaja —no cobra la infracción contra el uruguayo— habilita al brasileño que encara al portero, engaña al mastodonte con un quiebre de cuerpo y envía el balón que ingresa por el centro del arco. De esta manera en una jugada con dos pases queda resumida una de las fórmulas combinadas de este Barcelona de Luis Enrique, que había sido tan estratega como su excompañero, solo que sin poseer esa aura mítica que lo convierte en personaje, porque lo suyo es nuevo, y porque no es de los tipos estilizados o enigmáticos con ínfulas de coquetería bajo perfil que vaya sembrando reverencias en su favor.

Digo fórmula combinada, porque en esos dos pases que facilitan el 3-0 puede encontrarse la amalgama entre potencia física y sutileza, es decir, la fuerza uruguaya de Suárez, la magia del mejor de todos, y la plasticidad inequívocamente brasileña que con liviandad musical somete al mejor arquero de esta época, obligándonos a reconocer a todos, futboleros y no futboleros, que la belleza del engaño en el fútbol hace que lo penado en la vida común y corriente a este lado de la realidad —tomarle el pelo a alguien—merezca aplausos de admiración e implique legítimos motivos para el festejo. Uruguay y su garra, Argentina y su genio, Brasil y su danza suman más de un siglo de genética e identidades culturales para explicar de dónde y por qué emergen de estas tierras calientes en las que gobierna la pasión, futbolistas de estas dimensiones contra los que ningún Mariscal de la estrategia podrá, porque sencillamente la genialidad no forma parte de ningún guión de hierro.

Cierto, no hay Guardiola que pueda parar a Messi, y no hay Bayern alemán con la intensidad de la era de Jupp Heynckes que tenga los candados para cerrarles el paso a este puñado de compañeros, porque así se tratan entre todos en el mejor sentido de lo que significa el compañerismo, que saben demasiado con la pelota y que gracias a su sabiduría y a su capacidad artística para hacerla rodar por el campo, han sido capaces de rediseñarse y recargarse: El Barcelona de hoy es más fuerte que el de ayer porque ha mejorado ostensiblemente su trabajo de presión alta, recupera mejor y más rápido, y está sabiendo demostrar que los modelos tácticos mixtos funcionan si se cuenta con jugadores provistos de recursos expresivos para desplazarse sobre la base de las variantes que se les dé la gana. El Barcelona de Enrique ha vuelto a ser el equipo en el que mejor se pasa el balón, pero además ha aprendido a morder al rival cuando éste se propone jugar de la misma manera, juntando líneas, pretendiendo salir también con la posesión, solo que con intérpretes que demostraron que hay en el fútbol, según las coyunturas, algunos insustituibles y son éstos los que hacen la diferencia.

Nervioso, impartiendo indicaciones más de la cuenta, con desesperado gesto de corrector de falencias, Pep había mandado a su equipo al campo con tres en el fondo y tuvo que rectificar muy temprano, añadiendo uno más en la retaguardia porque las bandas a cargo de Alba y Alves, y los movimientos por el centro con Busquets, Iniesta y Rakitic prometían gran dinámica de recuperación y casi simultánea gestación ofensiva, lo que fue generando demasiada inseguridad en el equipo bávaro que hace dos años, con prácticamente la misma plantilla, le había encajado siete goles en el ida y vuelta.

Al entrenador nacido en Sampedor le debe estar reventando la cabeza para elucubrar alguna fórmula que pueda, en alguna medida, quitarle capacidad de desplazamiento a Messi cuando se produzca el partido de vuelta en el Allianz Arena de Múnich. Hasta hace un par de años, esta necesidad era algo menos complicada de resolver porque los blaugranas no tenían el contrapeso con fortaleza física que han logrado adquirir ahora con jugadores muy fuertes para el choque y el arrastre de adversarios como sucede con Suárez del que se tenían grandes dudas a su llegada por no poseer las exquisitas cualidades que caracterizan la marca histórica de la casa.

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