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El futbolista ¿nace o se hace?

James Rodríguez La zurda magistral viene de fábrica porque la sensibilidad con el balón no se adquiere, se tiene; la coordinación, igual

Una obra de arte. Un dibujo de James Rodríguez realizado por Heather Rooney, una inglesa de unos 20 años que tiene una muy bonita galería. Foto: notengotele.com

Una obra de arte. Un dibujo de James Rodríguez realizado por Heather Rooney, una inglesa de unos 20 años que tiene una muy bonita galería. Foto: notengotele.com

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Barraza

01:00 / 06 de octubre de 2014

Laureano Ruiz, 77 años, es un famoso entrenador español de juveniles, una autoridad en su país por sus aptitudes de formador, que revolucionó las inferiores del Barcelona creando el llamado “Método Barça”. Él sostiene la teoría de que el futbolista no nace, se hace con base en aprendizaje, repeticiones y entrenamientos. Su lema es “hacer, corregir, repetir”. Ruiz conoció a Maradona cuando éste pasó por el club azulgrana, y luego a Messi. Cuenta que a ambos les formuló la misma pregunta: “¿Cuántas horas en tu niñez le dedicabas al fútbol? ‘Todas’, me contestaron. Y es así, porque futbolista uno se hace, no nace”.

Ruiz nos da un precioso tema de debate: ¿El futbolista nace o se hace...? Mirando a Cristiano Ronaldo decimos se hace. Cada movimiento suyo —ágil aunque no natural, veloz pero no elegante— es el producto de miles de ejercicios de repetición, de mucho entrenamiento físico y evolución técnica con base en dedicación y constancia. Observando a James Rodríguez cruzamos de vereda y afirmamos lo contrario: el talento nace. La zurda magistral viene de fábrica porque la sensibilidad con el balón no se adquiere, se tiene; la coordinación, igual. El control, el dominio, la distinción en el juego, todo lo atinente a la relación con la pelota es un don conferido por la naturaleza, desde luego potenciado por la vocación, por el niño que está de la mañana a la noche jugando a la pelota en el campito, al que la madre debe regañar para que coma, para que estudie, porque él quiere seguir jugando, hasta que el crepúsculo y la noche den el pitazo final por ese día.

A partir de la niñez, entonces, de su pasión por el juego, el futbolista también se va forjando, va creciendo como tal, perfeccionando movimientos, puliendo virtudes, acopiando conocimientos y conformando el carácter, este último un factor primordial para llegar a la cima. No existe el crack sin carácter, esto está indisolublemente ligado a las virtudes técnico-físicas. En James confluyen las dos corrientes: nació y se hizo. En esa andadura de la formación, tuvo su propio Laureano Ruiz, alguien ciegamente convencido en la potencialidad del trabajo y el perfeccionamiento: Juan Carlos Restrepo, su padre adoptivo. Él observó, con asombro e ilusión, cómo el niño James, a los tres años, golpeaba el balón con delicadeza y acierto. Lo cuenta en el libro James en la cima del mundo: “Cuando lo vi con un balón recuerdo que pensé: ‘Este niño tiene un bonito talento’. Yo tenía una cosa muy presente y era que, al tener un hijo, como padre no tenía que preguntarme qué iba a estudiar sino qué talento tenía. Desde los tres años, Jamesito tenía su zurdita fina; un niño a esa edad le pega con la punta del pie al balón y él ya manejaba las superficies de contacto. Impactaba con el borde interno, con el externo, pisaba el balón... Inicialmente lo entrené yo, lo llevaba al parque para tratar de enseñarle lo que aprendí en las inferiores de Deportes Tolima. Yo le lanzaba balones, James era muy pequeño, pero yo notaba que tenía intuición. Le pegaba bonito y pensé que tal vez era diferente al resto de niños que jugaban y había que ponerle cuidado. Se me metió eso en la cabeza y se lo comenté a su mamá”.

Desde ese primer momento Juan Carlos lo imaginó futbolista profesional y no paró un instante hasta verlo convertido en tal. Lo hizo vivir para el fútbol, lo inscribió en una academia, le puso entrenadores particulares, preparadores físicos, médicos que mejoraran su alimentación, lo estimuló, lo acompañó y delineó su carrera. Cuando salía del entrenamiento, tanto en Envigado como en Banfield, James iba a lo de su director técnico particular, a continuar puliéndose.

Lo que no se fabrica es el genio. James Rodríguez futbolista profesional es el resultado de muchos desvelos propios y familiares, James Rodríguez crack es esencialmente un producto de la creación, al punto de que a los diez años jugaba igual que ahora. Hasta los más grandes artistas de la música, la pintura, la literatura, van acopiando elementos y mejorando su técnica. Su madre, Pilar, deslizó una sentencia iluminada: “Él no quiso ser futbolista: nació futbolista”. Su arte fue madurando hasta adquirir este sabor exquisito de la actualidad, pero es naturaleza pura, como lo demuestra su precocidad notable. A los 14 años debutaba en Primera División en Envigado, a los 17 asombró siendo revelación en Banfield, en un fútbol difícil como el argentino, a los 19 saltó a Europa y siguió su parábola ascendente. Aún con 21 protagonizó un pase megamillonario al AS Mónaco y todavía con 22 fue superestrella del Mundial 2014, siendo el goleador y el autor del mejor tanto de un torneo que, para muchos analistas, entrenadores y exfutbolistas, fue el mejor de la historia.

Un testimonio que ayuda a entender cómo el crack nace pero luego el profesional se forma, lo da Eduardo Lara, técnico del prodigio de Ibagué durante casi cinco años en las selecciones juveniles colombianas Sub-17 y Sub-20. Lara lo describe como “un chico muy calidoso, educado, que le gusta escuchar, y ha tenido mucho apoyo de su mamá, que estaba siempre pendiente... Lo veníamos siguiendo desde chico. Y pese a que él daba un año o año y medio de ventaja a casi todos los demás jugadores, desde el primer día marcó diferencias por su talento y se ganó el respeto de sus compañeros siendo menor que ellos. A partir del Sub-17 estuvo con nosotros en todos los torneos hasta el Mundial Sub-20, ya después pasó a la Mayor”.

Luego resalta un factor clave en la personalidad del jugador, el que determinaría su llegada a la cúspide: su dedicación casi obsesiva por mejorar: “Al revés de la mayoría de los chicos, a James había que llamarle la atención, pero no para que trabajara, sino para que parara. Se quedaba largo rato a patear tiros libres después del entrenamiento y con el profesor Rodrigo Larrahondo teníamos que estarle encima: James, pará un poquito... por el aductor, por el desgaste que te provoca... Es que en los sudamericanos se juega día por medio... Aparte de su talento es un chico que ama lo que hace, muy entregado a su trabajo, le gusta practicar, perfeccionarse todo el tiempo”.

Laureano Ruiz afirma que el futbolista se hace; James Rodríguez ofrece otra versión: nace y se hace.

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