Marcas

Los indispensables

Son los jugadores que poseen eso que se llama visión periférica para dirigir orquestas

La Razón / Julio Peñaloza Bretel / La Paz

00:15 / 23 de noviembre de 2012

Los grandes genios del fútbol de ayer y de hoy no podrían brillar con tan grande nitidez sin quienes son los verdaderos constructores de la propuesta colectiva de juego, esa que permite el sello de identidad de un equipo con trascendencia histórica. Messi no sería tal sin Xavi Hernández y Andrés Iniesta en el Barcelona, y sin Angel di María en la selección argentina, y Cristiano Ronaldo no podría todo lo que sabe sin Sami Khedira, Xabi Alonso o Mesut Ozil.

Apantallados por nombres y renombres, embotados por las ráfagas publicitarias que le sacan el jugo al talento y reprises incontables de genialidades y goles, en suma, sometidos al compulsivo ejercicio del zapping, el fútbol como nunca antes televisivo nos tiene mareados con su hiperoferta semanal de partidos disputados en los mismos horarios,  al punto de exponernos a quedar obnubilados ante la chilena de Ibrahimovic contra Inglaterra para la victoria de Suecia (4-2), con todos los goles anotados por Slatan en ese partido de calendario FIFA, o esa otra chilena igual de fabulosa convertida por el francés Philippe Mexes para el triunfo del AC Milán sobre el Anderlecht de Bélgica (3-1) en la Champions League, o a quedar indignados con la grosería del brasileño Luiz Adriano, delantero del ucraniano Schakhtar Donetsk, que anotó la apertura del marcador haciendo añicos el fair play aprovechando un bote neutral sancionado por el árbitro contra su rival danés, Nordjaelland, para la que sería goleada de su equipo (5-2) con la que clasificó a la segunda fase del principal torneo de clubes europeos.

Concluidas las transmisiones in extenso de cada encuentro, vienen a continuación los programas de noticias, los resúmenes de las incidencias consideradas más importantes y los rankings de las mejores anotaciones que por supuesto privilegian lo hecho por los genios de cada lámpara, dejando para las estadísticas los resultados y para los difusos recuerdos, los trámites de cada partido y es ahí donde siempre me parece interesante incursionar para seguir averiguando acerca de la inacabable fuente de situaciones imprevistas casi nunca catapultadas a acontecimiento destacable, puesto que de cada juego nos quedan en primer lugar el resultado, los goles, las proezas en ataque, y por supuesto las controversiales escenas de faltas, expulsiones, penales no sancionados, grescas por una decisión arbitral o disparos que acaban en los travesaños o en los parantes.

Lo que dura entre 90 y 95 minutos termina encapsulado en “informes” de máximo dos minutos, dadas las exigencias de noticia comprimida, ágil y vistosa que exige el tiempo televisivo, lógica de edición con la que no quedan registrados el promedio de 100 pases perfectos por partido a los compañeros de estos indispensables  que reparten balones en la construcción de repertorios de gestos colectivos y destellos individuales.

En este marco de comprensión, me resultó gratificante la extraordinaria lección de conocimiento y experiencia profundamente fundamentada que ofreció Juan Sebastián Verón en una extensa y riquísima conversación cargada de matices (La última palabra, Fernando Niembro, Fox Sports, lunes 19 de noviembre) en la que explicó, entre otros asuntos de comprensión del juego, por qué jugadores como Messi llegan a ese inalcanzable nivel de calidad y a desplegar una gama de recursos que lo hacen incomparable. Simple y sencillo, explicaba Verón, Messi hace exactamente lo que debe para cada situación que se le presenta porque lee el juego a la perfección: Descarga cuando tiene que descargar, toca y espera devolución, gambetea cuando tiene que gambetear, dispara al pórtico porque está casi seguro que convertirá, se desmarca para arrastrar rivales, traslada el balón hasta la línea de fondo para meter pases al punto penal para que alguno de sus compañeros defina. Messi puede equivocarse, según deduje de la explicación, pero en el peor de los casos, solamente por mala puntería cuando debe rematar hacia el arco rival y casi nunca, en ninguno de los casos, en los que debe resolver situaciones en fracciones de segundo para decidir si corresponde un gesto individual o apelar a la perfecta conexión que tiene con sus compañeros.

Pero Messi, Cristiano Ronaldo y en general los goleadores de los grandes equipos no podrían hacer lo que hacen sin esos indispensables, a veces imperceptibles y muchas otras ninguneados valores, porque sus grandes rendimientos no pueden competir con los efectos desencadenantes de emoción que produce un gol, a los que hay que seguir con atención si se busca una percepción total del juego que pasa por los pies de esos grandes hacedores del juego y que no andan guardados en lámpara alguna por ningún genio de las mil y una noches. Messi no sería tal sin Xavi Hernández y Andrés Iniesta en el Barcelona, y sin Angel di María en la selección argentina, y Cristiano Ronaldo no podría todo lo que sabe sin Sami Khedira, Xabi Alonso o Mesut Ozil, a quien se echó en falta en el 1-1 frente al Manchester City que terminó clasificando al Real Madrid a la segunda fase de la Champions.

Sin jugadores como los nombrados, con dinámica, precisión y absoluto conocimiento de los tiempos y espacios con los que se manejan sus compañeros de retaguardia y ofensiva, el fútbol vertiginoso, preciso y espectacular de hoy sería inviable porque son estos los jugadores que poseen eso que se llama visión periférica para dirigir orquestas, ayudando a resistir como últimos bastiones o emprendiendo la organización del ataque para marcar la diferencia en el arco contrario. De esos jugadores fue precisamente Juan Sebastián Verón, quien “jugaba a hacer jugar” y que nos generaba la ilusión óptica de reducir la cancha a la mitad de su tamaño real, puesta en evidencia por su abrumadora capacidad de dominio territorial, jugando en largo y en corto por todos los puntos cardinales del campo de juego.

Los genios, ya se sabe, son los que marcan época, pero Pelé sin Gerson, Tostao o Rivelinho no hubiera desembarcado en todos los puertos con el éxito por todos conocido, lo mismo que las grandes figuras de hoy, como nunca conscientes de que para imponer el talento personal, saben cuán indispensable es el proyecto colectivo, ése en el que estos otros grandes jugadores no brillarán como ellos, pero que hacen del fútbol esta ambigua y fascinante combinación en la que el Todos y el Uno son cosa inseparable e indivisible.

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