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La inigualable era del Barça

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Barraza es periodista argentino

02:00 / 08 de junio de 2015

París 2006, Roma 2009, Londres 2011, Berlín 2015… Cuatro hitos testimonian un veredicto incuestionable: el dominio hegemónico del Fútbol Club Barcelona a nivel europeo. Que en materia de clubes es la cumbre de la exigencia. Cuatro Champions, sumadas a dos Mundiales de Clubes, siete Ligas de España y dos Copas del Rey otorgan un reinado, confieren un título honorífico, el de mejor equipo de este siglo. Y marcan una era, La Era del Barça. Tal comprobación surge apenas mirando las vitrinas. Observando el juego, el dominio va mucho más allá, se extiende como el Imperio Romano, un vasto manto que abarca gran parte del mapa, y distintas épocas.

Con tácticas diversas y confianza similares muchos han intentado tumbarlo, empezando por el Real Madrid. Y a veces le han ganado, pero no lo han destronado. No han podido. El estilo inconfundible, innegociable del club catalán, sus maravillosos jugadores, han compuesto más que un ciclo victorioso, una época. “Todos creemos tener la fórmula para anularlo, pero al final siempre gana el Barça”, dijo resignado Ernesto Valverde, entrenador del Athletic de Bilbao tras la derrota en la final de la Copa del Rey. También Massimiliano Allegri ideó una estrategia para que su Juventus venciera a estos fenómenos de la pelota; también él fracasó en el intento. Antes fueron Mourinho, Ancelotti, Pellegrini, Laurent Blanc, el mismo Guardiola, Ferguson, Simeone… Los más prestigiosos técnicos de Europa han creído tener el método, pero al cabo manda el Barcelona. Hay como un mandato de grandeza que ordena dominar, atacar, salir al frente siempre, tener el útil, y tratar de dar el máximo espectáculo posible. En todos estos años, que comienzan con la llegada de Ronaldinho y Rijkaard, algunos le han interrumpido la cadena de victorias, no arrancado el trono de mejor.

Intentando minimizar la gloria azulgrana (que nunca les da resultado), muchos dicen que la Liga española (por muy lejos la más dura y competitiva del mundo), es poco seria. Pero en esa liga hay que hacer 100 puntos para coronar. Y 100 goles. Y no se puede ni empatar, porque te pasa el Madrid. O el Atlético. O te bajan el Valencia o el Sevilla (campeón de la UEFA League). A nivel continental, los españoles siguen dominando con amplitud. El FC Barcelona consigue esta nueva Champions tras una campaña fantástica, en la que le tocaron como adversarios cinco campeones vigentes, los de las cinco ligas más fuertes de Europa después de la española: Ajax, Manchester City, Paris Saint Germain, Bayern Munich y Juventus. A todos los venció con holgura y clase. No hay más que eso, por tanto no puede haber discusión: es un campeón brillante.

En este momento aciago del fútbol por las denuncias de corrupción que son un golpe a la pureza del hincha, el Barcelona es una noticia balsámica; es portador de un fútbol ofensivo, vistoso, estético, comprometido con una idea generosa. Le hace bien a la actividad, la mantiene creíble.

Estuvimos presentes en el impresionantemente grande Olympiastadion de Berlín. Todo muy organizado, tranquilo, aunque normal, ningún elemento deslumbrante. Gusta el orden, la prolijidad. Se cruzaron 30.000 forofos del Barça con otros 30.000 tifossi de la Juventus, no hubo ni un mínimo roce, nada. Una corrección que envidiamos. Extrañamos, eso sí, el calor de nuestros hinchas buenos. Los juventinos parecían pintados, mudos. Los catalanes, un poco más ruidosos, nada extraordinario. Michel Platini asistió a la final y entregó el trofeo y las medallas, Blatter no pudo aparecer; no es bienvenido en ninguna parte.

Se enfrentaban dos formas completamente opuestas de entender el juego: el Barça quiere ganar siempre, pero tratando de agradar, de construir fútbol; Juventus, fiel a su estilo italiano, lo que busca simplemente es hacer un gol más que el adversario. Ganó el primero porque existe una enorme diferencia de capacidades. Igual, fue una Juve digna, peleadora, laboriosa, pero se necesita más que eso para ganarle a este equipazo.

Ambos compusieron una final magnífica, tensa, de resultado incierto a pesar de la tempranísima ventaja del Barcelona con un golazo de Rakitic, golazo por toda la combinación previa Messi-Alba-Neymar-Iniesta, rematada con gran acierto por el suizo-croata. “Se llevan cinco”, auguraba un catalán a nuestro lado. Pero no. Le costó al equipo de Luis Enrique concretar el segundo gol, el de la tranquilidad. Y fue avanzando el reloj. Llegó el segundo acto y devino un suceso inesperado: el gol de Morata (que por fin hizo gritar a los miles de italianos).

El factor confianza es un aspecto decisivo en el fútbol. Por él casi lo gana Juventus, por él lo perdió. Tras el empate, creció a tal punto la autoestima turinesa que se fue a buscar el triunfo; casi no parecía un equipo italiano. Le quitó la pelota al Barça y pasó al ataque. Tuvo dos o tres aproximaciones serias al arco del raro arquero Ter Stegen. Pero duró 13 minutos. En ese exceso de fe, Juventus dejó espacios abiertos por primera vez en el partido. Y lo aprovechó Messi para volcar definitivamente el resultado. Arrancó libre desde mitad de campo, imprimió una velocidad de vértigo hasta el área, esquivó a un defensa y, apenas encontró el perfil, sacó el latigazo bajo y cruzado que el gran Buffon tapó a medias, dejando servido el rebote. El verdugo Suárez completó la obra mandándola a la red. Ahí se quebró el partido. Fue la jugada que decidió la final. Lo había explicado Andoni Zubizarreta, el exdirector deportivo del Barça: “Lo que Messi quiere es tener grandes compañeros para que el día que él no pueda hacer el gol, lo haga otro”. Ya los tiene: son Neymar y Suárez. Antes y después vimos un Busquets fenomenal, la súper figura de la final. Dio una cátedra magistral de lo que es un centrocampista. Quitó, ordenó, distribuyó con acierto, fue omnipresente. Y lo más importante: no falló un pase, ese aspecto tan esencial en el fútbol.

El tiempo dirá hasta cuándo durará la dinastía. Mantenerse tan alto es una empresa titánica, más por lo sicológico que por lo físico. El hambre de triunfo es vital. Lo lógico es que baje, aunque con un retoque por línea, el Barça puede seguir brindando festivales. Y acumulando coronas. Al que no le guste que cambie de canal.

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