Internacional

Argentina-Colombia, una goleada de 0 a 0

Se jugó a dejar todo, con altísimo voltaje, a muerte, como decimos en el picadito del barrio

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Barraza / La Paz

00:41 / 28 de junio de 2015

La premura por el retorno a Santiago —y el hecho de que el coqueto estadio Sausalito tenga una sola salida hacia abajo desde el cerro donde está ubicado— hizo que saliéramos con la muchedumbre. Un tubo humano. Fue excelente para palpar el humor del hincha, el colombiano sobre todo. Esa retirada ratificó el comportamiento de las tribunas, todos mezclados y en paz. Resultó edificante, fue una fiesta futbolera.

Apenas el toreo lógico de unos y otros en las tribunas: “Colombianos tienen miedo”, entonaban los argentinos cuando más arreciaba el equipo de Martino; “Argentinos maricones”, devolvían los otros. No pasó de ahí. Y la desconcentración, como decimos, fue pacífica, en silencio, con respeto, sin un grito. La mixtura era igual en las gradas, no hubo sectores para unos y otros, todos intercalados. Y el porcentaje presencial se puede decir idéntico, 40 y 40. Y un 20 de chilenos, que delataban su origen con el clásico “Chi - Chi - Chi… le - le – le… ¡Viva Chile…!”

Conversamos con varios hinchas colombianos en esa partida hacia el centro de la preciosa Viña del Mar. “Si no es por Ospina nos llevamos cuatro”, fue la tendencia general. Hubo cuestionamientos globales, ya no enfocados a Falcao, a todos. Ahora hay convencimiento de que falta juego y por eso no le llegan balones a los atacantes. La gente hubiese dado un brazo por vencer a Argentina. Y aunque se mantuvo el cero y se llegó a los penales, sabe que no se estuvo ni cerca. Se fue triste por la superioridad abrumadora de Argentina. Aun perdiendo le hubiese gustado cambiar golpe por golpe y no estar esquivando toda la noche recostado contra las sogas. Al hincha cafetero, estamos persuadidos, no le preocupa la eliminación, sino el juego. Es como que, un año después de un Mundial que enorgulleció a todos los colombianos, quedara poco de aquel fuego, alguna brasa (James, Ospina, los dos centrales Zapata y Murillo…). ¿Qué fue de aquel material, de aquella dinamita…? Eso se pregunta.

Pékerman se llevó trabajo para la casa: volver a hacer poderosa a esta selección, volver a reconstituirla desde la idea y también desde los nombres. El equipo al que le sobran delanteros se va de la Copa con un gol en cuatro partidos, gol de un defensa y de un rebote. Colombia necesita urgente hallar un socio de James. El crack no es un llanero solitario, es un hombre de equipo, un jugador de asociación, igual que Messi, necesita laderos, compinches, no para que le pongan la pelotita servida sino para generar el desequilibrio, para buscar la pared y encontrar los huecos. Colombia debe reedificarse a partir de James, que así no puede jugar. Lo tapan o lo anticipan y lo anulan. No es su culpa, es el sistema el que lo está ahogando. Y cuidado, que la eliminatoria está a la vuelta de la esquina…

Pékerman tiene aún todo el crédito, no lo ha tocado, pero ahora empezará a gastar de los ahorros. La alineación y los cambios frente a Argentina no fueron felices. Se parecieron a una comedia de enredos. Pareció que faltaba claridad en la torre de control.

Enfrente, los argentinos se retiraron con una rara sensación: la de haber dado mucho y recibido poco. Fue extraño, como una goleada de 0 a 0, un nocáut por puntos. Un tuit pospartido, muy gracioso, fue reflejo del desarrollo: “Posesión del balón: Argentina 90%, Ospina 10%”. Hubiese sido injusto que Argentina quedara eliminada en los penales después de tamaño esfuerzo, de tanta vocación de triunfo. Pero es lo bonito del fútbol, su incertidumbre, su carácter imponderable. La justicia tiene poco que ver con este juego, y acaso eso lo torne tan seductor. La superioridad.

¿Y Messi...? ¿Por qué no hace goles...?, se preguntan exigentes muchos periodistas, como uno del periódico La Tercera, que sugirió que debían “dejarlo en el banquillo”. El problema no es la estulticia del escriba sino que le paguen por decirlo, y que sea publicado. Pero otro diario, Las Últimas Noticias, le respondió con el título principal del matutino: “Messi mete miedo eludiendo patadas, agarrones y pisotones”. Así fue, Lio dio una clase de juego y de lucha, de deseo irrefrenable de ganar. Arias salió a cazarlo desde el minuto uno y le afinó los tobillos, pero igual Lio fue figura. Cuando hay espacios, mata; cuando no, lucha, se muestra, la lleva, se aguanta todo.

Lo absurdo, lo estúpido, es que semejante deseo sano de triunfo se vea premiado con una amarilla, en este caso por el incompetente juez mexicano Roberto García, quien ante la queja del “10” le dijo: “Esto es América, acá es así”. Le faltó agregar: “Acá no hay estrellitas que valgan”. ¡Pobre Roberto García…! ¡Perdona su ignorancia, Señor…! Los árbitros son siempre más severos con una protesta que con una patada.

Porque la protesta es para ellos, la patada es para otro. Messi se lleva una amarilla igual que otros que dieron cien patadas. Arias fue una maquinita de pegar (lo desenchufaron en el vestuario, sino seguía…) y quedó empatado con Messi: una amonestación cada uno; es la obra imperecedera de Roberto García. Gracias a él, si le muestran otra tarjeta en la semifinal a Lio, se quedará sin final. Será responsabilidad de los jueces tamaño despropósito. El tipo que más quiere jugar, el que más busca ganar y agradar. Argentina mejoró, mostró fútbol y determinación para liquidar un partido de los bravos. Pero nada le es fácil, carga desde hace un siglo con el lastre de su favoritismo, como Brasil. Es difícil estar obligado a ganar siempre o que se le burlen. Pero lo intenta, mejor o peor no elude ese destino, ahí está su mérito. No todas son rosas en la albiceleste, su ineficacia es altamente preocupante, genera mucho y concreta casi nada.

Se jugó a dejar todo, con altísimo voltaje, a muerte, como decimos en el picadito del barrio, pero sin mala fe. Fue un choque sensacional (propio de este tiempo) en el que las emociones y el vapor de los cuerpos calientes, sudados, subía hacia el cielo viñamarino. El gol no solo está siendo injusto con Argentina, también con la Copa América. Se ha generado mucho y se ha marcado poco. Los fenomenales arqueros y la fiereza con que se defienden tienen mucho que ver, no la impericia de quienes atacan. Es una de las copas América jugadas con más ardor y ambición que recordemos. Eso también es belleza.

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