Internacional

La Bombonera envenenada

El ‘Panadero’, supuesto autor de la perforación de la manga, pertenecería a una barra opositora a la gestión de Daniel Angelici

Hinchas de Boca en una de las graderías de la Bombonera. Los policías, de espaldas, los miran.

Hinchas de Boca en una de las graderías de la Bombonera. Los policías, de espaldas, los miran. Foto: EFE

La Razón (Edición Impresa) / Julio Peñaloza - periodista

00:00 / 18 de mayo de 2015

Bien haría la sociedad argentina a través de sus instituciones y medios de comunicación en proponerse ejercicios de implacable autoexamen que puedan romper con esa perniciosa tendencia a prolongar festivales de la palabra que generalmente terminan con subterfugios distractivos como los de buscar culpables incluso en los circunstanciales jueces externos a los que toca pronunciarse para dictar castigos que siempre tendrán efectos muy parciales y limitados, si dentro la organización interna no se busca extirpar de raíz y sin ningún tipo de concesiones, a los violentos, infiltrados como hongos en los estadios, último eslabón de una administración política que algún día otorgó legitimidad a las llamadas barras bravas, convertidas en células de activistas y microempresarios que han hecho de cada partido de los torneos regidos por la AFA una fuente para el tráfico de influencias y la generación de ingresos, producto de reventas de entradas y otras prebendas, según los cupos otorgados por las Comisiones Directivas de los clubes a cada facción que al haberse convertido en depositaria de beneficios ha quedado tenebrosamente legitimada.

Las sanciones a Boca Juniors, como resultado de los daños infringidos contra un cuarteto de jugadores de River Plate el jueves 14 de mayo, independientemente del grado de severidad que éstas contengan, no servirán de absolutamente nada si no es la institucionalidad organizada dentro de uno de los países más futboleros del mundo, la que admita, en primer lugar, que con los aproximadamente 50 muertos que la violencia dentro y fuera de los estadios produjo en los últimos cuatro años, hay que hacer algo mucho más profundo y correctivo que clausurar escenarios deportivos, promover sanciones pecuniarias o eliminar de los campeonatos internacionales a los equipos que finalmente terminan como víctimas de sus propios seguidores como sucedió con el apodado Panadero, según informes policiales preliminares, autor de la perforación de la manga, soplete en mano, por la que los jugadores de la banda roja accedían al campo de juego, orificio a través del que se habría introducido una sustancia cacera utilizada en el submundo tumbero carcelario, que provoca insoportables irritaciones en los ojos y en la piel. El Panadero pertenecería a una barra opositora a la actual gestión presidida por Daniel Angelici, dicho sea de paso, miembro del PRO, agrupación política liberal conservador, liderizada por el actual intendente de Buenos Aires y exmandamás boquense, Mauricio Macri, al que le sirvió, y de mucho, la palestra deportiva para perfilarse finalmente como candidato presidencial.

Boca Juniors fue sancionado en siete oportunidades en esta última década, como resultado de los desmanes desatados en La Bombonera, mítico teatro del fútbol provisto de un embrujo que no admite comparaciones por sus características arquitectónicas y por el espectáculo de cánticos y coreografía que despliega “la 12”, fanaticada que desde la tribuna popular fue capaz de interrumpir la continuación del partido de despedida de Diego Armando Maradona (noviembre, 2001), quien, desde el círculo central del campo, tuvo que caminar hasta el alambrado para agradecer junto a las estrellas mundiales y jugadores de la selección argentina, un tributo inolvidable por la emoción que fue capaz de desatar el día en que Diego pronunció una frase que quedó inmortalizada: “La pelota no se mancha”.

Lamentablemente, los aficionados xeneizes, la Policía ausente de las graderías y sobre todo una dirigencia permisiva que no instruyó medidas preventivas ineludibles —habían bengalas por todas partes— contradijeron a Maradona porque la pelota quedó ensuciada en una tierra de nadie, en la que si no se utilizaba la dilación para suspender el cotejo, a fin de que las gradas se fueran despoblando paulatinamente, la posibilidad de una invasión masiva a la cancha estaba servida, lo que habría provocado una tragedia de consecuencias incontrolables, con la cual ya no cabrían dudas acerca de la desnaturalización de la esencia pacífica del fútbol como juego en el país de DiStéfano, Maradona y Messi.

A esto condujo la cultura del “ganar como sea”. A la incubación de la idea que se trata de matar o morir, no solo de ganarle al ocasional adversario, sino de humillarlo, agredirlo físicamente, aplastarlo y hacerlo desaparecer. Así lo hicieron saber los plateístas boquenses apostados cerca de la manga por la que debían abandonar la cancha los dos equipos, cuando ya había sido definida la suspensión, que armados de botellas de plástico recargadas de líquido, proferían incendiaros insultos y amenazas contra los jugadores riverplatenses, y aquí es necesario detenerse para subrayar que no se trataba del estigmatizado lumpen social de enardecidos, sino de individuos pertenecientes a una clase media supuestamente instruida, varios de ellos de la mano de sus pequeños hijos, entre los que destaca nada menos que el intendente de la ciudad de La Plata, Pablo Bruero.

El fútbol argentino es hoy un fútbol de grandes jugadores actuando en los más grandes equipos europeos, un fútbol de exportación temprana que cambió la ruta de los más talentosos juveniles que ya no pasan por las primeras divisiones de su propio país, sino que van directo a las divisiones de reserva al otro lado del mundo y, por lo tanto, los clubes históricos ya no conforman grandes equipos, tal como el propio River Plate lo demuestra que como peor clasificado de la fase de grupos de Copa Libertadores, pasa ahora a cuartos de final, por el comportamiento criminal de un individuo que si solamente hubiera tenido media docena de uniformados delante del alambrado junto a la manga protectora colocada en la boca del túnel asignada al equipo millonario, nada hubiera sucedido, y el equipo dirigido por Rodolfo Arruabarrena habría mantenido intactas sus opciones de triunfo para el segundo tiempo del compromiso, precedido y esto no es poco, de la puntuación perfecta conseguida en la fase inicial, lo que daba lugar a que se estuvieran enfrentando ese día el peor puntuado contra el mejor. Se ha clasificado el peor —River entró por la ventana a octavos—, y esto a los dirigidos por Marcelo Gallardo les servirá para intentar revivir frente al Cruzeiro, y procurar recuperar el nivel que consiguieron en la última versión de la Sudamericana de la que fueron campeones.

Mientras tanto, en Inglaterra, ayer, a la finalización del Manchester City 4 Swansea 2, Sergio Agüero, goleador de la Premier con 25 anotaciones, se acercó lenta y serenamente para regalar su camiseta a algún aficionado. Miró con cuidado y decidió entregársela a una señora que quedó muy agradecida por el gesto. En la Argentina un fanático puede pasarse por el forro de los cojones un alambrado, y un túnel inflable. En Inglaterra, los futbolistas pueden acercarse a darles la mano a sus seguidores. ¿A alguien le quedan dudas que el fútbol argentino se jodió desde que la política y los políticos se metieron a manejarlo?

Julio Peñaloza Bretel es periodista. Encargado de la Historia y Estadística de la Federación Boliviana de Fútbol (FBF).

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