Internacional

Brasil no necesita gatilleros para ganar

Rivalidad. Será difícil establecer con precisión lo ocurrido contra los argentinos de Tigre en vestuario del Morumbí brasileño.

La Razón (Edición Impresa) / La Paz

01:52 / 17 de diciembre de 2012

La rivalidad argentino-brasileña en el fútbol ha alcanzado el intolerable límite de la inseguridad y el coqueteo con la tragedia en la final de la Copa Sudamericana que finalmente premió al Sao Paulo con haber jugado sólo un tiempo del partido que disputaba con el modesto Tigre de Argentina.

Lo sucedido, apenas concluida la primera etapa, condujo a la especulación periodística con la que se desenmascararon los hipócritas que juegan a neutrales, pues mientras los brasileños decían que en la zona de vestuarios “no había pasado nada” y que los jugadores argentinos actuaron con mala intención en el trámite del juego, golpeando a los locales que ya ganaban 2-0, los argentinos, con los auspicios de la Fox y las alarmas de viejito escandalizado desatadas por el comentarista de la transmisión, Fernando Niembro, montaron un espectáculo extra afirmando que hinchas paulistas los habían correteado, que a ello se había sumado la Policía y los efectivos de seguridad encargados de controlar las instalaciones del Morumbí con palos eléctricos, que ya dentro el vestuario les dieron una tunda y que —esto es lo peor—un tipo con uniforme había sacado una pistola.

Los argentinos dirigidos por Néstor Gorosito, otrora gran jugador de San Lorenzo de Almagro, decidieron no volver a la cancha porque consideraban que las condiciones de seguridad no estaban dadas para hacerlo, mientras Rogério Ceni, el legendario guardameta del equipo local,  afirmaba que no sabía nada de lo que estaba sucediendo en el vestuario argentino y en sus inmediaciones, momento en el que la Confederación Sudamericana de Fútbol (Conmebol) ya disponía la logística para premiar a los nuevos campeones con Nicolás Leoz a la cabeza, y las declaraciones de Eugenio Figueredo y Rómer Osuna fijando posición institucional, todos ellos, viejos lobos de la dirigencia sudamericana, no dispuestos a incomodarse por una pataleta que para los brasileños olía a excusa porque en la segunda parte del encuentro, por cómo progresaron las incidencias del juego en los primeros cuarenta y cinco minutos, podía haber llegado una goleada, merced a la incuestionable superioridad paulista.

Como sólo hay imágenes de algunas contusiones sufridas por los jugadores argentinos, una mancha de sangre en la puerta de los visitantes y nada más que eso, será difícil establecer con precisión la verdad con todos sus detalles, pero lo que sí es incuestionable, independientemente de que los argentinos hayan encontrado el pretexto perfecto para evitar volver al campo y llevarse una canasta de goles, es que resulta inconcebible que seguidores de un equipo más un jefe de seguridad amenazante puedan tener libertades ilimitadas para producir alguna barbaridad que finalmente no se tuvo que lamentar.

El hostigamiento del que fue objeto Tigre desde su arribo a la ciudad, ofrece la dimensión fanática con la que se vive el fútbol en Brasil y da la medida de lo que podría suceder si su selección nacional no logra ganar la Copa del Mundo 2014 que tendrá como una de sus sedes principales, justamente el histórico Morumbí, el tercero en capacidad del país, para casi setenta mil espectadores, más preocupante todavía si el propio Joseph Blatter, presidente de la FIFA se pronunció sobre el asunto.

Con los  triunfos brasileños, el del Sao Paulo primero en la Sudamericana y ayer el del Corinthians frente al Chelsea (1-0) ganando el Mundial de Clubes en Yokohama, Japón, habrá que augurar que la música, el juego y todas las más creativas formas de celebración se impongan a las execrables tendencias de los violentos, que los hay en todas partes, y son siempre un factor amenazante de las expresiones más nobles y multitudinarias del género humano. Brasil no necesita patoteros y gatilleros en el fútbol. Le basta y le sobra para repartir alegría al mundo con sus muy competitivos clubes que tienen semilleros de continua producción de calidad y una historia de supremacía que no admite dudas.

El equipo con la hinchada más grande del mundo

Treinta y cinco millones de seguidores tiene el Corinthians de Sao Paulo, incluido  el presidente del país más querido en su historia nacional, Luis Inácio Lula Da Silva. Es multitudinaria, entonces, la celebración de su segunda Copa Mundial de Clubes —la primera la ganó el año 2000.

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Los corinthianos que hace unos meses obtuvieron la Copa Libertadores, que tuvieron que lamentar este año la muerte de una de sus leyendas, el gran Sócrates, se impusieron al alicaído Chelsea inglés con un gol del delantero peruano Paolo Guerrero y nos llevan a recordar la importante incidencia que este equipo ha tenido en la lucha por los derechos y las libertades del país, con una experiencia que en su momento referimos y fue bautizada como “Democracia Corinthiana”.

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