Internacional

Campeones sin juego limpio

El localismo de los árbitros que favorecieron a Chile con distintas intensidades, ayer con la habilidad manipulatoria del colombiano Wilmar Roldán en el Nacional de Santiago, le quita legitimidad, desde la perspectiva estrictamente deportiva, al título obtenido en “su” Copa América.

La Razón (Edición Impresa) / Julio Peñaloza Bretel

00:00 / 05 de julio de 2015

Chile es una selección sutilmente tramposa. Cuando tiene el control de la pelota y domina a sus adversarios, merced a una dinámica perfeccionada de automatismos, puede decirse que se desempeña como cualquier equipo de élite europea, pero cuando es el rival el que le disputa ese saber, apela a la falta táctica para atenuar la superioridad del rival. En ese sentido, la Colombia de José Pékerman es muy parecida, lo que genera como consecuencia que sus hombres de marca y de contención se conviertan en aplicados leñadores como Gary Medel que le mete un patadón al abdomen de Messi y no recibe ni tarjeta amarilla.

El localismo de los árbitros que favorecieron a Chile con distintas intensidades, ayer con la habilidad manipulatoria del colombiano Wilmar Roldán en el Nacional de Santiago, le quita legitimidad, desde la perspectiva estrictamente deportiva, al título obtenido por una selección que es la expresión futbolística del exacerbado nacionalismo en el que patria, balón, bandera e himno terminan confundiéndose y convirtiéndose en una sola cosa.

Chile ganó “su” Copa América con el perdonazo a Arturo Vidal que fue a estrellar su auto luego de divertirse en un casino con el consentimiento del seleccionador Jorge Sampaoli. Chile llegó a ganar en la tanda de los penales, sin que olvidemos el resto de los sudamericanos, que también tuvo que ver la artera agresión de contenido sexual por parte de Gonzalo Jara a Edinson Cavani. Chile es campeón con los cobros desequilibrados de los árbitros que condicionaron a sus rivales, sobre todo a Uruguay y a Perú, que pone nuevamente sobre el tapete la gran interrogante acerca de cómo una mala administración de justicia en el campo puede direccionar triunfos o derrotas, y en esa medida, esta Chile 2015 termina siendo muy parecida a la Brasil 2014 que ofreció una excepcional fase de grupos en materia de calidad de juego, enturbiada por varios malos desempeños arbitrales. Campeones así, son solo detalles anecdóticos e irrelevantes para los que ganar es consigna sin importar la transparencia del cómo.

Cuando se juega un torneo de tan alto voltaje a continuación de los cierres de temporada en el mundo entero, la cosa suena a abuso físico como se evidenció ayer a los 60 minutos del 0-0 en que el rigor táctico se fue por un caño debido a la extenuación de unos y otros, como pudo notarse en los acalambramientos de Mascherano y Lavezzi. La prolijidad y vértigo con los que había arrancado el juego Chile durante los primeros veinte minutos, y el emparejamiento de las acciones por parte de Argentina en materia de tenencia de ahí hasta la finalización de la primera etapa se fueron desvaneciendo de forma lenta y exasperante, cuando tanto chilenos como argentinos habían demostrado en los hechos que por los méritos futbolísticos acumulados, los dos terminaban siendo los campeones del juego, el local, repito, extremándose a través de la tramposa y sistemática interrupción, y el otro marcando superioridad individual porque parar a Messi es sinónimo de infracción, lo mismo que intentarlo contra Pastore, Agüero o Di María que se vio obligado a dejar el campo por lesión y esto le restó potencia ofensiva y profundidad a quien en Buenos Aires le habían pegado muchos palos por sus primeras actuaciones, pero que terminó siendo determinante en cuartos frente a Colombia, y en semis contra Paraguay.

Argentina es la mejor selección sudamericana de la actualidad. Lo demostró frente a Colombia que jugó con una calidad y precisión insuperables, y además contra las patadas, los manotazos y el mal arbitraje, y no ganó porque esa noche David Ospina estuvo para atajar todo. Y  la falta de efectividad contra la Tricolor fue ampliamente compensada con la paliza propinada por la Albiceleste a Paraguay. No necesitó de expulsiones clave a los adversarios para demostrar su superioridad, y como la historia de los penales poco tiene que ver en muchísimas ocasiones con lo sucedido en el desarrollo de cada juego, ayer Higuaín y Banega no estuvieron finos, mientras que Alexis, falto de puntería en dos ocasiones decisivas durante el trámite, fue certero para convertir el cuarto y así conseguir que Sudamérica tenga a partir de ayer un campeón primerizo.

Perder por un par de penales tiene que dar muchísima bronca. Perder siendo los mejores más todavía. Pero si en algo consiste la magia del fútbol como en ninguna otra disciplina es en su imprevisibilidad y esto poco tiene que ver con el azar, los largueros o los parantes. La final fue un partido más emocionante que bien jugado en su segundo tramo, pero lo que se deberá ponderar a todas luces es la impresionante entrega de ambas selecciones hasta la última fracción de segundo. Los partidos definitorios son así, más inesperados en sus consecuencias que cualquier otro y así tenemos que el hipernacionalismo chileno termina premiado por la puntería en la ejecución de cuatro penales. Con eso ganaron. Y el escándalo embanderado en Santiago y en todas las ciudades chilenas no es para menos. Con el trabajo iniciado por Marcelo Bielsa y bien continuado por Jorge Sampaoli han logrado sentar presencia, por lo menos, en su propio continente. Hubiera sido más interesante y destacable que lo lograran sin la sistemática ayuda extra con la que contaron.

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