Internacional

Fallan los que se animan a patear

Terminó la primera fase. Los resultados, que eliminaron a unos y clasificaron a otros, fueron casi un reflejo del premundial

Los jugadores del equipo uruguayo de River Plate se congratulan por la clasificación a seguda fase de la Libertadores. Dejaron en el camino al cuadro chileno de Universidad.

Los jugadores del equipo uruguayo de River Plate se congratulan por la clasificación a seguda fase de la Libertadores. Dejaron en el camino al cuadro chileno de Universidad. Foto: EFE

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Barraza - periodista argentino

06:32 / 15 de febrero de 2016

Se fue la breve primera fase de la Libertadores. Que al cabo resultó interesante. Afuera un equipo cada uno de Bolivia, Perú, Venezuela, Paraguay, Chile y México. Más o menos en la tónica de los últimos años. Pasaron dos de Argentina y uno de Brasil, Colombia, Ecuador y Uruguay. Casi un reflejo de la Eliminatoria. De los 12 que jugaron, el único que ganó los dos encuentros fue el Santa Fe. Y con amplitud. Dígase también que lo de Oriente Petrolero es de una pobreza rayana en la indigencia futbolística. Sin rebeldía y muy desigual desde lo físico, como si compitieran máquinas de Fórmula Uno contra autos de calle. Tener bajo presupuesto no resiste como excusa para lo físico y lo anímico, incluso para lo táctico, se puede trabajar. La mansedumbre para entregarse es inaceptable.

Vaya por ello el homenaje de unas pocas palabras al fútbol uruguayo, cuyos clubes a excepción de Peñarol y Nacional manejan recursos muy modestos, pero presentan batalla y dejan el campo humeante, regado de sudor. Y con el agregado de que son siempre vendedores y nunca compradores. Al margen del Santa Fe, el gran destaque de esta función inaugural fue el River uruguayo, que superó en todo a la rica Universidad de Chile. Fue 2-0 en Maldonado y 0-0 en Santiago, dando una imagen mucho más consistente que la ‘U’ de Beccacece. Al River de rayas blancas y rojas lo dirige un técnico uruguayo atípico por lo ofensivo: Juan Ramón Carrasco.

El homenaje debe extenderse porque el humilde River montevideano es debutante en esta Copa. El equipo 200 que la juega. Tiene un estadio pequeñísimo y un puñadito de hinchas, por eso fue local fuera de Montevideo, tratando de captar otras simpatías. Un River menor que ha dado muchos grandes al fútbol internacional: Fernando Morena, Waldemar Victorino, el Patito Aguilera, Gustavo Poyet, Carlos Goyén… Irá al Grupo 2 con Nacional de su país, Palmeiras y Rosario Central. Cuidado con el River chico, está bien parado… Para mirar: el arquero Nicola Pérez y el zaguero brasileño Ronaldo Conceiçao.

Yerry Mina, apenas 21 años, exuberante en su metro 93, es otro prospecto de selección Colombia que ofrece Santa Fe, como ya ofrendó en la Copa Sudamericana a Francisco Meza (se fue a los Pumas de la UNAM). Nace una fórmula que puede dar suculentos dividendos: centro de Seijas, gol de Mina. Éste marcó lo que debe ser un récord: tres goles en una primera fase de Copa (dos partidos). Y siendo zaguero. Los tres goles de Mina fueron idénticos: pelota parada del venezolano puesta en el jopo del gigante, cabezazo y adentro. Producción notable también la del zaguero santafereño Sergio Otálvaro: marca, juega, ataca, es técnico, manda centros filosos. Atención con él…

La película estelar de este primer acto copero la protagonizaron Guaraní e Independiente del Valle. Y el telón fue para un Oscar. Los de Quito habían ganado la ida 1 a 0. En Paraguay perdían con un golazo tremendo de tijera del uruguayo Palau; empató con otro golazo notable José Angulo. Aquí vale un alto: Ecuador genera cada vez más y mejores jugadores. El control y la definición de Angulo lo definen como una promesa de crack: “mató” una bola de aire de 35 metros dentro del área con la derecha y definió rasante con izquierda. Eso no es para cualquiera.

Pero otro uruguayo —Hernán Rodrigo López, también surgido en River— volvió a poner arriba a Guaraní 2-1. Le faltaba uno para pasar, luchó y realmente lo merecía. En el minuto 94 (el juez había dado 5 de agregado), penal para Guaraní. Y va el mismo “Ro-Ro” López. Ya iban 95’ 52”. El delantero tenía la clasificación en el pie. Y ahora la clasificación son 2 millones de dólares, o más. A los 600.000 de premio por partido de la fase de grupos debe sumarse la taquilla en los tres partidos de local.

López le pegó alto (mucho) y la sacó del Defensores del Chaco, la sacó de Asunción. Pasó Independiente del Valle. El dramatismo que puede alcanzar el fútbol no lo igualan veinte deportes juntos. Por eso es el rey absoluto. Infartante final. Todas las miradas confluían en Hernán Rodrigo López, que seguramente imploraba la tierra lo tragara.

Pero el penal es una prueba de fuego en la que se reúnen varios factores: la técnica del ejecutor, su mente, el momento del partido. A veces representa una presión brutal.

Los más extraordinarios futbolistas de la historia fallaron. Maradona malogró cinco consecutivos, Messi erra con cierta frecuencia; Pelé marró uno en semifinales ante Peñarol (1965), Roberto Baggio, Neymar, Cristiano Ronaldo, a todos les sucede… El único jugador que casi nunca se equivoca en el tiro de 11 metros es Néstor Ortigoza, de San Lorenzo, un artista en este campo: tiró 28 y metió 27. Pero también es casi…

Fallar en semejante instancia suena condenatorio para López; animarse a patear en ese momento, es ponderable. Era la última bola del partido, se jugaba todo en ese lance. A otros les temblarían las piernas. Nadie quiere ir a buscar la pelota y ponerla en el punto fatídico, es una responsabilidad pesada. Un amigo que nos dio el fútbol, José Luis Chilavert, cada tanto narra la anécdota de la última fecha del campeonato argentino de 1993, cuando el Vélez de Bianchi buscaba casi desesperadamente un título, y debía afrontar un partido límite ante Estudiantes en La Plata.

“En el vestuario, antes de salir al campo, Carlos preguntó quién se encargaría de un penal en caso de darse la posibilidad. Nadie habló. Entonces di un paso al frente y dije ‘Yo lo pateo’. Ahí saltaron el Gallego González y el Turu Flores. Que no, que se encargaban ellos. Bianchi me habló bien: “José, habiendo un jugador de campo que se anime, le corresponde la prioridad”. Lo acepté. Íbamos 0 a 0; cerca del final, penal para Vélez. Pero nadie agarraba la pelota, nadie se movía. Fui yo. Crucé todo el campo, tomé el balón y lo acomodé. Había un murmullo, una tensión general porque en ese tiempo todavía no era común que los arqueros patearan, como ahora. Le pegué fuerte y bajo junto al palo, hacia mi derecha. Fue gol. Entiendo a los que no quisieron patear, temían quedar en la historia como los que le hicieron perder un título a Vélez. Yo pensaba al revés, quería ser el que le diera el campeonato”.

Vélez fue campeón. Pero aún si hubiese fallado, estaba el mérito de asumir el riesgo. En un instante así, el penal es gloria o escarnio.

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