Internacional

Messi, no cumplas más…

Aquel pibito de Rosario dejó de ser niño, incluso superó la etapa de joven

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Barraza / La Paz

02:46 / 25 de junio de 2015

Cómo te llamás, querido…?

— Lionel.

— Bueno, Lionel, no te enojés, pero tenés que pasar la pelota, sino no hay partido.

El encargado de recibir a los chicos de preinfantiles en Newell's Old Boys, uno de esos delegados que dan cientos de horas de su tiempo libre solo por amor, paró la práctica, no enojado pero sí para explicarle al zurdito chiquitito que se había sumado como nuevo ese día, que no podía hacer todas las veces lo mismo. El zurdito tomaba la pelota, eludía a todos los rivales y hacía gol.

Sacaban del medio, volvía a capturar la pelota, gambeteaba a todos los que tenía enfrente y gol. ¡No podía ser…! ¡El único que jugaba era él…! Por eso el delegado detuvo la práctica y le dijo que así no podían seguir, tenía que pasarla, todos debían jugar. No lo hacía por egoísmo, sino porque, aunque la número cinco le llegaba casi a la rodilla de sus piernas cortitas, ya mostraba una gambeta indetenible para todos los pibes rosarinos de su edad. Y porque tenía una obsesión con el gol. Fue el primer día “oficial” de Lionel Andrés Messi en el fútbol, en una canchita de tierra del club de sus amores. Tenía 8 años.

El 24 de junio de 1987 la Copa América estaba por iniciar una nueva aventura en la Argentina. Rosario era una de las sedes. Ese día invernal, en la ciudad de Menotti, de Pastoriza, de Vicente de la Mata, de Roberto Fontanarrosa, de Hohberg, de Bielsa, Bauza, Mascherano, Di María y centenares más, estaba naciendo ese niño imparable de las categorías infantiles de Newell's. Era extremadamente menudo al nacer, tanto que inquietaría a sus padres por su peso pulga. Un niño reconcentrado y serio que hablaba poquísimo y no era muy aventajado en la escuela, pero que jamás les dio un problema a sus maestros ni a sus padres. Él solo esperaba la hora del recreo para salir al patio y jugar ese ratito a la pelota. Y cuando iba en segundo grado ya se lo disputaban para el picadito los de sexto.

René Higuita y el paraguayo Roberto Cabañas engalanaron la Copa América. Estuvieron en Santiago y participaron anteayer de un evento para la prensa en el que respondieron inquietudes y relataron anécdotas (“Debo ser el único jugador que jugaba con canilleras adelante y detrás de la pantorrilla, porque muchas veces debía recibir de espaldas y los zagueros me daban con todo para ablandarme”, contó Cabañas). Sin que nadie les pidiera, mencionaron al menos diez veces a Messi, como “un genio que está fuera de toda comparación respecto de los demás futbolistas. Puedes inventar el sistema que quieras para anularlo, pero él lo burlará”, dijeron.

Aquel pibito de Rosario dejó de ser niño, incluso superó la etapa de jovencito, ayer cumplió 28 años y nos instaló a todos los hinchas del fútbol un temor, una suerte de nostalgia anticipada: un día no estará más en las canchas y lo extrañaremos, añoraremos que se haya ido. El 24 de junio es un día especial para los argentinos, el día que nacieron también Juan Manuel Fangio y Ernesto Sábato, el día que marcó la muerte del inmortal Carlitos Gardel, es casi una fecha patria. Y como sucede en cada aniversario suyo, Messi recibió cientos de saludos de sus colegas, los jugadores de todo el mundo. Lio genera una admiración única en todos los cultores de este juego, quienes saben como nadie lo que se puede hacer o no con una pelota. Ellos lo idolatran e inundan las redes sociales con mensajes pletóricos de buenos deseos.

Ya nos está entrando la angustia del día en que se vaya; ojalá esté muy lejano aún, aunque es inexorable. Un día perderá su velocidad de rayo, la gambeta será más previsible y el remate, menos potente. Pero habremos tenido la fortuna de haber visto sus pases sensacionales, rasantes, perfectos, rápidos, que son tal vez uno de los matices más sublimes de su juego. Desde luego, también sus goles, sus arranques frontales, sus gambetas endiabladas, decididas; el toque corte maravilloso, el exquisito control de balón, la perspicacia para advertir la jugada más ventajosa, las asistencias deliciosas para que otros tengan igualmente una buena tarde y sumen en la tabla de artilleros. Y su deseo ferviente de ganar, esa valentía para encarar siempre… La virtud de no hacer tiempo ni simular, de recibir la patada sin quejarse, sin darle el gusto al marcador de exhibir dolor, de levantarse rápido para hilvanar otro avance más. La buena fe de no emplear triquiñuelas para obtener ventajas. Ni siquiera de quejarse ostensiblemente a los jueces. Faltando un minuto para terminar la Liga 2013-2014, la que consagró al Atlético de Madrid, Lio marcó un gol que le daba el triunfo y el campeonato al Barcelona. La clavó arriba para que nadie pudiera sacarla, porque había mucha gente sobre la raya. Y era absolutamente legítimo. Recibió la pelota de un mal despeje de Juanfrán hacia atrás. ¡Un gol que valía una Liga…! El línea se equivocó y lo anuló. Messi mostró un gesto de contrariedad, pero no protestó, siguió. Son los pequeños detalles que lo entronizan hasta el cielo del deporte. Los que uno le agradece más allá de su talento. Escuchando hablar a Lio pareciera que nunca hizo un gol. Siempre es “el equipo”, “mis compañeros”, “tuvimos la suerte de marcar…”, “ellos tienen grandes jugadores…” No todos son galones y medallas, también es un campeón del deporte. Y eso le admiran sus colegas.

Una tarde en Independiente, Bertoni recibió una falta fuerte y tardó demasiado en levantarse; cuando ya había pasado casi un minuto, Bochini, su gran amigo y compinche, le reclamó medio enojado: “Dale, levantate que nos perdemos de jugar”. Iban ganando, pero quería una gambeta más, un gol nuevo. El mismo deseo de Lionel Messi, que los partidos no terminen nunca para poder continuar disfrutando del juego, que eso es para ellos.

James Rodríguez dijo esta semana que Lio “es un jugador de otro mundo, único”. Y el brasileño Willian reconoció: “Para mí es un ídolo, un tipo al que millones de personas paran para verlo jugar. No tiene comparaciones con nadie”. Viniendo de tan grandes exponentes del juego, son elogios muy nobles, muy fuertes. Y no están impulsados por el marketing. “Dentro de poco llegará a los 30 y empezarán algunos a hablar de un sucesor. Se irá y no quedará nadie que haga lo que él hace. Nada tienen que ver Cristiano o Neymar con él, es un reinado absoluto”, dice Ricardo Vasconcellos, editor de deportes de El Universo de Guayaquil.

Cuando cumplía 20 o 22, sentíamos apenas alegría, ilusión. Ya son 28… No cumplas más, Lio…

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