Internacional

Messi o el juego de la felicidad

Astro Un solo jugador es capaz de hacer en la cancha cuatro cosas con la misma perfección: armar, tocar, correr y definir.

La Razón / Julio Peñaloza / La Paz

00:00 / 12 de marzo de 2012

En febrero, Messi anotó siete goles, y apenas cumplida la primera semana de marzo, ha sellado con su contundencia inigualable, ocho goles, tres para la selección argentina frente a Suiza y cinco para el Barça contra el Bayern Leverkusen (7-1) con el que los blaugranas acaban de clasificarse a cuartos de final de la UEFA Champions League. ¿Quién más es capaz de exponer esa combinación de genialidad y efectividad? No hay dudas que por ahora y por mucho tiempo sólo él.

Mientras José Mourinho va a Londres para tantear el traslado de domicilio poniendo como condición el fichaje de Cristiano Ronaldo para aceptar la oferta del Chelsea, y a este lado del charco Neymar hace un gol de antología para la victoria del Santos contra el Inter de Porto Alegre por Copa Libertadores, Lionel no se distrae con asuntos intrascendentes, confirmando a cada paso que da, ser el Peter Pan del fútbol, renovando continuamente sus inmaculados rasgos infantiles y también autoproclamándose sin saberlo, el Flautista de Hamelin de la pelota que conduce a todos los chicos futboleros del planeta en una ininterrumpida fantasía de juego y celebración.

Lo que Pelé es al poder o Maradona al arrabal, Messi es al cuarto de juguetes, al sitio de la multidimensión donde su imaginería cual si fuera un tallador, confirma que todo es posible.  Todos los chicos entre los cinco y los doce años  están encantados con él, porque es el único que tiene la poción mágica para ser todos los días el más grande sin lastimar la esencia del chiquilín familiero del que poco o nada se sabe acerca de su vida puertas para adentro.

El Madrid muy probablemente será el campeón de temporada de la liga española, pero como hace tiempo decidió vivir condenado a ser eficaz y exitoso en primer lugar, la paradoja nos informa que Mou se marchará con el ceño fruncido, vencido ante la demostración de que, como dijo alguna vez el tristemente desaparecido Sócrates, es mejor que a uno lo recuerden por sus realizaciones en el campo de juego que por los podios a los que pueda subir.

Lionel Messi ha dicho que no quiere cambiar de camiseta, y al mismo tiempo que cambiaría dos balones de oro por la copa del mundo para Argentina porque con todo lo que ha hecho hasta ahora siente que su carrera no quedaría completa si no llega a obtener el título que Pelé pudo levantar tres veces y Diego una, pero las bizantinas discusiones acerca de cuán mejor o peor puede ser un futbolista en función de los torneos conseguidos con su camiseta nacional han quedado atrás: Messi vale por lo que hace con la pelota y todas las emociones que es capaz de generar en todo el planeta, independientemente de los galardones que ha levantado y los que llegarán.

Messi juega a hacer jugar y se deja llevar hasta el arco contrario porque las entregas perfectas que llegan a sus pies con perfil para anotar lo hacen además, el máximo goleador en cuanto torneo participa el Barcelona. Como nunca sucedió en la historia del fútbol, un solo jugador es capaz de hacer cuatro cosas con la misma perfección: armar, tocar, correr y definir y por eso puede ser el Hijo en el cuadro de la Santísima Trinidad, Peter Pan el niño que se niega a crecer y habita el infinito país del Nunca Jamás y el Flautista de Hamelin que en lugar de guiar infantes desprevenidos al precipicio los lleva a la cancha para renovar todos los días el asombro.

Messi sólo tiene tiempo para ser feliz y hacer felices a todos quienes quedamos boquiabiertos con esa insondable manera con que lleva la pelota atada al pie y a una velocidad que convierte lo que podría ser un movimiento desenfrenado en un desplazamiento que sólo puede ser neutralizado con el recurso de la infracción y la falta táctica.  Mourinho busca casa, Neymar desarrolla musculatura para convertirse en jugador de competencia europea, mientras Messi guarda celosamente el secreto de por qué el fútbol es un juego incomparable y no una guerra.

El Arsenal estuvo a punto de lograr la hazaña

El pasado sábado 3 de marzo, Liverpool  jugaba a todo vapor  haciendo cruzar el balón de un extremo a otro del campo, con la endiablada dinámica del uruguayo Suárez y el holandés Quit, pero al final fue el Arsenal el que se llevó el triunfo con dos implacables definiciones de Van Persie, goleador de la Premier. Estimulado por ese gran triunfo fue a encarar el martes 6 al Milan, al que le ganó 3-0, y lo puso a un gol de forzar la definición para clasificar a octavos de final. Los cañoneros de Londres son así: pierden lo aparentemente más sencillo y ejecutan proezas cuando las dificultades de multiplican.

Cinco goles de Messi y dos del juvenil Tello definieron el acabose del Bayern Leverkusen alemán en la Champions. El Barcelona se paseó a placer el campo de juego ante un rival desorientado y reducido a su mínima expresión. Aunque no habrían razones objetivas para marcharse, Pep Guardiola declaró que Marcelo Bielsa tiene el perfil para dirigir a los culés. El argentino dirige al Atlhetic de Bilbao que le ganó 3-2 al Manchester United el jueves pasado por la Europa League, segundo torneo en importancia del viejo continente.

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