Internacional

Oswaldo Ramírez: ‘Nací dos veces en mi vida’

‘Cachito’ Oswaldo Ramírez fue principal actor de uno de los sucesos más resonantes de la historia de las Eliminatorias

Oswaldo ‘Cachito’ Ramírez, hoy. Nadie olvida que fue una gran figura del fútbol peruano.

Oswaldo ‘Cachito’ Ramírez, hoy. Nadie olvida que fue una gran figura del fútbol peruano.

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Barraza

00:00 / 08 de septiembre de 2014

Yo nací dos veces en mi vida: una el 28 de marzo de 1947 en el Callao, la otra el 31 de agosto del '69 en La Bombonera”. En la primera lo bautizaron Oswaldo Felipe Ramírez. En la segunda, el pueblo lo llamó simplemente Cachito, de una vez y para siempre.

De cómo un suceso futbolístico puede cambiar la existencia de una persona, Cachito Ramírez es testigo y paradigma. Resaltaba por sus goles, tanto que el célebre entrenador brasileño Didí lo tuvo en cuenta desde su primera convocatoria en la selección peruana. Pero el titular era Alberto

Gallardo, excelente puntero izquierdo de Sporting Cristal, más tarde transferido al Cagliari italiano. Cacho era el patito feo. Cuando entraba, la tribuna lo reprobaba. Los futbolistas peruanos de la época eran artistas del balón y al que no mostraba el mismo grado de tecnicismo el público lo silbaba. Sin embargo, aquella tarde histórica de 1969 fue toda suya.

Se estaba por consumar uno de los sucesos más resonantes de la historia de las Eliminatorias. Argentina y Perú jugaban el partido decisivo de la clasificación para México '70 en el mítico estadio de Boca Juniors. Perú nunca había ido a un Mundial sino por invitación. A los incas les alcanzaba un empate; Argentina estaba obligada a ganar, aunque no parecía un problema; como siempre, le sobraban figuras y lo dirigía Adolfo Pedernera.

Un inoportuno desgarro de Gallardo obligó a Didí a reemplazarlo por Oswaldo Ramírez, joven puntero del Sport Boys en quien casi nadie confiaba. Tanto que el periodista Paco Landa, del diario Extra, publicó: “Perú jugará con diez ante Argentina, Didí decidió alinear a Ramírez”. Llegó la hora. Ante un estadio lleno y rugiente, se fue el primer tiempo en cero. Comenzó el nerviosismo argentino. En eso parte un pase largo hacia la izquierda, pica el zurdo del Callao y clava un puñal en el arco albiceleste: 1-0 Perú. Tras mucho machacar, empata el local con un penal de Albrecht, pero es una aspirina que no surte efecto. Dos minutos después, otra vez un pase al claro, pique de Cachito y otro puñal a la red argentina. Cuando agoniza el partido, gol albiceleste: 2 a 2 final.

Dos escapadas furibundas del punterito del Boys y dos tiros cruzados que congelaron La Bombonera. Silencio de muerte. Cacho logró un milagro: enmudeció a un país e hizo estallar a otro. Argentina era eliminada de un Mundial por única vez en su historia. En Perú, millones salían atropelladamente a las calles, presas de una emoción indescriptible. Fue un 31 de agosto; el pasado domingo se cumplieron 45 años del hecho.

— Fue una época maravillosa del fútbol peruano. Cuando iba a empezar una Eliminatoria el técnico convocaba a 45 jugadores. Todos buenos. Y la prensa se quejaba de que habían dejado afuera a 4 ó 5 que andaban bien. Hoy no se juntan diez.

— ¡Qué tiempos aquellos del Perú...!

— Para que tengas una idea, en el '66 debutamos en Primera Teófilo Cubillas en Alianza Lima, Percy Rojas en la “U” y yo, en el Boys. Fíjate.

— ¿Cómo fue eso de La Bombonera, Cacho?

— Ufff... Yo era suplente. Y no sabía si iba a jugar, porque Gallardo se lesionó contra Bolivia en Lima y entró Zegarra por él. Pero con Gallardo, el titular en la punta izquierda, en lugar de competir o tener algún entripado éramos muy buenos compañeros. Cada vez que por los altavoces daban el equipo, la gente ovacionaba a todos. “Chumpitaz: ¡Bieeeeennnn...!, Perico León: ¡Bieeeeennnn...!, Cubillas: ¡Bieeeeennnn...!” Cuando llegaba a Gallardo o a mí: “Uuuuuuhhhh....” Abucheos, silbidos. Le digo: Alberto, vamos a cambiar esto. Cuando tú juegues, yo voy a anotar todo lo que haces bien y lo que haces mal; cuando juegue yo, tú márcame lo que debo mejorar. Lo conversábamos y nos ayudábamos. Al llegar el partido con Argentina, Alberto se lesiona y es él quien le dice al técnico: “Hágame caso, úselo a Cacho que ha mejorado mucho”. Y antes de viajar a Buenos Aires viene Waldir y me anuncia: “Cacho, el domingo vas a jugar tú”. En el último entrenamiento antes del juego, que lo hicimos ahí mismo en La Bombonera, le metí dos goles igualitos a Dimas Zegarra.

— Andabas afilado...

— Fíjate que ese domingo a la mañana estábamos concentrados en La Candela, el centro deportivo de Boca, y queríamos salir para ir a misa, pero Waldir se opuso. “De acá no sale nadie”. Quería evitar problemas. Tu sabes, los hinchas argentinos son distintos que en cualquier otra parte de América. Y trajeron un cura; cayó tan simpático que lo invitamos a comer, y luego se fue con nosotros a la cancha, en el bus. Se sentó a mi lado y me dice: “¿Vos sos el que va a debutar...? Mirá que te va a marcar Gallo...”. Le respondo: “Padre, me los he comido. Y con cresta”. Estaba confiado. Al final del partido, no sé cómo hizo, pasó por entre medio de una multitud, llegó al vestuario y me dijo: “Tenías razón, te lo comiste con cresta y todo”.

— Es que Luis Gregorio Gallo era un lateral buenísimo, fuerte, firme en la marca.

— Sí, pero mira, yo reconozco que tal vez no fui un exquisito del fútbol, sin embargo, tenía dos virtudes que para mí fueron primordiales: una velocidad tremenda y sabía definir. Un día Waldir me llamó en la concentración y me dijo: “Cachito, estás errando muchos goles, pero cuando corrijas eso, le vas a dar muchas satisfacciones a Perú”.

— Y con 22 años, volabas...

— Mira, el primer tiempo termina 0 a 0 y en el entretiempo viene al vestuario Julio Naters, dirigente del Boys y me dice “Lechero, ¿y para cuándo el gol...?” Me habían puesto Lechero porque decían que yo era suertudo. Le contesto: No fastidies, ¿qué número tengo en la espalda...?. “El 22”. ¿Lo ves...? eso significa dos goles en el segundo tiempo... Pero claro que era en broma, ni soñaba con eso.

— ¿Qué les ordenó Didí?

— Antes de empezar nos llamó a los delanteros y nos indicó: “Cambien las posiciones: Cacho, vas a la derecha, Baylón al centro y Perico (León) retrasado. Confundámoslos. Luego de diez minutos, cada uno a su lugar”. Y para el segundo tiempo dijo: “Tranquilos, estamos bien, ellos ya se están desesperando, y ahora se van a desesperar más”. Waldir era un sabio. Era sereno, fumaba y miraba, no era de gritar ni de hacer gestos, nada de eso.

Cacho tiene una memoria que envidiaría una manada de elefantes. Recuerda cada detalle con absoluta precisión.

— ¿Cómo fueron los goles?

— En el primero hubo un rechazo del área nuestra, la paro de pecho, se la toco al Nene (Cubillas) y pico para buscar la devolución. El Nene me la tira, pero muy fuerte, y la para Gallo; como iba fuerte se le adelanta un poquito, justo cuando pasaba yo a la carrera. Me la llevo y me empiezo a ir, a ir, a ir... Cuando sale Mario Cejas le amago que voy hacia el centro, él se arquea para ese lado y se la toco al primer palo.

— Pero les empataron.

— Sí, con un penal que no existió. Pero ya... lo cobraron y lo cobraron, a otra cosa. Antes de sacar del medio le dije a Hormazábal (Rafael, el árbitro chileno): usted sabe que no fue penal. “Sí, pero, ¿qué quiere, que nos maten...?” Y apenas sacamos vino el segundo.

— Cuéntalo, Cacho.

— Del saque se la pasé a Chale y piqué de ahí nomás; Chale la metió larga, pero salió Perfumo y neutralizó. Avanzó con la pelota, avanzó, tiró un pelotazo, y Chale metió la pierna como en plancha, le rebotó y me cayó a mí a la izquierda. Tenía a Gallo a un lado y a Perfumo al otro, me di como una vueltita y me fui derecho hacia al arco, a la salida de Cejas la toqué suave por arriba. Cejas voló para atrás, pero no llegó. La pelota entró picando, despacito. El chico que alcanzaba las pelotas detrás del arco se agarró la cabeza, no me lo olvidé. A él le regalé la camiseta al final del partido. Se me prendió, me la pedía y se la di. Él se quedó con esa camiseta.

— ¿Cómo fue la reacción del público al final?

— No, todo bien. Mira, al hincha argentino hay que aguantarlo antes y durante el partido, pero cuando termina ya no es más problema. Nosotros salíamos en el bus y nos dijeron: “Todos al piso que nos pueden romper los vidrios”. Nos tiramos al piso y no pasaba nada, empezamos a escuchar que nos aplaudían y nosotros, desde el suelo, levantábamos la mano para saludar por las ventanillas. Por último ya vimos que estaba todo tranquilo, nos sentamos y no hubo inconvenientes.

— Imaginamos la llegada a Lima...

— Ufff, mira, volvimos el martes. Había una multitud impresionante en el aeropuerto y centenares de policías custodiando que nada se descontrolara. Pero apenas se abrió la puerta del avión la gente se desbordó y arrasó con el operativo. No obstante, eso es normal en cualquier parte tras una gran conquista. Lo impresionante fue lo otro, la ida hasta la Casa de Gobierno.

— ¿Apoteósico...?

— Nos pusieron un carro descapotable a cada jugador, íbamos en caravana saludando y eran miles y miles a ambos lados de la calle, por la avenida Fawcett, la avenida Colonial, la plaza San Martín, el jirón de la Unión, hasta llegar a Palacio, todo lleno. Nunca visto, al menos en Perú. Con decirte que arribamos al aeropuerto a las nueve y cuarto de la noche y llegamos al palacio presidencial a la una y media de la mañana.

— Y tú eras el héroe...

— Es difícil explicar eso, ese día, ese momento... Pienso que fui un predestinado. Mira, íbamos con traje y camisa blanca. Los puños de mi camisa llegaron negros, pero negros, ah... porque la gente me agarraba, me tironeaba... A las cuatro y media de la mañana nos entregaron los laureles deportivos frente a una multitud. La gente empezó a gritar: “A-sue-to... A-sue-to...” Querían seguir festejando al día siguiente. Entonces el general Juan Velasco Alvarado, el presidente, sonriendo les pregunta: “¿Quieren asueto...?” ¡Síííííííííííííííííííííííííííííí....! gritó la muchedumbre. Y les responde: “Bueno, tienen asueto el 8 de octubre” (risas). El 8 de octubre lo habían declarado feriado los militares porque ese día se firmó la nacionalización del petróleo. Fue interminable, llegué a mi casa a las seis de la mañana, medio muerto.

La hazaña fue un domingo; el martes, el mismo periodista que vaticinó que poner a Cachito era jugar con diez, publicó otra nota y tituló “Perdona, Cachito”. Está en la historia.

Oswaldo Ramírez ya había sido goleador absoluto del Perú en 1968. Y volvería a serlo luego. Fue el máximo artillero peruano de la historia durante años, hasta que su récord fue batido por Sergio Ibarra, un argentino (vaya revancha). Es el primer anotador peruano en la Libertadores y cumplió una campaña exitosa. Pero aquél 31 de agosto del '69 empezó todo de cero: sus goles se convirtieron en mito.

En 1985, el presidente Alan García lo nombró titular de la Federación Peruana de Fútbol, el primer futbolista que llegaba a tal cargo, acaso en el mundo. Todo por aquellas dos corridas felices por la izquierda y esos goles que hicieron explotar de orgullo a una nación entera como nunca, desde el Imperio Incaico hasta hoy.

Jorge Barraza es periodista argentino

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