Internacional

Perú: clasificó el país, no la selección

El hombre común, la gente que sufre, ve que estos compatriotas dejaron el alma en el césped para darle una alegría.

Hinchas peruanos alientan a su selección en el estadio Nacional de Lima durante el cotejo con Nueva Zelanda.

Hinchas peruanos alientan a su selección en el estadio Nacional de Lima durante el cotejo con Nueva Zelanda. Foto: EFE

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Barraza

08:44 / 20 de noviembre de 2017

De cómo un país puede verse como por encanto eufórico, unido, esperanzado, importante como nunca antes en siglos de historia, de cómo puede elevarse la autoestima nacional. De eso puede dar testimonio el Perú. Si hubiese un barómetro capaz de medir la felicidad de los pueblos, el miércoles por la noche, el jueves, el viernes, hoy mismo el Perú encabezaría el ranking mundial. Y todo ello sin sombra de pecado ni subterfugios políticos ni marketineros: es una alegría genuina no sugerida ni direccionada. La causa es el fútbol, ese presente de los ingleses para el resto del planeta.

“El fútbol no te va a dar de comer”, rezongaba mi padre en su lógica del trabajo, del estudio, del empleo útil del tiempo, después de que uno se pasaba horas en la canchita de al lado. No, no lleva el pan a la boca, pero ¡qué alimento espiritual…! Siempre preguntamos: ¿de qué está hecho este juego…? No existe otra actividad humana capaz de entretener, emocionar, aglutinar a una nación entera, porque en este ejército de alegres no hay desertores. Con un agregado: hacerla enorgullecer. El fútbol acciona el orgullo y la nacionalidad, dos sentimientos que, combinados, componen un volcán, generan erupciones de júbilo. Los políticos pagarían fortunas por hacer el gol del triunfo en un partido de su selección. Ganarían millones de votos. No pueden porque, además de todo, los políticos son pataduras.

A  propósito de políticos: a algunos observadores —pocos— les pareció oportunista, o demagógica, la decisión del Presidente peruano de declarar el jueves feriado nacional. Fue muy buena, por cierto, en consonancia con el sentimiento nacional. Oficializó la algarabía. El Perú no perdió nada, su gente se sintió gratificada. Era absurdo que un individuo entrara en su oficina a las 08.00 y comenzara a llenar formularios. ¿Para qué...?

El hombre común, la gente que sufre, ve que estos compatriotas dejaron el alma en el césped para darle una alegría. Allí, sobre el rectángulo verde, se sintieron de nuevo un país ganador, ciudadanos de primer mundo. Pocas actividades reflejan tan cabalmente la idiosincrasia nacional como el fútbol. En algunos estadios de Rusia sonará el himno peruano y desatará ríos de lágrimas. Es el lloro de la emoción. Es el pedazo de tierra que nos tocó a cada uno puesto ahí, en el gran escenario mundial.

Tiene el fútbol, además, memoria selectiva. Y pragmática. Al volver a un Mundial, Perú apretó el botón “eliminar” y tiró a la papelera 35 años de amargura. Adiós, hasta nunca... Lo que vale ahora, lo que queda, es la alegría actual, lo anterior no cuenta más. Todos los hinchas recordamos los títulos, las jornadas de gloria, los goles maravillosos, los ídolos. El resto se desmaleza. Brillante.

Estamos persuadidos de que ninguno de los otros 31 clasificados celebró tanto como Perú, acaso por esa larga noche de 35 años. Acá no parece haber clasificado una selección, sino un país. Y si los jugadores y el técnico son los primeros responsables de la conquista, el público ha sido el factótum. Llenó siempre el estadio Nacional, peregrinó con fe hasta los otros, soñó, sufrió, se angustió, pero nunca dejó de creer ni de alentar. La Federación —dicho esto seriamente— debería levantar una estatua al hincha peruano y enclavarla en la entrada del estadio. Fue su jugador número 12.

Debe saberse: pocas veces la clasificación de un país fue tan celebrada en otros. En Argentina y Uruguay hubo cantidades de mensaje de apoyo a la selección peruana. “Vamos, hermanos peruanos”, “Estamos contigo, Perú”, “Siempre nos apoyaste, suerte Perú” (desde Argentina). Desde San Juan, Mar del Plata y muchas ciudades argentinas. En general se alegró toda Sudamérica.

Hubo un partido también. Nada excepcional, sí cabe ponderar la extraordinaria actitud con que salieron los futbolistas incaicos a concretar el sueño de todos. Para recordar, apenas la noche histórica, el estallido por el gol de Farfán, las emociones, las anécdotas personales de cada uno, las cábalas, los miedos, las ilusiones, la fe, las promesas, los pálpitos, el llanto, los abrazos, y luego el cansancio más bello, el desplome feliz.  

Perú venció 2-0 a Nueva Zelanda. Lo máximo que lo podía vencer. Es un equipo que llegó con lo justito al Mundial, contando las monedas. Tal vez nadie llegó con tan poquito. Pero eso qué importa... El Mundial es para disfrutar de estar ahí, ya no es crucial, lo importante era estar, la fiesta es pertenecer. La gente se ve representada por este equipo, el Flaco Gareca es la figura de la selección, el hombre más querido del país. Puede pedir el deseo que quiera, le será concedido.

  • Christian Ramos (15),  junto a sus compañeros, celebra el segundo gol de Perú en el cotejo de vuelta de la repesca. Foto: EFE

Pasaron muchas cosas para que explotara este volcán emotivo. Al cabo de la primera etapa de la Eliminatoria, Perú ni soñaba, estaba sumido en ese sopor de la desesperanza. Era octavo con 8 puntitos. Uruguay lideraba con 19, Brasil 18, Ecuador, Colombia y Argentina reunían 16. Estaba tan lejos de Rusia como de Marte. Pero Gareca seguía diciendo: “Estamos bien, falta mucho, nuestras posibilidades están intactas”. ¿Cómo creerle…? La reacción posterior multiplicó la fe. Y el milagro se dio. Por eso la algarabía de los fieles. Por eso y por los 35 años que quedaron atrás.

Como tantos técnicos extranjeros, Gareca también debió soportar la hostilidad inicial, el tradicional “vete a robar a tu país” y el no menos típico “argollero”, pero mantuvo siempre su flema, esa serenidad oriental que Dios le proveyó. Atravesó exámenes de probidad, de humildad, de capacidad y tuvo el mérito enorme, amén del resultado final, de devolverle a la selección el fútbol peruano, su sello, el que sienten los jugadores allí nacidos: la pelota es sagrada, va al piso y se la trata bien. También la virtud de poner la camiseta por encima de todo, de egos, de dirigentes, de periodistas, de chismes, de todo.

Están los que protestan que haya 32 equipos en el Mundial (“son demasiados”). Los que rumiaban cuando había 24. Y estarían seguramente los que ladraban contra 16. ¿Qué pretendían, un cuadrangular…? Antiguamente el fútbol se circunscribía a seis potencias mundiales (Alemania, Italia, Inglaterra, Argentina, Uruguay, Brasil) rodeadas por otra media docena de selecciones de poderío respetable como Francia, España, acaso Hungría, Checoslovaquia. Y los continentes eran dos: Europa y Sudamérica. Eso era todo. El resto del mundo rellenaba. Hasta 1974 la FIFA agrupaba 144 asociaciones, hoy son 211, un 47% más. Y todas progresan, se esmeran, buscan un buen entrenador, planifican para formar juveniles, se preparan cada vez mejor y dan más batalla, como Islandia y Panamá en esta Eliminatoria. ¿Por qué quedarse en 16 si se puede hacer feliz al doble…?

Perú es justamente el pasajero número 32 en el tren mundialista. El tren de la felicidad. De haber habido menos cupos, se hubiese quedado en la estación y su pueblo no hubiese vivido ese miércoles glorioso.

Es la historia de cómo el fútbol hace feliz a un país, de cómo ayuda a vivir mejor. Y si el fútbol es todo negocio, negociemos…

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