Internacional

Venezuela rompe otra vez las previsiones

Planteamiento. Supo proponer un juego que le disputara la tenencia del balón a la favorita y logró su cometido de principio a fin.

  Venezuela rompe otra vez las previsiones. Foto: AFP

Venezuela rompe otra vez las previsiones. Foto: AFP

La Razón (Edición Impresa) / Julio Peñaloza

02:23 / 15 de junio de 2015

La memoria y la estadística son útiles para recordar especialmente a aquellas escuadras que nunca ganaron un torneo internacional y de las que más temprano que tarde se olvidan sus valorables méritos. En la versión Argentina 2011 de este mismo torneo, la vinotinto de César Farías hizo añicos todo pronóstico en su primer partido contra Brasil (0-0), imponiéndose a Ecuador (1-0), logrando un espectacular empate frente a Paraguay en los últimos minutos (3-3) y ganándole a Chile (2-1) en cuartos para acceder a la semifinal en la que nuevamente frente a Paraguay, solo pudo ser doblegada en la tanda de penales (3-5). Venezuela logró el cuarto lugar del torneo, al caer en el partido por el tercer puesto frente a Perú (1-4), convirtiéndose en animadora imprevisible, firmando con letras mayúsculas su lento pero sostenido progreso en dos décadas, que le permitió terminar de superar su condición de cenicienta sudamericana.

Cuando seleccionadores como Gerardo Martino o José Pekerman dicen que “sería imperdonable que Argentina no gane esta Copa América” o que “Colombia está para ganarlo todo”, cometen imprudencias nada concordantes con sus propios perfiles, las que después se convierten en dichos que se vuelven contra ellos mismos, tal como ha sucedido en las últimas 72 horas con la albiceleste empatada por Paraguay y la brillante selección cafetalera de Brasil 2014, sometida por la notable planificación y aplicación táctica de una Venezuela que de haber sido nuevamente ignorada en el momento de las previsiones y las conjeturas, comienza de mejor manera que hace cuatro años su andadura en busca, nuevamente, de llegar lo más lejos que se pueda, demostrando que los llamados equipos chicos en los papeles, cuando saben lo que quieren y cómo conseguirlo, terminan siendo beneficiados por esa subconsciente subestimación que sirve de inadvertido aliciente para victorias incuestionables como la de ayer en Rancagua.

Consciente de la superioridad individual de su adversario —Colombia figura en el puesto 4 del ranking FIFA, Venezuela en el 69—, su nuevo seleccionador, Noel Sanvicente, supo proponer un juego que le disputara la tenencia del balón a la favorita, según los papeles, y logró su cometido de principio a fin comenzando por Vizcarrondo y Amorebieta que edificaron una muralla por tierra y aire en el fondo para que Radamel Falcao fracasara en la búsqueda de reivindicarse ante la afición, luego de un feo año con lesión y mal trato de parte de Louis van Gaal en el Manchester United por añadidura. Eran tan rápidas y precisas las reacciones de los venezolanos que en momento alguno llegaron a rifar una pelota hacia las nubes, y encontraron siempre las maneras de salir con balón dominado hacia campo adversario, y lograr, en la segunda etapa, ese doble cabezazo en el área que le permitió a Rondón abrir y cerrar el tanteador, con el que finalizaría el juego.

De esa Colombia festiva y goleadora del pasado año, ayer se vio muy poco al punto que solamente un remate de James Rodríguez inquietó al portero Alain Baroja, y después el goleador del último mundial que comenzara su ascendente carrera en el Banfield de Argentina, deambuló desdibujado y aparentemente saturado por la extenuante temporada que le significó consolidarse como el “10” del Real Madrid con actuaciones que le permitieron rayar a gran altura. Ni él, menos el propio Falcao, o figuras hace nada más un año sobresalientes como Cuadrado o Zúñiga fueron capaces de mostrar siquiera atisbos de sus resplandecientes actuaciones en campos brasileños, de ahí que la vinotinto terminaría el partido con un leve porcentaje menor en la posesión, pero con muchísimas menos equivocaciones cuando se trataba de retroceder o esperar la iniciativa de los dirigidos por Pekerman que no atinaban a entender qué había sucedido cuando el cotejo finalizaba a los 95 minutos de juego.

Los que esperaban un baile a cargo de Colombia se quedaron con los crespos hechos, porque fue Venezuela la que tuvo capacidad para sacarle ventaja a un partido que en sus primeros tramos fue abúlico, esencialmente disputado en el centro de la cancha, sin situaciones nítidas de gol en ninguna de las porterías.

En un país tan politizado, en el que el fútbol no tiene la popularidad del béisbol, ha debido ser especialmente sabroso para el presidente Nicolás Maduro este triunfo, a pocos días de que un avión de la fuerza aérea colombiana fuera utilizado para trasladar al expresidente español Felipe Gonzales, que llegó a Caracas para abogar por dos políticos opositores al Gobierno de la República Bolivariana, encarcelados tras acusaciones de conspiración contra el sistema democrático, lo que fue interpretado como un inadmisible acto de injerencia en los asuntos internos del país. De esta manera, el fútbol sirvió para generar una revancha simbólica en el territorio al que se niega siempre a ingresar, el de la política dura y cruel que se ha tornado más crispada y compleja con el lamentable deceso de su líder histórico, Hugo Chávez Frías, quien también aprendió a festejar como se debía los triunfos futboleros de su selección que nuevamente se perfila como principal animadora en esta cuadragésima cuarta versión del campeonato más antiguo de todos.

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