Internacional

La basura debajo del juego

El fútbol es un narcótico, un ansiolítico imprescindible

La Razón (Edición Impresa) / Julio Peñaloza Bretel / La Paz

02:26 / 11 de junio de 2015

Ahora salen ciertos oportunistas a dictar consejos acerca de lo que debe hacerse o no con el fútbol sudamericano, a solo tres semanas de la irrupción policial organizada por la fiscal estadounidense Loretta Lynch en Zúrich. Son los mismos que usufructuaron durante casi tres décadas de los privilegios que significaba trabajar con Nicolás Leoz, presidente; Rómer Osuna, tesorero; y Julio Grondona, canciller. Su nuevo discurso impresiona porque tenían un arsenal de ideas bien escondido en algún desván para producir un terremoto institucional en la Conmebol, mientras cobraban con puntualidad de sus antiguos jefes. El silencio fue su apuesta final para conservar sus privilegiados reductos y ahora hablan y escriben.

No serán ellos los llamados a asesorar los cambios en el estilo de administración del máximo ente del fútbol sudamericano que inicia hoy el desafío de llevar adelante una Copa América que, lamentablemente, dará lugar a que mucha basura sea barrida a las apuradas debajo de las impecables alfombras verdes del juego, por lo menos hasta el próximo 4 de julio, qué coincidencia, día nacional de los Estados Unidos de Norteamérica.

El juego, en este contexto, será una larga maniobra distractiva como lo fue el Mundial de Argentina en 1978 para conveniencia de la dictadura militar o como recientemente lo ha sido en Brasil para intentar atenuar las olas de indignación por las inversiones millonarias en estadios como el de la capital, Brasilia, en el que hoy casi no se juega al fútbol. En ese sentido, trazando un paralelismo con una comparación marxista, el fútbol termina siendo el opio del pueblo porque una fumada masiva de sus propiedades alucinógenas para activar la emoción colectiva, genera aletargamiento social para la protesta de fondo y exacerbación de fundamentalismos en grados distintos en la desbordante e irreflexiva carrera de empujar al triunfo del como sea en el campo.

Vamos a estar hipnotizados durante tres semanas con lo que puedan hacer los talentosos ganadores de la Champions, ésos que salvaron a la dirigencia del Barcelona de cualquier conato popular en su contra por haber escondido información para el Fisco acerca del precio real de la transferencia de Neymar o de las sanciones FIFA por dos temporadas que prohíben contrataciones por no haber respetado el juego limpio financiero. En ese sentido, el fútbol es un narcótico, un ansiolítico imprescindible si se tiene en cuenta que existen millones de personas que pueden cambiar de humor solamente con el gol de Luis Suárez contra la Juve, aunque la jornada haya sido otra masacre de trabajo mal remunerado, de pataleo por unos centavos para continuar viviendo al día.

Estamos esperando que Lio arme el más grande lío en las defensas adversarias, que lo acompañe Di María con sus endiabladas incursiones a zona de definición o que el Kun esté esperando en el momento y lugar precisos para sacudir las redes adversarias. Deseamos que Alexis juegue tan bien como lo ha hecho la temporada recientemente finalizada en la Premier League, lo mismo que Arturo Vidal, guerrero de la Juve. Los que creemos en su inocente gesto de niño grande, esperamos también a James Rodríguez, uno de esos jugadores a la antigua que con su calidad introdujo otra idea de juego en el Real Madrid, y a Radamel Falcao, maltratado por Louis Van Gaal en el Man Unit y que llega ansioso de revancha por no haber podido estar en Brasil 2014. Qué decir de los corajudos uruguayos, Godín desde atrás espantando intentos creativos y Cavani en los últimos metros buscando hacer goles por dos: Los suyos y los que no podrá anotar el villano Luisito que debe completar una sanción por sus ímpetus mordedores y está impedido de enfundarse la celeste. Y a no dudar que Neymar será la mitad más uno del Brasil de Dunga, ese policía de la preparación al que no le fue bien en Sudáfrica 2010 al mando de la verde amarilla y que vuelve a la carga, luego del desastre soportado por Felipao.

Como podrá observarse, tendremos grandes jugadores nacidos en estas tierras, todos ellos jugando en los clubes fundamentales del viejo mundo, porque referirse al fútbol sudamericano en genérico nada más nos lleva a la conclusión de que son cada vez más interesantes las condiciones organizativas de sus torneos de clubes, esto, inversamente proporcional a las calidades de juego que son capaces de ofrecer aquellos históricamente grandes equipos de los cuales hoy se ven sombras nada más. La Copa América recibe entonces como protagonistas a extraordinarios futbolistas sudamericanos, pero no a un extraordinario fútbol sudamericano, producto de sus equipos locales,  porque aparte de una ostensible baja en la calidad de las propuestas de juego, queda latente, hasta después de su finalización, la asignatura de un cambio radical en sus mecanismos de gestión institucional y empresas, capaces de enterrar lo más profundo posible esa gerontocracia dirigencial a la que poco le faltó para dejar este mundo en absoluta impunidad. Argentina, Brasil, Colombia, Chile y Uruguay están en la primera fila de los favoritos. Después vienen, Ecuador, Perú, Paraguay, Bolivia y Venezuela. Hagan juego señores.

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