Internacional

La culpa la tiene papá

Llega como nunca a la Copa, recargado de motivaciones

La Razón (Edición Impresa) / Julio Peñaloza Bretel / La Paz

03:28 / 13 de junio de 2015

A la humanidad futbolera solo le interesa Lionel Messi por la inigualable forma en que se desplaza en un campo de juego. No tendría por qué llamar su atención en otro ámbito que no sea aquél en el que se mueve como pez en el agua o como astronauta en la luna desde el que activa felicidades de todos los colores y sensaciones disímiles. Dice este mesías que ser papá es más lindo que eludir a un rival y hay razones para creerle, en tanto él, como hijo, le ha dejado a Jorge Horacio, su padre, el manejo irrestricto e ilimitado del dinero que producen sus mágicos pies.

Ahora que Lionel Andrés Messi Cuccitini es papá, y ha dejado de ser prioritaria su propia condición de hijo —los hijos de uno son lo primero, así nos lo inculcaron— resulta orientador constatar que el 10 del Barcelona y la selección argentina decidió sin avisar a nadie que actuaría como Óscar Matzerath, el personaje de Gúnter Grass en “El tambor de hojalata”, novela hecha cine por Volker Schlöndorff, que se niega a crecer ante el horror de la guerra. Del mismo modo, aunque un tratamiento casi milagroso le permitió dejar de ser una pulga, para poder ingresar en la arena del fútbol de élite a través del recorrido formativo franqueado en La Masía, el rosarino será para siempre un pequeño gran hombre, o dicho de otra manera, un niño grande.

La pelota es para Lio como el tambor para Matzerath con el que ejecuta redobles de protesta contra las monstruosidades perpetradas por los adultos. En un video subido a Youtube, un seguidor atento al discurso lúdico de Messi demuestra que sí hay un objeto al que persigue con obsesiva e ilusionada mirada, casi sin parpadear, es el balón, y por eso es también comparable con Peter Pan, personaje de la ficción infantil que quiere tener siempre la misma estatura y la misma edad, con el don sobrenatural que le permite volar. Así, Messi tendría que prestarse el tambor de hojalata para tocarle una ensordecedora protesta a su padre, ahora que ha quedado al descubierto un fraude al fisco español por la friolera de algo más de cuatro millones de euros, y seguro de que su destino es el juego, seguir volando con la pelota atada al pie, espacio de liberación permanente desde el que, a su manera, sin proponérselo, protesta con toques, asistencias, gambetas y goles, lo mal hecha que está la sociedad de los normales repleta de horarios tarjeteros y pícaros de todos los grosores.

Entre el tambor de Óscar y el don de hombre volador que le permite su inexplicable e incontrolable dominio de la pelota se encuentra el brutal choque entre la codicia y la acumulación del dinero, y el derecho que tienen los seres inocentes a jugar durante toda su existencia, si para ello hay el suficiente talento que pueda permitir la licencia de no ingresar en asuntos de la vida terrenal a los que la mayoría de los terrícolas nos vemos obligados en el desafío de sobrevivir en el perro mundo de las alimañas y otros especímenes dispuestos a lo que sea con el fin de satisfacer desde necesidades elementales hasta deseos de lo más oscuros.

El Peter Pan del fútbol andaba tan enfrascado en su trascendente misión de hacer del juego una tabla de salvación para el planeta, que nunca se enteró que papá lo convertiría en un evasor de impuestos, gambeteando controles para no declarar ganancias por ingresos publicitarios y  otros vinculados a la multiplicación de negocios que implica la marca Messi porque lamentablemente en este mundo de logotipos y ansias corporativas, el mismo niño que juega al fútbol como nunca antes se vio es también una marca, esa que lo llevó a molerse a principios de 2014 y lo tuvo lesionado por primera vez en su carrera de sueños y acumulación de ganancias de manera exponencial.

Chico bueno que mira al cielo luego de anotar un gol, amigo de la cuadra cuando debe ir a abrazar a Suárez o a Neymar, Messi decidió que la vida para él sería jugar para siempre, y que la mesada para el fin de semana, o la compra de los juguetes que se merece un millonario que se lo ha ganado todo a fuerza de puro talento, esté siempre a cargo de su padre/apoderado, sea el auto, la mansión, el viaje de vacaciones o los primeros zapatos para el segundo hijo que pronto nacerá. Detrás del escenario de ese espectáculo que enceguece de alegrías inexplicables, hay siempre un ejército de operadores cumpliendo con sus responsabilidades de hombres de traje gris, que hacen las cosas necesarias para que quede siempre claro que la existencia está hecha de compraventas y que el sentido de acumulación es el que garantiza la perpetuación del sistema-mundo, ese imperial capitalista en el que está inserta la despiadada industria del fútbol.

Messi el niño grande, el que hace de la pelota su tambor de protesta y su arma liberadora, e instrumento de cuentas bancarias cada vez más suculentas, engañándole al Estado lo que el mercado le provee, sin siquiera saberlo, encabeza esta tarde el debut argentino frente a Paraguay en Chile 2015. Llega como nunca antes a su selección, recargado de motivaciones, más maduro y sabio, luego de haber ganado, otra vez, todo lo que puede ser posible ganar con la blaugrana del Barcelona F.C. Lo hará bajo la dirección de su paisano, Gerardo Martino, el que dirigía con pletórico antifútbol a la misma selección Albirroja en la anterior versión de este mismo torneo, solo que ahora con los intérpretes necesarios para cambiar radicalmente de guión y salir a presionar muy arriba con hambre ofensiva para llevarse el triunfo.

Mientras tanto, Jorge Horacio Messi debe estar pensando cómo atenuar las sanciones legales que le corresponderá cumplir. Demasiada tentación tener en casa a un hijo que mantiene a toda la familia con la imperdonable culpa de hacer quedar mal a quien solo le interesa ser buen papá, seguir jugando al fútbol y si es posible conservar por unos años más el título de mejor jugador del mundo.

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