Internacional

Se despidió ‘a lo Uruguay’

Una pena ver mezclado en medio de la bronca al Maestro Tabárez

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Barraza / La Paz

01:30 / 26 de junio de 2015

Chile es el primer semifinalista de la Copa América. Su triunfo es tan mínimo como el resultado (1-0), sin brillo, aunque inobjetable. Siempre quiso más que Uruguay, deseó la victoria dentro de los 90 minutos, intentó por bajo, por alto, dominó, buscó progresar al ras, atacó, tuvo en Valdivia al jugador con mayor vocación creativa del juego, marcó un gol más que su adversario (nunca es un detalle menor). Elementos suficientes para declararlo vencedor justo. Ése es el escueto parte futbolístico. El de batalla es otro: Uruguay terminó con 9.

Comienza con la expulsión de Cavani en el minuto 63. Tarjeta que el juez brasileño Sandro Ricci pudo haber evitado con una reprimenda verbal. Básicamente, Cavani no merecía la expulsión. Reacciona apenas ante una bajeza de Jara, que lo va a buscar para desquiciarlo (seguramente lo eligió por el problema emocional que afectaba a Cavani debido al incidente de su padre); primero le habla al oído y luego le mete un dedo en el trasero. El delantero solo lo palmea en el cuello al zaguero, o menos: le apoya su mano derecha, sin golpearlo. Jara, viendo que el juez estaba de frente y a dos metros, se derrumba como si hubiera recibido un derechazo de Monzón. Ricci le muestra a Cavani la tarjeta amarilla (segunda) y la roja. La primera amonestación, correctamente aplicada, había sido por ir a matonear al juez de línea Fabio Pereira, con pechada incluida.

Lo de Jara es rastrero y poco novedoso en él. Pisoteó los célebres códigos de los futbolistas (un día dedicaremos una columna exclusiva a este mito. Días atrás, Pata Villanueva, una exmodelo argentina que era pareja de Alberto Tarantini, arremetió contra los códigos: “¿Qué códigos…? Cada vez que iba a buscar al Conejo a los entrenamientos sus compañeros me dejaban embarazada con la mirada”, confesó). Jara debería ser sancionado con dureza, lesionó de gravedad el juego limpio y hay pruebas irrefutables. Claro que está en manos de la Conmebol, por lo cual hasta podría recibir una condecoración. Lamentablemente, en Chile se festejó lo del “dedito” de Jara como una viveza del cabro. Y la gente entonó el himno nacional durante el arremolinamiento de los uruguayos contra el juez.

Luego llega, a los 88’, la expulsión de Fucile, un hombre de una fortaleza física descomunal. Fucile estaba amonestado por una falta fuerte en el minuto 40 y a dos del final fue a anticipar a Alexis Sánchez (muy blandengue en todo el partido, por cierto) para tirar el balón afuera. Y lo consiguió, pero con una acción temeraria, que incluyó una terrible entrada a Sánchez por detrás, con riesgo de lastimarlo. Como decíamos en el barrio, “rechazó con contrario y todo”. Que la pelota estuviese de por medio no lo exime de culpa. No se puede criminalizar el juego bajo pretexto de “ir a la pelota”. Un día alguien tendrá deseos de matar a otro y como excusa va a poner una pelota entre él y su víctima.

Ricci le mostró la segunda amarilla a Fucile; y la roja. Acertadamente. Ahí le entró la locura a toda la selección uruguaya, incluidos suplentes y cuerpo técnico. Atropellaron al línea Emerson de Carvalho. Incluso el arquero Muslera también debería ser sancionado de oficio por su reclamo descomedido, con prepotencia. Uruguay se fue de la Copa a lo Uruguay, en medio de un gran conato, manotazos, insultos y amenazas. Una pena ver mezclado en medio de la bronca al Maestro Tabárez, un hombre correctísimo siempre.

Vale puntualizar que Chile hizo su gol estando Uruguay con diez, sin embargo la ventaja numérica no pareció un factor primordial del triunfo ya que el juego no varió porque Cavani quedara fuera del combate. Defender con diez o con once, en este caso, no cambia gran cosa. Uruguay ya estaba en el proceso de meterse adentro, trabar puertas y ventanas, echar llaves y candados. De manera que decir que Chile ganó por tener un hombre más no suena convincente.

Es muy extraño: Uruguay nunca quiere ganar los partidos, pero quiere ganar los títulos. Siempre tuvo cero compromiso con el juego, la estética es un problema de los otros. Si le aseguraran que empatando seis encuentros 0 a 0 y ganando tres por penales sale campeón, firma a ojos cerrados. Claro que el estilo lo elige cada uno, y dentro del reglamento todo es válido.

Esta vez pegó menos de lo habitual la Celeste, lo que aportó cotidianidad fue la forma de irse, en medio de una trifulca. Es muy seductora la leyenda del coraje, y siempre hemos ponderado el carácter del futbolista uruguayo, su entrega sin reservas, pero mentalmente tienen un reglamento aparte, que colisiona con el de los otros. Uruguay lleva los partidos a territorio bélico; le encanta moverse en la escaramuza, el roce fuerte, la amenaza verbal, el choque con todo, la picardía ventajera, la teatralización exagerada cuando recibe una falta. Vive en la cornisa reglamentaria y le ha dado excelentes dividendos desde hace un siglo. A veces le sale mal, como a Suárez en el Mundial y en otras ocasiones lo condenan sus antecedentes. Por eso en los medios de Chile y en las redes sociales de toda América la tendencia general fue que “Jara estuvo mal, pero los uruguayos no pueden hablar porque son maestros en esos menesteres”.

En la anterior Copa América, a los dos minutos del partido Argentina-Uruguay, Diego Pérez metió un planchazo feroz con ambas piernas a Mascherano y lo impactó de lleno. Tardó más de diez minutos Mascherano en reponerse, no podía pisar bien. Era para roja y una noche de calabozo. El juez Carlos Amarilla (una alhaja) le puso una tarjetita del mismo color. Tres minutos después, gol de Uruguay: Diego Pérez. El que debía estar duchándose. Con ese gol Uruguay llegó a la final y fue campeón. Por eso decimos que su filosofía le ha dado grandes resultados.

Diego Lugano se hizo rico con el arte de amedrentar. Ayer publicó en Twitter otra frase de su marca: “Vamos a tener que hablar con Jarita cuando nos crucemos por el mundo”. Muy suyo realmente. Lugano es el mismo que en la semifinal de esa Copa América 2011 le aplicó un codazo bestial a Vargas en la nuca, que saltó inocentemente de espaldas y mirando la bola. Pudo haber tenido un daño irreparable el peruano. Era para cárcel. El árbitro Patricio Loustau (tan conveniente) apenas amonestó a Lugano. Cinco días después finalizó la Copa y Uruguay ganó el premio Fair Play y el encargado de recibirlo fue Lugano.

Su compañero Sebastián Abreu tuiteó: “Es como si fueran a entregar el Premio Nobel de la Paz y lo recibiera Bin Laden”.  Tal cual.

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