Internacional

La inevitable importancia de la derrota

Decepción El Athletic nunca ha conseguido un trofeo europeo y falló por segunda vez, tras la final de la Copa UEFA 1977

El llanto de un jugador.

El llanto de un jugador.

La Razón / Julio Peñaloza - La Paz

03:45 / 14 de mayo de 2012

Perder y saber perder, he ahí la diferencia. El Madrid sabe ganar y regala media sonrisa sólo cuando golea. Cuando pierde, la pesada artillería verbal del desagradable Mourinho dispara contra los arbitrajes y contra las supuestas tretas del rival, pero cuando esos mismos árbitros lo favorecen y las mañas corren por cuenta de individuos como Pepe o Sergio Delgado, sólo se habla de las virtudes en ataque, de los merecimientos de CR7 —vaya sobrenombre ridículo— para llevarse el Balón de Oro.

El Real Madrid y sus aires todopoderosos nos recuerdan siempre que no saber perder es un defecto de los autoritarios, mientras el Barcelona que de ganar y de celebrar triunfos sabe mejor, tiene portavoces creíbles que nos recuerdan que hay que emprender discreta y silenciosa retirada cuando el rival lo ha eliminado y por ahora acabó con sus ansias y sus ganas de seguir reproduciendo títulos como hongos.

Acaba de sucederle al Athletic de Bilbao, que en los últimos meses ha ofrecido memorables jornadas de coraje y gran fútbol.  Que como pocos equipos de la gran arena competitiva internacional, luego de superar la inicial y comprensible desconfianza en su técnico, Marcelo Bielsa, se dio a la tarea de cambiar pelotazos largos por toques, de agregarle a su espíritu guerrero, convicciones por la elaboración del buen juego en todas las zonas de la cancha y de esta manera producir encuentros inolvidables como los jugados frente al Manchester United, Schalke 04 y Sporting de Lisboa, desde el meta Iraizoz pasando por la fortaleza defensiva de Amorebieta, la febril generación de circuitos ofensivos de Susaeta y Muniain, y la puntada final para definir de Llorente.

San Mamés era una fiesta y todas las calles de la ciudad se habían adornado con los colores bilbaínos, hasta que llegó la hora de medirse con el Atlético de Madrid que sin tanta resonancia llegaba de la mano del Cholo     Simeone a la final de la Europa League, en la que descolló la capacidad desequilibrante de Radamel Falcao, que acabó con toda la meticulosa dedicación con que los vascos se habían preparado para este gran momento.

Después de haber trabajado tanto y tan bien, tiene que resultar doloroso perder y por una diferencia que no admite discusiones, y así volvemos a encontrarnos con las reflexiones de Bielsa sobre su especialidad en fracasos y sobre la importancia para el destino humano, de tener siempre presente, que luego de haber hecho el trabajo más cuidadoso y perfecto la derrota es posible, en tanto el rival de turno, de manera distinta, con otro estilo y recorrido dentro de un torneo, también se preparó convenientemente para conseguir el primer lugar del podio.

Perder con las convicciones inalteradas, con la sensación de haberlo dejado todo en la cancha es una cosa, y perder producto del desubique o pérdida de la brújula sin haber atendido las circunstancias precisas y el tamaño del rival es otra muy distinta, pues una es la derrota porque el de enfrente fue más certero de puntería y otra la resultante de una mala estrategia, de un equivocado dimensionamiento de las virtudes y falencias propias frente a la eventual superioridad del otro equipo y por eso Bielsa podrá estar descontento e incómodo con el 0-3 frente a los colchoneros, pero maduramente resignado a que él y sus jugadores hicieron todo lo que podían —y sobre todo sabían— para intentar traducir la calidad del juego en triunfo.

Se acaba la temporada de las ligas nacionales europeas y las internacionales, y no tenemos dudas para afirmar que el fútbol mejor jugado en este último tiempo nos lo han ofrecido el Barcelona y este Athletic de Bilbao —se enfrentan el viernes 25 de mayo en la final por la Copa del Rey— y que Guardiola y Bielsa, que intercambian elogios de respeto y admiración, le han ofrecido al mundo jornadas en las que fútbol y felicidad son sinónimos.

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