Internacional

El juego soñado

Argentina jugó contra Colombia, el árbitro y los palos

La Razón (Edición Impresa) / Julio Peñaloza Bretel / La Paz

00:52 / 28 de junio de 2015

En lo más profundo de la conciencia crítica y en el desarrollo de la sensibilidad sobre las estéticas del mundo, aspiramos a que se produzca algún suceso extraordinario con la energía suficiente para evadirnos de la rutina y generarnos una experiencia irrepetible. Es exactamente en ese marco de expectativas que puede considerarse memorable la forma en que Argentina barrió con las pretensiones colombianas el viernes en Viña del Mar, aprovechándose de la baja en el rendimiento de la selección de Pékerman, y para ello, encontrando argumentos sorprendentes, maximizando los rendimientos de sus jugadores que brillaron cada uno con luz propia, todos conectados de la misma manera en que conviven, según dijo después el seleccionador Gerardo Martino.

Tiene mucho valor lo que hizo Argentina porque terminó ganando sin ganar, apelando a un último penal, luego de que la justicia poética castigara en primer lugar a Juan Camilo Zúñiga, el rompedor de la espalda de Neymar Jr., que ejecutó el único atajado de toda la tanda —otra vez Romero haciendo de héroe como frente a Holanda en Brasil 2014—, y esa misma justicia que no tiene otra explicación que la relacionada con los karmas y las energías de cada quién, devolviéndole a Carlos Tévez la oportunidad de oro para reparar el daño infligido a la Albiceleste cuando marró contra Uruguay en Argentina 2011, quedando eliminada.

Messi jugó un partido formidable, a la altura de su genio con la pelota y si el juego no concluyó 4 o 5-0 fue porque David Ospina, esa noche, fue el mejor arquero de todos los tiempos, gritándonos a todos en la cara, que jugar bien es muchísimo más profundo e importante que ganar a cualquier precio, que si podía atajársela a Agüero con el pie, estaba exactamente en la disposición de manotearla, segundos después para que no entrara el cabezazo a cargo de Lio producto del rebote, transformándose en todos los felinos del zoo, estirándose de un extremo a otro de la portería. Argentina y Ospina estaban jugando al fútbol, mientras los compañeros del guardameta, cuñado de James Rodríguez, ya no sabían qué expediente más inventar para detener al torbellino con Pastore y Zabaleta por derecha, Di María por izquierda, Messi y Agüero por el centro y cuándo no, el único jefazo que he conocido en mi vida, Javier Mascherano, imponiendo su misión brújula, haciendo que las transiciones defensa-ataque ni se notaran, por su maestría para dirigir acciones que dieron como otro resultado, jugados los noventa y cuatro minutos, que la Tricolor ni siquiera pudiera merodear la portería de Romero, con Garay y Otamendi bien plantados custodiando la muralla.

Los unos buscaban anotar por los flancos y por el centro y el uno tapándolo todo y recibiendo la ayuda del larguero y el palo izquierdo en la segunda etapa. Es decir, mientras Argentina jugaba contra el maldito arbitraje del mexicano Orozco, las zancadillas y los manazos de los colombianos, de los cuales hay que destacar por su mala fe a Cuadrado, Ibarbo y Arias, Ospina, bajo los tres palos, era el único adversario leal que conservaba la idea central de lo que debía suceder y por eso declaró al final con la honestidad de la buena gente: “Al frente tuvimos a una gran selección”.

Argentina fue una fiesta de virtuosismo desplegando las variantes en corto y en largo que se le ocurrió, porque en el Sausalito el viernes 26 de junio, ni todos los dioses de todas las mitologías juntas, habrían logrado arrebatarles la posesión de la pelota. Era tal el grado de control del que hicieron gala que hasta se dieron la licencia, en varias oportunidades, de mandarse slaloms a lo Di María, regates a lo Messi, o incursiones indetenibles hasta la línea de fondo para centrar a lo Pastore, el inteligentísimo volante eyectado hacia el PSG con la camiseta de Huracán que estaba esperando la oportunidad que ahora está teniendo, consolidándose como insustituible volante ofensivo, pasador preciso que tanto necesitaban sus compañeros de adelante, sobre todo el Kun que es un gladiador del área, de espaldas, de costado o de frente al arco.

Colombia pretendía sembrar el campo de minas antipersonales para que les estallaran las piernas a los argentinos que se las arreglaron para convertir la cancha en el mejor jardín de la que millones de flores imaginarias brotaban, apenas la implacable y eficaz presión alta funcionaba, para que la pelota circulara sin solución de continuidad, mientras el equipo de José iba camino de convertir a todos sus desconcertados actores, en verdaderos cuadrados como Juan Guillermo, porque hasta la forma del balón, parecía que había cambiado para ellos, cometiendo infracciones tácticas que se convirtieron en agresiones indignantes, ésas que nos dicen que les pegan a los talentosos con entusiasmo sañudo, peor si el árbitro auspicia esos comportamientos otorgando carta de impunidad y justificando ante Messi: “Así se juega en América”.

Argentina jugó contra Colombia, el árbitro, los palos, fiel a su vocación tantas veces involuntaria por el sufrimiento como si se tratara de un derrotero fatal e ineludible, pero jugó esta vez maravillosamente, y de no existir mano negra, siempre y cuando esté en condiciones de aproximarse a lo hecho contra Colombia, tendría por qué pensar que ha sabido construir legitimidad absoluta en este torneo para terminar campeón.

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