Internacional

Un periodismo comprometido con el fútbol

Que los envidiosos y los impostores sigan ladrando, yo sigo viendo fútbol

La Razón (Edición Impresa) / Julio Peñaloza / La Paz

01:00 / 02 de julio de 2015

Con el debido permiso del editor de los productos deportivos de este diario, por quien tengo respeto y aprecio, asumo el derecho a defender mi integridad y dignidad personales, a propósito de las repercusiones políticas a que está dando lugar esta Copa América a punto de concluir. He sido el jefe de prensa de la Selección Boliviana en la Copa del Mundo EEUU 94. He publicado dos ediciones de un libro-entrevista con el seleccionador de entonces, Xabier Azkargorta. Soy uno de los autores de los textos de “El salto al futuro” acerca de la gestión federativa de aquella época (1993-1994). Hice un libro que con el título “Fútbol y punto” (2001) desmenuzo el hecho futbolístico en los ámbitos nacional e internacional, y he tenido la feliz oportunidad de escribir el perfil biográfico de Rafael Mendoza Castellón, histórico dirigente del club The Strongest, gran hacedor del complejo deportivo de Achumani.

Sin ufanarme, ni vivir envanecido, pero convencido de tener el conocimiento, la experiencia y los criterios suficientes para aportar con mis puntos de vista acerca de esta llamada pasión de multitudes, he regresado luego de diecinueve años a la Federación Boliviana de Fútbol (FBF) y allí me encuentro hasta nuevo aviso. A partir de 1998 que escribo a diario cuando se trata de mundiales y copas América desde el lugar de la austeridad, la vida sencilla, de quien no posee cuenta bancaria o propiedad material alguna, y que se gana la vida con lo que ha aprendido a hacer, al haberme convertido en un futbolista frustrado desde los siete años en que una operación de ductos y unos pésimos profesores de educación física me negaron la posibilidad de superar el miedo escénico de quien volvía del quirófano a tan temprana edad.

Por eso, cuando me llaman ladrón o corrupto en las redes sociales, sin fundamento alguno, y olfateo de qué está hecha la mala entraña de quienes se sienten llamados a dar lecciones éticas acerca de cómo se debe o no manejar el fútbol, he aprendido, con la madurez y la serenidad que otorgan los años a sonreírme, a no dejarme atrapar por la ira o la indignación que en situaciones como éstas conducen a ninguna parte. Me parecen divertidos y patéticos, por ejemplo, los escribidores en campaña contra la Confederación Sudamericana de Fútbol (Conmebol) que durante más de dos décadas escribieron y editaron la revista oficial de la institución, y ahora caminan por los pasillos de los estadios chilenos con las vestiduras rasgadas, como si éstos nunca hubieran formado parte de la maquinaria institucional del fútbol sudamericano con sede en Paraguay. Trabajaron, cobraron, ahora están fuera, y terminaron graduándose de francotiradores. Antes muy sigilosos y discretos se hacían los de la vista gorda,  porque así convenía a sus intereses, hoy juegan a tardíos periodistas de denuncia.

El caso más pintoresco, sin embargo, se encuentra en un ciudadano español que llegó a Bolivia a fines de los 90, se quedó y naturalizó, haciéndole creer a alguna gente, entre ellas yo, que era periodista. Este individuo que se autonombra gacetillero, la emprendió hace poco contra la institución rectora del fútbol boliviano, aludiendo “mafia” y otros epítetos de quién, según la libertad con la que afirma todo lo que afirma, debería estar libre de cualquier pecado, pero recuerdo tan bien su comportamiento en Caracas, Venezuela, cuando estuvimos allí como observadores internacionales de la última reelección del comandante Hugo Chávez (octubre, 2012) y vuelvo a sonreír: Quiso la casualidad que en el comedor del hotel Tamanaco en el que nos hospedábamos, me encontrara con un sobre blanco perdido debajo de una mesa, lo levanté y allí habían dólares, libras esterlinas y algunos billetes de un país africano. Sumaban fácilmente más de $us 2.000, le comenté al entonces colega lo que me había sucedido y que había entregado el sobre con su contenido a una funcionaria del Tribunal Electoral venezolano —su nombre era Marx Caballero— para que buscara a la víctima del extravío. Recibí la dura recriminación de este árbitro de la moral, diciéndome que debía quedármelo para que con ese dinero hiciéramos lo que los rioplatenses llaman “la mar en coche”. En ese momento, el español no pensó en otra cosa que en aprovecharse de la desgracia ajena, de alguien a quien nunca conocí y ni siquiera tengo seguridad de que le hubiera sido restituido su dinero. De una cosa sí tengo certeza: Tal como me lo inculcaron mis padres, supe cumplir conmigo mismo.

Hablo desde este lugar, por lo tanto desde el sitio en el que no encontrarán cola de paja alguna para endilgarme nada. Desde un lugar proactivo que me permitió darle dinámica informativa y deliberativa a mi trabajo, y sobre ello, precisamente, en esta seguidilla de artículos que voy escribiendo hasta la finalización de Chile 2015, tengo lista una propuesta que se publicará en los próximos días, pensada desde mi rol como periodista, sobre la reorganización del fútbol en Bolivia para hacerlo más deportivo, gerencial y técnico, y quitarle tanto estiércol politiquero que lo embadurna y lo tiene atascado. De esta forma, estoy comprometido con el fútbol boliviano, que es una manera de estar comprometido con mi país. Que los envidiosos y los impostores sigan ladrando, yo sigo viendo fútbol y leyendo a los grandes formadores en la materia para nunca dejarme llevar por la falta de escrúpulos y la mediocridad.

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