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‘El mayor intento de engaño de la historia del fútbol’

El césped del Maracaná fue escenario y testigo de la farsa de la bengala en 1989, montada por el arquero chileno Roberto Rojas en un crucial partido de Eliminatoria, sin duda la mayor estafa que haya manchado a este deporte.

Los jugadores de la entonces selección chilena retiran a Roberto Rojas del campo de juego del estadio Maracaná.

Los jugadores de la entonces selección chilena retiran a Roberto Rojas del campo de juego del estadio Maracaná. Foto: Captura de pantalla

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Barraza

08:53 / 09 de septiembre de 2019

Los actos antideportivos realizados son de una gravedad fuera de lo común”, declaró Pablo Porta Bussoms, abogado catalán y presidente de la Comisión de Disciplina de la FIFA, en conferencia de prensa. Era el 8 de diciembre de 1989 en Roma.

— ¿Es el hecho más grave en la historia de la FIFA?—, le preguntó un periodista.

— Es lo más grave en la historia del fútbol, que es más antiguo que la FIFA—, respondió Porta.

El césped del Maracaná fue escenario y testigo de la farsa de la bengala en 1989, montada por el arquero chileno Roberto Rojas en un crucial partido de Eliminatoria, sin duda la mayor estafa que haya manchado a este deporte. Cuando el cuerpo yacente de Rojas era retirado del campo, millones de torcedores sintieron pánico de quedar fuera del Mundial.

El 3 de septiembre de 1989, Brasil y Chile jugaban el partido final del Grupo 3 de la Eliminatoria. Estaban igualados en 5 puntos. Con empatar le bastaba al local para clasificarse a Italia ’90, pues tenía mejor diferencia de gol. Chile necesitaba una victoria. No hubo un epílogo formal ni normal. Con Brasil 1-0 arriba en el marcador por gol de Careca, Chile se retiró del campo en el minuto 69, alegando que su excelente guardameta, el Cóndor Rojas, había sido herido gravemente por una bengala caída al campo de juego, arrojada desde la parcialidad brasileña. El partido nunca concluyó. Desde ese minuto 69 en adelante se desató un huracán de acusaciones, denuncias, pericias, comunicados. Cientos de miles de horas de radio y televisión y millones de hojas de papel se consumieron informando y debatiendo sobre el suceso, de alcance universal ya que nunca se había registrado un hecho tan fuerte en una cancha de fútbol con un jugador como protagonista de un incidente. En un primer instante, muchos pensaron que Rojas podía estar muerto.

Como era lógico suponer, la prensa internacional especuló velozmente con la pérdida del partido por parte de Brasil y su eliminación del Mundial. ¡La magia brasileña por primera vez fuera de la Copa…!

Veintiún días antes del incidente de Maracaná se disputó el cotejo de ida en Santiago. La Verdeamarelha se encontró ante un clima bélico, absolutamente irrespirable. Si los partidos de Eliminatorias suelen ser tensos, ese fue un caldo de violencia nunca visto. Los libros “Historias secretas del fútbol chileno II” y “El caso Rojas, un engaño mundial”, así como los medios en general del país de Neruda adjudican al técnico Orlando Aravena, con sus picantes declaraciones y la desbordada arenga a sus jugadores, haber creado esa atmósfera violenta para ganar como fuera. Él fue la chispa, amaba ese barro. Adicionalmente, en Chile siempre existió la idea de que los demás ganan trampeando y por eso La Roja nunca podía ser campeona. Y se mezcló todo. El público se mostraba muy alterado. “Las Eliminatorias son una guerra sin muertos”, suele sentenciar un amigo. Ese partido, sin embargo, dejó uno. Expedito Teixeira, padre del entonces flamante presidente de la Confederación Brasileña de Fútbol, Ricardo Teixeira, asistió al estadio Nacional como simple espectador y sufrió un infarto en la butaca a raíz del clima hostil que lo rodeaba. Expedito nunca se recuperó y murió 13 días después en la clínica Santa María, de Santiago.

Por la gravedad de los sucesos, Chile fue sancionado y debió jugar el siguiente encuentro, ante Venezuela, en Mendoza, Argentina, único caso en las Eliminatorias desde el inicio de su disputa en 1954. Para el desquite, Brasil no quería correr riesgos de posibles sanciones por algún incidente, sabía que apenas un empate lo llevaba a la Copa del Mundo. Dispuso de un operativo de seguridad jamás igualado: 1.667 policías militares, 200 policías civiles y 500 soldados. Nada malo debía ocurrir. La CBF repartió 300 mil panfletos con una consigna de paz: “Torcedor, pedimos que aliente a la Selección, incentivando a nuestros jugadores, vibrando del principio al fin. Usted debe promover una fiesta colosal como solo el torcedor brasileño sabe hacer. Recibamos a los chilenos condignamente, como país civilizado”.

Fue el 3 de septiembre de 1989, estuvimos presentes como enviados de la revista El Gráfico. La gente cumplió, los 141.072 espectadores pagantes no pensaban en otra cosa que en una goleada de Brasil y su boleto al Mundial. Fue una fiesta deportiva pacífica, tronchada al minuto 69 por quien era hasta ese instante la gran figura del partido: el arquero chileno Roberto Rojas. Brasil, muy superior, ganaba 1-0 con gol de Careca y pugnaba por más, había creado varias situaciones de peligro, abortadas por el fenomenal Cóndor Rojas. Que en ese minuto, el más fatídico de su vida y del deporte chileno, advirtió la gran oportunidad de que su selección obtuviera en un tribunal lo que evidentemente no podía en la cancha: los dos puntos y la clasificación. Vio caer detrás suyo una bengala de luces, totalmente inofensiva, ya que no explotaba, solo se iba extinguiendo en 40 o 50 segundos, y se desplomó aparatosamente sobre ella hasta parecer fulminado. Se alcanzó a ver a Rojas ensangrentado por una herida en la frente. Fue trasladado al vestuario aún más teatralmente en camilla por sus propios compañeros, quienes se negaron a seguir jugando. Estupor general: parecía una agresión salvaje.

El después fue surrealista. En Chile, apenas suspendido el partido, el pueblo salió a las calles, estaba enardecido por lo que creía una emboscada y una actitud criminal de la torcida y de las autoridades brasileñas. Al llegar la delegación al aeropuerto eran las 3 y media de la madrugada, igual se habían juntado 8.000 personas que dieron la bienvenida a los jugadores como héroes y con consignas antibrasileñas. Quinientos vehículos embanderados formaron una caravana acompañando al bus de la selección, que tardó dos horas en llegar hasta la concentración de Pinto Durán, donde aguardaban otros 3.000 hinchas enfervorizados. En el camino se veían carteles con leyendas contra la FIFA y contra Brasil. Mil indignados más se congregaron frente a la Embajada Brasileña a tirar piedras y entonar cánticos ofensivos. Rompieron 44 vidrios de la legación. Otro grupo se reunió en el centro de la ciudad frente a las oficinas de la aerolínea Varig, donde también causaron daños a la propiedad. En muchas esquinas de la avenida Brasil la gente le cambiaba el nombre pegándole un papel encima con el rótulo “Avenida Roberto Rojas”. El tono de la prensa era incendiario. La Tercera salió a la calle con un titular explosivo “¡BRASILEÑOS SALVAJES!”. El almirante José Toribio Merino, presidente de la Junta Militar que gobernaba Chile, cargó con bayoneta: “Es lamentable que nuestros jugadores hayan estado en manos de un pueblo conformado por primitivos”, declaró.

Todo indicaba que la FIFA castigaría a Brasil sacándolo del Mundial y que iría Chile. Pero una foto de Ricardo Alfieri, ex El Gráfico, fue determinante: mostraba la bengala caída en el césped detrás de Rojas y este aún parado, siguiendo el juego. Pasaron los días, empezaron las sospechas y algunos indicios de que se habría autoinfligido la herida. Incluso la FIFA, por falta de pruebas de la agresión, sancionó a Chile: partido perdido y algunas penas leves. Hasta que el arquero, a punto de explotar por la culpa, le vendió la confesión al diario La Tercera por 40.000 dólares y el detalle de toda la trama, que salió en dos entregas bajo el título “SOY CULPABLE”. Contaba cómo se había provocado él mismo el corte con una Gillette escondida en el guante.

La FIFA inició una nueva investigación, Chile no solo fue declarado perdedor, sino también suspendido para el Mundial siguiente (1994) y Rojas penado de por vida. Nunca volvió a jugar. Joseph Blatter lo declaró como “el mayor intento de engaño en la historia del fútbol”. Acaban de cumplirse 30 años.

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